Bootleg Reseñas

Cosmovisiones | Un viaje por Segundo Infinito

Fotos: Paola Baltazar

Cada visita al Foro Indierocks! me ha sido una experiencia sustancialmente diferente a la anterior. El foro, en su aparente simpleza, posee un carácter tornadizo, que permite que una variedad de géneros y estilos se desenvuelvan sin reparo alguno. Para Segundo Infinito, OTONO preparó una velada especial de expansión extrasensorial, donde la conjugación del foro con proyecciones audiovisuales dio paso a presentaciones musicales sin par. Al llegar al lobby, lo primero que podía apreciarse era una pantalla de colores brillantes que mostraba la imagen de los presentes en diferentes grados de distorsión, mientras que, frente a los baños, una pequeña televisión de bulbos enseñaba bajo diversos filtros e imágenes barrida a los diversos patrocinadores que habían colaborado para el evento.

Frente a la barra y para el placer de muchos, Ivan Nieblas “El Patas” impartió mezclas bien curadas para amenizar los espacios previos a cada uno de los sets, al mismo tiempo que prestaba su compañía para cualquiera que quisiera platicar con él o simplemente tomarse una foto. Mientras las personas reunidas se aclimataban, a las 19:20 hrs. el Patas exhortó a los presentes a comenzar la travesía en el plató. Con cierta calma, poco a poco entramos a la antigua casa que ahora conforma el escenario principal. Sólo unos cuantos se acercan hasta la valla, donde con paciencia observan el primer corto del programa. Sueño de Blues de Andrés Peralta es una obra excelente, la simpleza de su narrativa, junto con las representaciones urbanas dentro de la estética de resistencia, le hacen una muestra bastante interesante. Así se introdujo al primer grupo de la noche.

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Si he de decir algo con respecto a Sunset Images es que siguen sorprendiéndome. Ya sea en Bajo Circuito, en el Caradura o ahora en el Indierocks, la entrega de ambos miembros hacia su arte es innegable. Puede ser que diga esto con cierto carácter paternal, que me repita “Han crecido tanto” como un fan orgulloso. Pero con el módico nivel de objetividad que aún tengo, puedo corroborar que es cierto. Ante las poco menos de 100 personas que les presenciaron, dejaron todo en su ejecución. El muro sonoro que fabricaron por medio de capas instrumentales es una fuerza reconocible, y el público se perdía en él, bailando ligeramente o moviendo la cabeza, mientras los golpes de batería retumbaban en el cuarto y la guitarra aullaba sus acordes entre distorsión y reverberación frente a una pantalla de colores vibrantes.

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Llegaba la primera pausa y el Patas hacía de las suyas con su selección musical, y alrededor la congregación crecía. El tiempo era diferente, más fluido, casi sin peso, y sin que pasara mucho, nos llamaron una vez más para continuar con el viaje. Iku Manieva de Isaac Ruiz Gastelum fue el segundo corto en alumbrar el proscenio. Su ritmo calmo, paisajes e instrumentación sencilla crearon un ambiente sutil considerablemente diferente al del trabajo de Peralta, aunque totalmente acertado para dar pie a Vía Láctea. Comandado desde mediados de la década de los setenta por el maestro Carlos Alvarado, el cuarteto ha estado a la vanguardia del rock progresivo a nivel nacional desde su creación. En la pista se puede sentir el respeto que existe a su líder, mientras se escucha con cierta solemnidad a los primeros acordes.

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Sí Sunset Images es un muro sonoro, Vía Láctea es niebla, es un telar inmenso de múltiples texturas del mundo que se unen para crear algo que supera a lo propiamente ambiental. Es aparentemente amorfo a la par en que elabora una estructura compleja. Los sintetizadores, la guitarra eléctrica, el bajo y las figuras de violín que tendían a lo arabesco, aunados al juego de luces, crearon una escena difícil de comparar mientras el público, perdido, escuchaba y tambaleaba junto a los movimientos de cada nota. Entre cada pieza, Carlos Alvarado agradeció los aplausos, tomando un momento para contar un poco de las rolas, de su próximo álbum y a exhortar a los presentes a comprar material físico en las mesas de la entrada, algo que varios hicieron sin mucho pensar al término de su set.

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Una vez más salimos al lobby. Hay música, la gente platica, come, observa, espera. Pasa el tiempo y el llamado de Ivan Niebla no llega aún. La noche avanza con otro ritmo, pero los ánimos no bajan. Dan las 10 P.M. y el Patas por fin nos invita a “terminar de deshacer las neuronas que aún nos quedan”. Por cómico que fuera, creo que subestimé la veracidad de esas palabras.

En la última etapa del evento se proyectó Jardín de Gardenias de Gisela Guzman. De los tres cortos, en mi humilde opinión, es el menos llamativo. Existe un juego temático con la fotografía, como ventanas a diferentes tiempos, situaciones y personalidades. No obstante, cuando acaba no hay remanencia, simplemente acaba. Pasados unos cuantos segundos de quietud, Kawabata Makoto y Nani Satoshima entraron al escenario. Bajo vitoreo, aplausos y gritos, el dúo japonés, agradecido, tomó con serenidad su lugar frente a los presentes. Análogos al universo, los movimientos de ambos músicos son impredecibles; en un momento hay calma, aún cuando las figuras son totalmente inefables, existe un ambiente similar a cuando se se observa el cielo nocturno, rodeado por lo desconocido y la expectativa.

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No obstante, este ambiente es volátil; en minutos, la dupla se desenvuelve de forma extraordinaria y la intensidad crece de forma exponencial. Más allá de las formas tradicionales, más allá de la virtuosidad técnica o siquiera la concepción clásica de la música psicodélica, lo que se escucha está fuera de cualquier tipo de clasificación justa. Ecos, distorsión e impacto rodeaban el foro junto a las improvisaciones. De forma simultánea, a mi derecha, un grupo de fanáticos gritaba y saltaba con desenfreno. Otros, en frente, cabeceaban sin estribos. Otros más observaban con asombro, intentando digerir el bombardeo sensorial que dominaba. Así como los ciclos de calma y éxtasis se repetían, del mismo modo las personas enloquecían con cada nueva figura y los músicos entraban en un trance incomparable, donde su abstracción del universo les poseía para transmitirse a un grupo deseoso.

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El tiempo corrió y pocos realmente lo notaron. Sin embargo, cuando parecía que todo iba a acabar, nos dieron un último regalo. Nani Guru invitó a los miembros de Vía Láctea a realizar una sesión inigualable. En la unión de dos universos diametralmente diferentes pero afines, el resultado fue demencial. Escenario y pista fueron testigos de una hola sonora imparable, la cual dejó a todos en diferentes grados de hipnosis. Pasado el último acorde, los artistas se despidieron con gran humildad bajo los aplausos, gritos y alabanzas de sus fanáticos, quienes poco a poco regresaban de una odisea sin paralelos, de la cual espero ansiosamente su siguiente encarnación. 

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