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Sleepwalking | El adictivo, vanguardista y sofisticado pop de Jonathan Bree

Definir con precisión la personalidad de Jonathan Bree resulta ocioso. Enigmático, camaleónico, inquietante, indescifrable, estremecedor, oscuro y oculto podrían ser los calificativos más apropiados para su persona; pero, ¿es sencillo unificar la esencia del avant-pop en una sola producción bajo esos preceptos?

Seductor como él solo, su arcana estética y su viciosa personalidad al hacer música resulta equiparable a las grandes mentes que algún día utilizaron un alter-ego lleno de pesadumbre y misterio. BucketheadLordiThe Residents, The Mothers of Invention, Burial, Devil Doll y NǽnøĉÿbbŒrğ VbëřřĦōlökäävsŦ se ocultarían bajo el anonimato, pero Jonathan Bree, gracias a la fundación de Lil’ Chief Records, ha roto el sistema empleado para hacer música maravillosa, cayendo, sí, en el anonimato, pero siendo descubierto. El camino lleno de migajas de galleta ha sido encontrado.

Nacido en Nueva Zelanda, Jonathan Bree —fan from hell de The Modern Lovers en su infancia— aprendería durante sus años formativos años la amalgama indie pop de The Nudie Suits, liderados por —su primo— Mark Lyons; sólo para después, con mayor edad, agrandar aquel sonido junto a The Brunettes.

Durante más de dos décadas, The Brunettes fue una banda llena de indietwee pop al grado de ser teloneros de The Shins en 2005 en su tour por Norteamérica. Sin embargo, después de dos álbumes en solitario y cinco con The Brunettes, Jonathan Bree buscará horizontes nuevos. Codeándose con la nueva ola de artistas destinados a vivir bajo la era del streaming y el stunt marketing.

Tras dos álbumes raquíticamente reconocidos por la crítica musical, Bree crea un álbum enigmático, elegante y lleno de espasmos de pop que se engloban canción tras canción: ork-pop, vaporwave, hypnagogic pop, baroque pop, indie pop, art pop y downtempo conviven y se conjugan durante un álbum tan esperado como misterioso. Sleepwalking posee todo para ser catalogado como el álbum irruptor del año.

Con canciones que no superan los cinco minutos, he aquí ante ustedes el álbum que abrirá las fronteras más ceñidas de la música pop en vías del underground silenciado por la escena global. Aquí, Sleepwalking de Jonathan Bree:

El lugar que tiene el ork-pop en este álbum es uno muy especial. La canción que le da nombre al álbum, “Sleepwalking”, es un completo tributo al chamber pop de los Tindersticks y a su maravillosa orquesta sinfónica tan única en ellos. “Sleepwalking” saca del ostracismo al género con un Jonathan Bree más sofisticado que antes. Bellas armonías, masivas percusiones y un outro que produce escalofríos tan misteriosos como su voz son sólo el inicio de uno de los álbumes más esperados del 2018. El espíritu de David Bowie habita en esta canción.

Ataviada por su letra pesimista, un elevado culto hacia el chillwave se erige en la segunda canción del tercer disco en solitario de Bree, haciendo que en ella habite esta aura retro tan impregnada en el álbum. Y es que si de algo puede presumir Sleepwalking es de sus incalculables coros alrededor del álbum, y “Boombox Serenade” sólo es el fiel reflejo de ello: kudos aquí a Crystal Choi por su austero pero hermoso feat. La canción seguirá y, cerca de su final, los vestigios de aquellas décadas -que no vivimos- con sus serenatas al pie de la ventana mientas el boombox suena estarán presentes en la contagiosa nostalgia de esta pieza poderosamente hipnagógica.

