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Nico: Identidad y validación del artista

Nico: una figura llena de mitología. Tan efusiva como cautivante, su imagen es un ícono definitivo de la cultura popular moderna y, sin embargo, también uno reconocido de las maneras más superficiales.

Nico: una figura llena de mitología. Tan efusiva como cautivante, su imagen es un ícono definitivo de la cultura popular moderna y, sin embargo, también uno reconocido de las maneras más superficiales. En general tratada como una figura con una historia olvidable; un accesorio, nunca una protagonista. Un relato cuya realidad es triste y menospreciada.

El extraño rol de la artista existe dentro del mundo de lo bohemio al final de los sesenta y principio de los setenta. Un momento en el cual muchas historias como las de Nico no son más que ricas en leyenda y cuya realidad tiende a albergar tragedia. Por esta razón, su vida y contexto nos sirven para identificar la extraña relación entre íconos y realidad; la construcción de esta confusa y, en ocasiones, problemática identidad del artista. La diferencia entre ser un artista y ser reconocido como un artista. La desigualdad entre el culto a la personalidad y la docencia.

Nico habitó durante toda su carrera una ideología y circunstancia que muestran que, hasta el día de hoy, muchas de las idiosincrasias alrededor de la figura del artista vienen más de un romanticismo a un mito y menos de una verdadera obra de vida. Así, hoy esta etiqueta es una que es simultáneamente fácil y difícil de conseguir. Tan siniestra al momento de usarse para denotar y tan tergiversada que provoca más dudas que respuestas.

En este caso, la historia comienza en medio de una Alemania en proceso de transición. Christa Päffgen vivió una acelerada adolescencia llena de lucha, reubicaciones, diferentes trabajos e imperdonables abusos. Al fin, alcanzando una ocupación como costurera, alcanzaría un cierto nivel de estabilidad y un ambiente donde su atractivo físico y porte natural la vería introducida al mundo del modelaje.

A los 16 años, habría conseguido la atención de Herbert Tobias y este la re-bautizará en lo que sería el inicio de su carrera. Exitosa como modelo y en conjunto con la conectividad natural del medio, se incorporaría al cine trabajando al lado de directores como Fellini. A pesar de esto y de que la joven siempre había tenido un interés y ambición por este medio -por lo que entendía ella como el mundo bohemio-, parecía que todos estos logros no eran más que un sentimiento encontrado pero no completamente satisfecho. Si bien era una modelo “taquillera”, no era percibida más que como un emblema de marca. Si bien estaba entre los grandes del cine. no era más que por su apariencia.

Nico abandonó Europa, dejando todo esto atrás para encontrar su verdadera vocación y el reconocimiento del romántico creador en Nueva York. Ahí, en medio del boom del rock, la una vez actriz y modelo sería clara y diligente en cuanto a sus ambiciones artísticas e intentaría postularse como cantante. Vagando por el mundo como una especie de mochilera, Nico ya era una políglota y conversaría su camino hasta nombres como Brian Jones y Bob Dylan, uno de los cuales le tendría una propuesta definitiva para su carrera: Andy Warhol.

Dentro del universo de Warhol, al fin Nico pasaría al siguiente plano de la experiencia de lo que se percibía como un estilo de vida “bohemio”.  Ya no más conversaciones entre café y cigarros, ni fiestas, ni proyectos ligeros en impacto. En verdad, aquí, parecía existir una comunidad creativa, un objetivo. No más ser una acompañante. Warhol tenía un proyecto de vida: su fábrica y sus superstars. El artista, aún lejos del estatus de leyenda, ya era al menos nombre de cajón en el mundo de arte contemporáneo y, al conocer a Nico, encontraría un interés y potencial para su literal fábrica artística. Él vería a la recién llegada como una natural partícipe de su cine experimental, pero no fue sino hasta que aparecieron las piezas de lo que Warhol veía como una posible “obra artística multimedia” conocida como The Velvet Underground, que vio la capacidad de una enorme oportunidad. Nico sería la cura ante la preocupante interpretación deadpan de un Lou Reed que, sin la “personalidad” de frontman, preocupaba al artista. Muy a su manera y estilo paranoico, Reed enfureció y dejó claro que era necesario dejar a esta “extraña” separada del proyecto, únicamente apaciguados sus miedos gracias a la confianza en un mentor que siempre acarreaba una gran visión.

