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Fado: Lamento popular y el destino social

De Lisboa para el mundo, el fado es una forma de canción popular excepcional.

Hay muchas formas en las que aparece la canción popular. Sin embargo, sus orígenes son siempre parecidos y su necedad por existir, siempre persistente. Dentro de esta categoría, el fado es una forma de canción popular excepcional.

Antes que nada y aunque parezca evidente a qué nos referimos como canción popular, es necesario tomarnos el tiempo de entrar en detalle. El término “música popular” existe hoy como un concepto que, de principio, nadie sabe qué delimita; su significado es cada vez más irrelevante, incoherente y desde su creación no fue capaz de cubrir sus propias necesidades.

El significado de este término aparece históricamente como un muro divisorio entre popular y pop. El término pop music cubre básicamente todos los géneros que existen hoy en día menos la música clásica, el experimental, la música folclórica (incluyendo la de todo el mundo, no sólo nuestra concepción actual del singer-songwriter americanizado) y a veces el jazz.

Habiendo establecido esto, aquí nos referimos a la canción popular como parte de esta popular music (no pop) que hoy es también llamada música folclórica o tradicional. Esta es música que viene de tradición oral y de la vida de los pueblos. Es casi como esa idea que tenemos del juglar, la cual en muchos sentidos es la verdadera tradición popular musical frente al clásico europeo.

El fado existe en este espacio como una forma increíblemente antigua de expresión musical y que, si bien es un tipo de canción popular, se distingue de todas las demás. Nace de lo antes mencionado, teniendo su centro en la cotidianidad; pero, aunque su objeto es el mismo, su proceso es diferente. Es un género de canción popular fatalista que trata con estas emociones de una manera irregular.

En el marco de nuestro tiempo, este proceso es aún más interesante. Nuestra generación parece ser experta en el cultivar de la melancolía y en regodearse en ella; pero a diferencia de la canción popular, esta se maneja más a un quejido por quejido, tristeza como experiencia estética.

La música funciona naturalmente como un escaparate emocional, pero de alguna manera la canción popular no parece hoy tan atractiva como otras expresiones para la catarsis. Más que esto, hoy se busca alimentar a estos estados.

El tratamiento de la canción popular como un tipo de expresión de lamento y melancolía va desde el country y blues hasta la banda y el bolero, que corresponde al mismo linaje del fado. Estos géneros toman la realidad mundana, la convierten en narrativa y buscan purga.

También es importante mencionar que gran parte el pop supone encarnar muchos de estos valores y ha manejado estos sentimientos de manera histórica; pero, de nuevo, aquí la diferencia no es el objeto, sino el proceso.

De Lisboa para el mundo, el fado existe quizá desde antes de 1820; es un patrimonio cultural a la humanidad, según la UNESCO, y por más que parece haber profundos esfuerzos por su documentación, la verdad no sabemos casi nada de su origen.

Por ahí sabemos de la importantísima identidad marítima de Lisboa y sus géneros familiares como el morna de Cape Verde. La vida de una ciudad de puertos, todas las labores y los roles que uno cumple. Su gente cantó canciones no como relato de la vida diaria sino como un ominoso coloquio con su ciudad, con el mar y con un dios enfurecido, todo esto como intento de entender lo que parece venir de un largo e histórico trauma social.

Quizá este trauma relacionado con la tragedia y una perpetua pobreza fue lo que le dio forma a la vida en Lisboa. Con la civilización, el diálogo social se vuelve romántico y aparece en su forma cultural. Se habla del concepto del saudade: extrañar algo o a alguien que se ama y no está. El fado canta, así, fatalista al destino de una fe que ya no está.

Se habla del fado como un vehículo hacia la frustración de sus intérpretes, quienes tratan de racionalizar su realidad escarneciendo a su ciudad, haciendo alegoría a un dios que les fabricó esa existencia sin libre albedrío pero con mucha presencia. La personificación del diálogo con Lisboa en una relación amor-odio. La tradición del fado es -sí- de carácter artístico por su romance, pero, más que nada, es social. No pesa el fado sin sus teatros, pero no existe sin su ciudad.

Crónica de una muerte anunciada parece una buena renderización de este estado comunal. Estructuralmente, el fado es su estado anímico, voz y guitarra portuguesa. Recorre los modos dórico y jónico, lo cual sólo es interesante por su exclusión del frigio, que es un atributo que mucha de su música hermana, como el flamenco, comparte y que hoy es ya un cliché para evocar experiencias musicales “exóticas”.

La primera fadista famosa de ese mundo originario es -se cree- Maria Severa Onofriana. Hoy sólo queda como figura mitológica; prostituta y músico, eternamente enjaulada en una taberna de Lisboa. Una nota ácida en la historia romanizada sobre destinos fatales.

Con el paso de los años, cada región en Portugal desarrolló sus propias tradiciones y, si bien el fado es de Lisboa y para Lisboa, este se extendió hacia una infinidad de diferentes variantes; la más relevante siendo la de Coimbra, cuya región universitaria haría un fado casi académico y trovador.

Aparecieron, con la modernidad, fadistas de mayor glamour, como la reconocida reina del fado, Amalia Rodrigues, que logró popularizar el estilo por el mundo justo en un momento en el que la canción popular tomó a toda una generación como suya.

El fado mostró una gran capacidad para siempre ser igualmente relevante a través del tiempo. Como dice Carlos do Carmo, es tratar con las realidades de lo cotidiano: algo que sólo se sigue actualizando. Evidencia de ello es la continua existencia de generaciones más jóvenes dedicadas al género de Lisboa con la misma pasión, lo cual, seamos honestos, no les ofrece un papel protagonista en la música contemporánea.

Existen aún las casas de fado, donde las presentaciones son igual de dramáticas y personales. Existen aún enormes festivales y circuitos cuya magnitud sólo se comprende regionalmente. Todo esto, aún con la esencia originaria del fado en mente, que es, como ya fue descrito, un lamento. Las experiencias del fado no son ni fiesta, ni trova intelectual; no se trata de poesía, ni de ingenio, mucho menos de sabrosear la vida.

Mi necedad por hablar un poco de fado no es, en esta ocasión, debido a querer dar una lección o una documentación del género, sino a enfocar su extraño proceso: encarnar el espacio, otorgarle nuestra cotidianidad y relacionarlo de manera popular. La gente habla con su patria y tratan de estar en paz con su destino.

Muchos de los lugares que habitamos hacen difícil no aceptar un destino fatal en un ambiente donde la cotidianidad es más un recuerdo de lo que ya no está. Donde el placer trae consigo culpa porque la abundancia de uno es la miseria de otro. Donde el furor por el cambio se apacigua con la llegada de la siguiente semana.

Este es un medio mexicano. Y, de manera personal, la única relación valiosa que busco con el arte es su correspondencia social. El saudade del que aquí hablo me parece identificable, pero al mismo tiempo preocupante.

Afortunadamente, Carlos de Carmo, tiene más que decir. El fado, para él, tiene centro no en el fatalismo, sino en el amor, si con melancolía y saudade, que precisamente extraña a algo que se amó. El fado, es también un espejo para todo lo que es y pasa en Lisboa; entonces, si Lisboa cambia, el fado cambia. El mismo está alertado por la actualidad de donde vive, pero conoce la necesidad que tiene su trabajo por abordar los cambios.

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