Continuando con el multifacético avant de Jonathan Bree, ahora es turno del art pop para hacer su aparición dentro del álbum. El primer single del disco, “You’re So Cool”, y tal vez la canción que lo colocó firmemente en el mapa fungirá como el señuelo de las recurrentes apologías del new-age de los setenta que el autor nos regala. Melosa, optimista, con una lírica que transita entre las artes y el yoga, “You’re So Cool” es un highlight apetecible, seductor. Posiblemente desde “Weird Hardcore” del A Little Night Music no encontramos una canción que haga sentir esas emociones tan profundas. “You’re So Cool” quedará etiquetada como una de las melodías más escuchadas en los últimos meses; sin embargo, el pop que hay dentro de ella hará que se quede para la posteridad, enorgulleciendo y siendo una fascinante gabela a la leyenda del new-age, Steven Halpern. Final crossover.

La exquisita bassline en su inicio, acompañando la tersa voz de Clara Viñals (Renaldo & Clara) junto a unas boyantes maracas de fondo, hacen que la canción tome rumbos hacia el kraut, haciendo de “Say You Love Me Too” una canción hipnotizante. Aunque la musicalización resulta sugerente per sé, el puente hacia el último coro es una verdadera joya: popsy pop. La conjunción en la voz de la catalana y del neozelandés involucra un poderoso vibe hacia el característico jamming de los setenta. Qué locura.

David Lynch estaría orgulloso de incluir dentro del BSO de Twin Peaks o Mulholland Drive a “Characters”. Dentro de su terrorífica construcción, se asoman múltiples guiños críticos hacia la sociedad actual y el cómo se rige bajo la demanda de las redes sociales. Utilizando una corta lírica contra Twitter, Facebook e Instagram, Jonathan Bree satiriza al mundo moderno con toda su adyacente tecnología, haciéndonos ver como personajes consumidos por una exacerbada agorafobia. Acompañando al estandarte crítico de Bree, el increíble muzak que expide esta canción resulta ser tan cruel como las primicias de la santísima trinidad de la ficción distópica: BradburyHuxleyOrwell.

…Después de todo, sólo somos personajes sumergidos en un inagotable mar de vocablos y símbolos.

La añoranza está descrita en el ombligo del álbum. “Roller Disco” desata un longevo smooth jazz que desde A Little Night Music siempre quiso ser protagonista. Con esa particular nostalgia por los ochenta, Bree estructurará una canción poderosa haciendo alusión a los —casi— extintos roller discos, en donde lo importante era desgastar tus patines 4 ruedas lo más rápido posible. ¡Qué viva el roller derby!

Con una mezcla de jazz y vaporwave, “Roller Disco” contará la corta historia de una pista de patinaje que cerró y después, en el mismo lugar, fue transformada en una confitería. Así, hace de la canción una telenovela de amor-desamor entre un recuerdo y un lugar, un espacio, una edificación. El maestro de la nostalgia lo vuelva a hacer. Hace suyas las nimiedades y las transmuta al recuerdo colectivo; concretamente, en nuestro hipocampo cerebral. El lado B del vinyl empieza, al igual que lo mejor del álbum.

Cuellos de tortuga, máscaras y pelucas mop-top. Con ese banal contexto, se debe de decir que “Valentine” es la canción más —ultra— indie pop y azucarada del álbum. Aquí Jonathan Bree y un coro súper catchy le dan un upgrade necesario a un disco inundado de sonidos avant-garde. Se agradece el gesto. Con el coro que tendremos en la mente durante horas y días, las lyrics devastadoras de Bree conjugan una hermosa canción. Y es que, según Arthur Schopenhauer: “el dolor es perpetuo”.

Durante más de cuatro minutos (siendo ésta una de las canciones más largas del álbum), nos acurrucamos en la voz femenina que expide el vinyl sólo para tener en nosotros una necesaria dosis de tristeza dentro el ágora neuronal al que somos sometidos. Maldito San Valentín y sus hirientes recuerdos. Arrullándonos plácidamente con la profunda voz de Jonathan Bree y los femeninos coros que despiden las bocinas, “Valentine” termina. Y es que cada vez estamos más cerca del final.