Symphony of Sound nos muestra el ensayo de unos jóvenes Velvet, con una infructuosa participación de Nico. Esta es vista en medio de la banda y cuidando a su pequeño hijo mientras toca sin propósito una pandereta. Nadie entendía bien el lugar de esta mujer ahí, pero, de alguna manera y al mismo tiempo, hacía todo el sentido del mundo.

Con el paso del tiempo, el rol de Nico se desarrolló y las tensiones fueron aplacadas brevemente por la insistencia de Warhol en un propósito grande. Aun así, lo que era claro era que esto no iba a durar. Fuera lo que fuera -musicalmente, creativamente o artísticamente-, Nico jamás sería considerada más que un token en la dinámica del grupo. Sabiendo esto y consciente de una situación donde su integridad como creativa era reducida a un simple anexo, la artista pensaría en las alternativas.

Una vez más buscando voz propia, decidió darse un espacio para empezar su propia carrera con ayuda de John Cale y Jim Morrison. Poco después, la paranoia de Reed explotaría contra Warhol y Nico, y esto separaría sus caminos. Así, se inauguraría una carrera solista que hoy observamos con cualidades innumerablemente grandes pero que por muchos años fue vista sin más que un par de ojos curiosos.

Al principio, Nico no sólo componía canciones con una fuerte tradición de música europea; también las complementaba con un espíritu peculiar de pop y experimentación, dedicado a ahondar quizá hasta con más seriedad en lo que algunos de sus contemporáneos alcanzaban con el gutter rock. Al fin, Nico era el centro creativo y no parte de algún otro artista. El romanticismo bohemio de la joven estaba siendo trascendido, pero aún parecía incómoda por la falta de atención y seriedad de sus colaboradores y audiencia.

Su primer intento con Chelsea Girl sería mediado fuertemente. Aun cuando la grabación del álbum llevaba el nombre “Nico”, los productores y disquera eran determinantes en qué era lo que debía sonar y cómo debía sonar. Con el consejo de su profunda amistad con Morrison, a partir de este punto, ella tomaría control absoluto y mediría cada uno de sus pasos en el mañoso negocio. La música que haría Nico empezaría a desarrollarse hacia el chamber folk que cortejaba a lo experimental, un tanto reminiscente a la música de Scott Walker. Toda esta trayectoria fue llevada de la mano con diferentes colaboraciones e interpretaciones en vivo junto a los grandes de la vanguardia y el underground de su momento. Nico no sólo se mantenía involucrada en su labor de estudio: constantemente figuraba en las profundidades de su escena.

Ante la llegada de su complicada independencia, no más se valdría por su imagen; un camino de autodestrucción, casi como acto de venganza, iniciaría. Empezaría a vestir exclusivamente de negro, abusaría de varias sustancias y conscientemente destruiría su esclavizante imagen física, harta ya de ser “la mujer hermosa”, la “presencia elegante”. Como diría James Young, en su tiempo posterior con la banda de la artista, “She was proud of being rotten”. Parecía que la persecución por ser reconocida como artista no tenía punto de partida en “una cara bonita”, sino en ser la cara de la bohemia, que era y es sinónimo de la decadencia.

