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Vacas Sagradas: Surfer Rosa

Surfer Rosa es el culpable de que Jamboree, Murmur, Daydream Nation o Hi, How Are You fueran las primeras reliquias en las que gasté dinero; mismo dinero que ahora no podría comprar las vivencias que cada uno de estos álbumes me han regalado. Este álbum tuvo la culpa de que mi exploración musical diaria se convirtiera en algo solemne. Fue un total génesis.

Surfer Rosa entrelaza los cimientos que el alt rock americano recogió del siempre enervante noise pop de los ochenta. Sonic Youth, Dinosaur Jr., Yo La Tengo junto con Pixies se calzan la etiqueta del sonido que nos marcaría en la nueva década que se acercaba.

El poderío de este álbum fue apenas el de unos Pixies que nacieron con esmoquin, sombrero de copa y zapatos bien lustrados; sin embargo, debajo de toda aquella surrealista elegancia para la ironía musical, se escondían las camisas de franela, el cariño al castellano —y a la cultura latina —, espasmos de hedonismo, incesto, tintes del absurdismo más virginal de Samuel Beckett o de Albert Camus… y todo el contexto políticamente incorrecto que el pop de los ochenta, en el menor de los casos, pretendió ignorar.

En el eterno vibe que carga este álbum, se palpan homogéneas reminiscencias a The Fall, Captain Beefheart, Hüsker Dü, The Velvet Underground y toda esa fugaz camada de vanguardistas que se habían rehusado a adoptar al pop como bandera durante su estancia en la cúspide del underground mundial.

La domesticación de una nueva patente musical estaba en las mentes de cuatro personas, maquilando uno de los mejores álbumes del siglo XX, en todos los aspectos: arte, música, producción, lírica, originalidad.

Eran finales de 1980. Los liderados por Francis aún no eran la banda que actualmente conocemos. Cuando Surfer Rosa salió a la luz, el cuarteto de Boston todavía no influenciaba a The Smashing Pumpkins, Pavement, ni mucho menos a Nirvana. Vamos, Black Francis y Joey Santiago todavía tenían cabello, Daniel Lovering aún no usaba anteojos y Kim Deal aparentaba tener diez años menos de los que en realidad tenía.

Antes de Doolittle, Pixies todavía no tenía rastro de desaparición, la dupla Francis-Deal no tenía fricciones y el sonido de la banda se tornaba alejado al noise pop que los ataría durante sus últimos años como banda. Pixies disfrutaba de su niñez, una niñez bastante prometedora bajo la tutela de 4AD.

El arquitecto de su álbum debut, Steve Albini, apenas era un completo desconocido en la escena. Tan sólo había producido un buen álbum en su carrera detrás de las consolas: el debutante Tweez de Slint, un año antes. Aunque su consagración como productor estaría cerca. Para 1988, Pixies lo elige como el productor de cabecera durante la grabación del genómico Surfer Rosa, y ahí comienza la historia por todos conocida.

Por los 30 años del álbum que fundará a la escena americana de los noventa y porque sabemos que los Pixies aman a México, esto un Vacas Sagradas al álbum que lo empezó todo.

Empieza “Bone Machine”, o el extracto ideal para comenzar un álbum debutante. Rápidamente y sólo con escuchar los primeros segundos de la canción, el sonido ambiente desaparece para camuflarse ligeramente dentro de los audífonos. La icónica lírica que Francis plasma, seguida de aquella envolvente bassline, hacen que repetirla en loop se vuelva una constante.

No dudo que Black Francis haya leído La Máquina De Follar (1983) de Charles Bukowski en los años en los que Pixies se creaba. Sin embargo, lejos de imaginar una historia llena del bukowskismo de aldea, “Bone Machine” está más cerca de parecer un Ask The Dust (1939) de John Fante que un sketch de Erecciones, Eyaculaciones, Exhibiciones (1972) o de La Máquina de Follar.

El shramánico estado del Nirvana y sus vestigios están completamente presentes en todo el esqueleto de “Break My Body”. Cada vez más las influencias musicales que absorberían la mente de Kurt Cobain se hacen notorias. La suciedad en las cuerdas de la guitarra y la línea de bajo despiden ese aroma a los noventa que tan fielmente acompañó a toda una generación.

“Something Against You” es una canción interesante. Alcanzando sólo el 1:47 de duración, su particular dinámica sugiere que Joey Santiago pasó demasiado tiempo escuchando a Bad Manners y a The Specials durante su adolescencia.

Y lo hizo.

Cuando Santiago estudiaba la universidad, conoció a Francis y, además de compartir cuarto, la música que llegaron a intercambiar sería el primer guiño para que Pixies existiera. Francis, con una fascinación por lo latino y recién desempacado de un intercambio escolar en Puerto Rico, introdujo a Santiago a aquellos sonidos caribeños que retomaron formalmente las bandas de 2 Tone.

