Vacas Sagradas

Vacas Sagradas: Brown Sugar

En el 2000, con Voodoo, D’Angelo se coronó como el heredero de una amplia tradición de música afroamericana. Alrededor de ello, consiguió una de las coaliciones creativas más importantes de las últimas dos décadas. Sin embargo, aquí hablamos del antecesor, porque antes del laurel se aprecia la campaña. Brown Sugar, además de ser un gran álbum, tiene un rol muy especial en la manera tan significativa de darle continuidad a la tradición de la música afroamericana con nuevos valores, en la idea del artista integral y sobre la música vista como una práctica formal.

D’Angelo crece en un rico contexto donde la música de iglesia negra, el jazz y una inducción rápida al piano clásico lo llevarían de la mano a un mundo musical único. Rápidamente se dio cuenta, bajo esta instrucción, de su fuerte aptitud para la intuición musical, de su gran oído y su capacidad para entender las tradiciones. Todo esto conformaría una seguridad para verse a sí mismo como un artista no sólo capaz de navegar dentro de un panorama cambiante, también de hacerlo por sí mismo.

Campeón de concursos en el Apollo y un episodio estudiando de cerca la cultura hip-hop, se vio, a los casi 19 años, componiendo en su cuarto casi todo el material de lo que sería este álbum. Mudándose a Nueva York, no perdería tiempo para buscar recursos por medio de un contrato y pondría acción sobre la producción de un álbum que abordaría el soul en su esencia tradicional pero con una visión de vanguardia.

Luchando por completo control e independencia de trabajo, le fue sugerido acompañarse de otros productores para asistirle. El consejo fue tomado, no para conseguir a un genio de la vieja escuela, sino a figuras modernas como Ali Shaheed Muhammad y Bob Power. Esta situación es ajena a cualquier concepción que se tiene de un artista que viene de una cultura musical tan fuertemente estructurada y, más aún, de un joven entrando a la industria musical. Primero, por las decisiones de renovar con el aún poco entendido hip-hop dentro de una escena que se había vuelto conservadora y, segundo, por exigir y conseguir tanto control sobre un primer proyecto.

Entender esta situación empieza y termina con la referencia máxima de D’Angelo: Prince. El joven artista había comprendido rápidamente que Prince, fuera de ser un músico, era un artista completo al estar encargado de sus letras, de su instrumentación, producción y dirección, entre otras tareas. De una o otra manera, abordado con D’Angelo por una mentalidad DIY, su ambición de control era motivada por el poder ser un conductor e incorporador de influencias. Esto, de nuevo, es referente a un Prince que era capaz de incorporar piezas diferentes sin deformar la figura.

El soul propuesto por D’Angelo de ninguna manera era preciso en sus interpretaciones y mucho menos típico en su uso de tecnologías y metodologías. Incorporando los elementos de su contexto musical con el sonido y actitud del hip-hop, las mentes modernas sobre la consola creaban un diseño diferente entre lo viejo y lo nuevo. Posteriormente, Questlove (al trabajar en Voodoo) describiría el estilo de batería como el “Drunken Dilla style”. D’Angelo, al tratar de emular lo que escuchaba en los samples de los grandes productores de hip-hop como DJ Premier, terminaría por crear un estilo de interpretación percusiva laid-back. Uno menos consternado por la perfección y más dirigido al atractivo de lo flexible, lo sloppy.

Después descubriríamos, con Dilla, que se podría reformular la manera en que los samples se tomaban y que estos también definen la manera en que se escucha un álbum (cuando se buscan breakbeats). En este sentido, los samples no caen en cuadrados perfectos sino que son potenciales juegos rítmicos acompañando algo más orgánico. El ejemplo máximo de este desfase intoxicante es plasmado en “Robin Hood Theory” de Gang Starr. La influencia del método de producción hip-hop no se reducía sólo a lo percusivo, pero es claro que los sonidos del urbanismo neoyorquino, bajo el diseño del soul, tenían un carisma innovador.

Estas influencias relevan así una historicidad general de lo que el D’Angelo denominaría como “black music”, pero también aparecieron en un momento clave para reflexionar sobre la relación extraña entre artistas, tecnología e interpretaciones. El mundo tan cuidado del arte afroamericano estaba cambiando dramáticamente y D’Angelo, en lugar de separar, mostró la armonía entre filosofías.

Bob Powers quería producir bajo el estándar de soul -“warm, fat and present“-, pero fue confrontado con la interrupción de un D’Angelo que quería algo menos riguroso, su estilo borracho y enfocado en la actitud de un género que en esencia era pasión. Esta disonancia podría parecer causada por una deformación de las prioridades. Pensemos por ejemplo en las presentaciones de un James Brown cuya interpretación era violenta y poco perfecta, o lo bochornoso del confrontativo estilo de Prince. Brown Sugar lograba alcanzar más allá de la confusión social de un tiempo de transición, lograba organizar de nuevo los valores de la tradición musical afroamericana.

Las admiraciones de influencia puestas en práctica y en lugares insólitos demostraron un carácter singular en el artista que, si bien estaba preocupado por su propia voz y estilo, también era capaz de incorporar del pasado y presente. El híbrido casi imposible de influencia, formalidad y filosofía lograba de una o otra manera ser un testamento a lo que había logrado Prince y lo que aún hoy podemos desmenuzar.

D’Angelo continuo con la escuela de Prince:

  1. de explorar cambiantes sonidos musicales, incorporar filosofías ajenas y unificarlas dentro de un producto congruente
  2. de tomar control absoluto sobre una obra con confianza en el virtuosismo y el conocimiento, pero sin olvidar lo identificable y universal que hace de esto algo accesible

Hoy, los dos son un “musician’s musician”, pero también influencias disimuladas de su respectivo pop por venir.

Años después, el R&B, soul y hip-hop permanecen en nuestra cultura musical como géneros saludables, pero ya no más como identidades ajenas, sino como constantes en colaboración. Ya no más son únicamente persistentes en nichos y escenas exclusivas sino que aparecen también en lo englobado por el pop. Cuando más parecía que la “música negra” estaba en confrontación consigo misma por una discrepancia interna debida a la cambiante cultura, D’Angelo aparece hoy como una figura de operación que sobre una superficie mudable, en lugar de elegir camino, construyó una escalera.

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