Aún sin éxito ni cercano a lo comercial, Nico se vio, poco a poco, pero seguramente, volviéndose un fantasma bohemio, un nombre citado pero jamás escuchado. No que esto le molestara, pero sin duda agravaba la situación. Activa pero sin las condecoraciones o al menos el interés debido. Hacia los ochenta, desarrolla sonido y proyectos nuevos, algunos más allá de la música. En las pocas entrevistas hacia el final de su vida, la artista mantenía su pasión por el arte y lo que comprendía su estilo de vida. Lo que no solventaría esta creatividad era su camino a la autodestrucción.

Para el final de la década de los ochenta, la pobre realización de la carrera de Nico buscaría paz en el cuidado de su hijo, que había sido más que pobre. Una vida más estable en Ibiza: ahí fue que Nico moriría a raíz de un accidente en lo que parecía un tiempo de recuperación de su fuerte drogadicción. Justo cuando la realidad se acercaba, ella se alejaba.

Nico es fácil de ocupar tanto de víctima como de victimaria. Fue cómplice de muchos de los problemáticos comportamientos que aquí intentamos atender, pero también demuestra una reacción a estos comportamientos glorificados en un mundo acelerado y paralelo a lo abusivo y auto-destructivo.

En primer lugar, hablamos de un ecosistema el que se persigue a los sueños, un estilo de vida, una obra y una identidad; todos son conceptos lejanos, pero ninguno es realmente distinguido. Históricamente, hemos representado el estrato social de celebridades, artistas y otras figuras públicas como uno inalcanzable pero al que extrañamente debemos aspirar. De manera incierta, se han convertido en figuras perseguidas más por la idea de comodidad y atención de las que aparentan ser recipientes que por su ejemplo de vida y propuesta creativa. Así, nos quedamos con ideas de etiquetas, como la de “artista”, completamente arquetípicas y distorsionadas, que se valen por todo menos por lo que realmente deben ser. La vida del artista es una decididamente aislada de la creatividad y calidad de una obra.

El caso de Nico no es único en su persecución de una idea engañosa, pero sí es clave en el entender cómo el “valor” juega con su propio significado. Si bien Nico desarrolló el estilo de vida bohemio, si bien tenía habilidades y ambiciones concretas por alcanzar, nunca fue más que utilizada como un símbolo y accesorio de los “verdaderos artistas”. De aquí, sus frustraciones y reacciones realmente quedan comprendidas. Incluso actuando como una fuerza independiente, el valor de su obra fue ignorado.

Nico es recordada, en su mayor parte, como un objeto, y esto es algo que ella nunca quiso ser precisamente porque sabía cómo era ser operada así. Tan fuerte fue el peso de esta terrible dinámica, que la artista terminó por crear un mecanismo de defensa a base de abusos y autodestrucción, pues ya ni siquiera era feliz consigo misma.

Si buscamos las causas de esta completa exclusión de la comunidad artística de su momento, también tenemos que pensar en la influencia de los esquemas de poder económicos y jerarquías de género. Estas no son tratadas aquí como triviales pero sí aisladas para enfocarnos en el tema de la figura del artista.

Promover a Nico es también difícil, pues bien es sabido que era una persona seriamente imperfecta; pero aquí hay otra incongruencia. Si tanto hablamos de la diferencia entre arte y artista -y aquí hacemos hincapié en la diferencia entre artista y mito-, también vale la pena hablar de la diferencia entre obra y fanatismo. Que quede claro que el ejemplo de Nico sirve en este texto para hablar del espectro completo del engaño que viven los artistas en búsqueda de una identidad falsa y, en ocasiones, tener una real justificación para esta no sirve de nada. Ni para generar valor para un consumidor y mucho menos para la industria artística.

¿Entonces qué debemos admirar? Este testamento busca dejar clara la práctica de celebrar una obra artística y no su identidad artística. Busca celebrar una expresión individual y no su personalidad. Busca ver a Nico como un artista y no como esa “cautivante y efusiva imagen”. Si la misma artista admitió sus deficiencias y la trivialidad de algunas de sus creaciones, aquí buscamos las que sí nos hablan de arte y no de artistas.

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