El cierre del álbum está cerca, y aquí están los cimientos de una fuerte sociedad que se formó en las faldas de The Brunettes, siendo Chelsea Nikkel una integrante esporádica para los shows en vivo y Jonathan Bree un miembro fijo de la banda. Princess Chelsea, al igual que Jonathan Bree, parece traer consigo el don de hacer canciones sobrias, admirables y muy, muy precisas. Tanto “Static” como “Plucking Petals” denotarán la inagotable química que posee este par.

“Static” posiblemente sea, junto con “Say You Love Me Too”, la parte más floja del álbum, pero ese minuto final, ese outro, termina por salvarla. Durante segundos, los mejores momentos de la canción están en nuestro tímpano, salpicándonos con melodías envueltas en una alfombra roja llena de inmaculada liberación sexual.

Por su parte, “Plucking Petals” nos sumerge en una oscura orquestación decidida a llevarnos al punto más álgido de la añoranza. El enamoramiento en su punto más álgido y cursi; poseedora de una atmósfera tan desgarradora como sincera. Posiblemente estemos ante una de las composiciones más honestas que hayan salido de la mente creativa de Bree, con su lírica inmersiva tomando retrospectivas y recogiendo en su camino las fatalidades del amor.

It’s unhealthy for us to hold to hope.
We lie when we say we don’t know.
Am I just a sad buffer for your ego?

 

“Plucking Petals” logrará su cometido bajo un tierno jugueto de infinitos orfeones: denotar melancolía en su más noble figura. Punto para este par, que de no ser por Lil’ Chief Records nunca, nunca, nunca, hubiera sido posible unir. Maravillosos. Ambos. Flechazo musical.

“Coke” pretenderá ser el himno contemporáneo del desamor. Con frases como “Is it really gone?, Is it something lost?” y “We are not coke, so let’s never pretend we are something to share with a friend”, la canción tomará tónicas precisas, aquel rompimiento que desencadenará la última y mejor canción del disco. Sin embargo, antes de eso, hay que hablar de los coros en esta, que, de nueva cuenta, vuelven a alimentar el aura pesimista de Bree.

Esos coros son el tiempo perdido de cada relación a largo plazo, los sentimientos que se envuelven en magia forrada de marihuana, los carnales deseos del licor y sus consecuencias; aquellos deseos reprimidos, aquellos momentos de juventud, aquellos sonoros pasajes, aquellos pesados sentimientos de lealtad que ahora se desvanecen como humo entre tus dedos. Todo eso y más hacen que digamos: “Though we are two hopeless flirts”.

Culminando el álbum de manera brillante y despidiéndonos con nostalgia, melancolía y uno que otro recuerdo, Jonathan Bree nos habla y relata una relación amorosa completamente rota e intoxicada. Con una letra rayando una relación sin amor, el odio recíproco y el completo hate de la costumbre, “Fuck It” es la mejor canción del álbum.

El dream pop y sus secuencias melancólicas nos despiden de un álbum destinado a figurar entre las más reconocidas listas musicales a final de año, erigiéndose como un álbum misterioso, contemporáneo y magistral. Los coros, los arreglos chispeantes en el teclado y las secuencias atascadas de un synthesizer nos hacen sacar la última lágrima que el álbum nos puede destilar.

De esta manera termina el álbum reverencial del 2018. Reflexionando e intentando ser objetivo, la realidad es que Jonathan Bree ha diseñado, armado y estrenado el álbum que será aplaudido, alabado e imitado por años, marcando el inicio de un necesario revival en la música pop. Hará florecer del subsuelo las gratificantes semillas que le devolverán la esperanza a un género tan explotado y abaratado por los pop icons de la industria musical.

Evidentemente, el sophisti-pop de Jonathan Bree tardará en hacerse notar en los charts que ahora lideran los nuevos estandartes del teen pop, el reggaetón y el trap. Sin embargo, el legado y la refinada musicalización dentro de Sleepwalking harán de él un álbum totalmente novedoso para esta actualidad tan contaminada, propagando esa aura natural a la aflicción y a la añoranza como pocos.

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