La rapidez de “Something Against You” se torna demoledora y “Broken Face” aparece en su lugar para darle un total vuelco sonoro a lo que estamos escuchando.

Poco se habla de lo que Daniel Lovering aporta a la personalidad de Pixies. De manera callada, silenciosa y mortal, los precisos golpes que salen de su batería nutren sustancialmente a la banda y “Broken Face” es sólo una prueba de ello. Es el pasaje más punk que puede tener el disco. Blackflagismo.

“Gigantic”, la canción musa, podemos escucharla todo el día y siempre nos tendrá enamorados. No existe algún remedio para esto, está escrito en la Biblia, en el Corán y en la Piedra Rosetta. “Gigantic” es una canción que rápidamente te conquista.

La voz de Kim Deal: el verdadero pretexto para no dejar de escuchar lo que sale del álbum, aunado a su inconfundible bajo, el hermoso hook y toda la melosidad que presume; simplemente no tiene rival. La mejor canción del álbum.

Adornada de angelicales coros, “River Euphrates” saca a relucir una de las influencias más extrañas que tuvo Pixies: The B-52’s. Lírica corta, muchos tonos pop y jugueteos entre hooks. Realmente no hay mucho que explicar aquí, todo está implícito. Tal parece que “River Euphrates” es el preludio de lo que se viene en seguida. Sin embargo, un paralizador “Stop!” no permite continuar el bacanal de sonidos pop.

“Where Is My Mind?”, la canción más icónica de Pixies. A pesar de ello, su presencia no llega a incomodar como muchos otros himnos de los noventa. Con los coros de Kim Deal grabados en el baño del estudio de Steve Albini e inspirándose en un episodio vergonzoso durante su estancia en el Caribe, Black Francis anecdóticamente va tejiendo lo hilos para que “Where Is My Mind?”, en muy poco tiempo, se establezca como un must hear de los de Boston.

The White Stripes es una de las bandas que más influencia ha adquirido por parte de Pixies y pocas canciones pueden expresarlo tan en concreto como “Cactus”. Esta pieza destaca por ser una canción totalmente adelantada a su época. Ese equilibrio entre las voces de Deal y Francis trazan los caminos hacia el blues rock con la americana esencia campirana que Meg y Jack White recorrieron en Elephant.

Con texturas punk enclavadas en el total surrealismo lírico y poseedoras de menos de dos minutos de duración, “Tony’s Theme” y “Oh My Golly!” brillan como pequeños tesoros que yacen enterrados cerca del final de Surfer Rosa. Muy Come On Pilgrim ellas: sobra decir que no tienen desperdicio.

“En el centro, una bailarina de flamenco desnuda de la cintura para arriba. La mujer, que también aparece en otras imágenes de la carpeta del álbum, era una amiga de Simon Larbalestier llamada Isabel Tamen, hija del poeta portugués Pedro Tamen.”.

El tono oscuro y de irrupción que tiene el arte en Surfer Rosa es genuino para que el álbum se vuelva un codiciado bastión musical, tan bien envuelto con sus historias. Conjuntando el catolicismo, el sexo con la decadencia, la fotografía en la portada del álbum obedece al particular gusto del frontman de Pixies para ser elegida la portada del álbum.

El surreal mástil de una guitarra asomándose por la pared, un crucifijo más arriba y en el centro Isabel con su torso desnudo mientras porta una falda con pronunciados olanes, pudieron haber sido idea de Luis Buñuel o David Lynch. Sin embargo, todo fue captado por la lente de Simon Larbalestier, el fotógrafo encargado de todo el sleeve fotográfico de Surfer Rosa.

Con aquellos encuentros de la banda con la cultura española, incluido su idioma, “Vamos” resulta una forma familiar de retomar la extravagancia. Al igual que “Isla De Encanta” en Come On Pilgrim, el castellano tiene un papel fundamental durante todo “Vamos”. La experimentación de Santiago con su guitarra y el inalcanzable taroleo de Lovering se unen para darle forma a una canción intensamente brutal.

Sin avisar, el álbum termina con “I’m Amazed”, una favorita personal —gracias, Kim —, y la sensual “Brick Is Red” con su enfermizo jamming. Así es como, en cuestión de 32 minutos y 50 segundos, un icónico álbum de 13 canciones pasará a la competida inmortalidad.

Surfer Rosa transmite más que bellas canciones. Surfer Rosa juega con texturas musicales innovadoras para la época. Surfer Rosa pone a Pixies en el escaparate, volviéndose el arquetipo de cómo ser una banda completamente influyente en tan sólo dos años desde su formación.

¡Vamos a jugar por la playa!”

 

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