Álbumes Listas

7 álbumes esenciales de Drag City

Por Urian y Diego

La disquera nativa de Chicago, fundada en 1990, es hoy una especie de concentración del valor indie a través de las décadas, pero también el de la experimentación sensata. En ocasiones, esta combinación de valores resulta en un rango de resultados específicos, pero parece que los que Drag City trae a la mesa son más bien verdaderas combinaciones de estas misiones. A través de los años, la disquera ha logrado capturar un catálogo de artistas cuyo acercamiento a la música es casi infantil: libre de juicios y lleno de preguntas. Sobre esto, todas las entregas traen consigo un dilema de perspectiva al escucha: ¿tomar todo como una medida y experimentada visión artística al tacto humano o, más bien, como un simple ejercicio de creatividad dentro de un entorno libre?

En la actualidad, permanece Drag City como una realidad alterna -como dirían en Portlandia: “The Dream of the 90s is alive in Portland”-, pero con pequeños ajustes hacia la modernidad, mantienen la espina que les dio identidad y asoman la cara con un catálogo que asegura ¾ veces sorprender, emocionar, reflexionar o, al menos, reír.

Aquí, siete de sus entregas esenciales:

The Milk-Eyed Mender – Joanna Newsom (2004)
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El tomo inicial en una racha de creatividad mitológica que sólo se ha seguido dilatando con el paso de los años, The Milk-Eyed Mender fue la composición con la cual Joanna Newsom y su arpa se manifestaron por primera vez en el lunario de la música folk. El álbum se reveló como se le revela un libro definitorio, desde la esquina más lejana de una repisa chirriante de madera, a un infante con una necesidad vital de escapismo. La cantautora californiana tomó algunas de sus experiencias más hondas y las transfiguró en pequeñas fábulas neogóticas con cualidades curativas tremendas. No sólo el de una compositora privilegiada, el trabajo de Newsom es el de una auténtica trovadora moderna.

Eureka – Jim O’Rourke (1999)

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Esta entrega es buena para demostrar nuestra tesis central: si bien Jim O’ Rourke ha gozado de una larga, prolífica y dispersa carrera, parece que también es claro al emparejar su tipo de trabajo con el tipo de disquera. Eureka está dentro del acercamiento más cándido del músico en lo que a un álbum de pop lleno de delicadezas se refiere, pero es también un valle de lo inquietante. Todo lo propio de un adulto operando como niño ante una fantasía de juego. En cualquier sentido, es difícil descifrar la intención detrás de O’Rourke, pero claro es que hay una pluralidad de instrumentaciones y grandiosos arreglos originados por diferentes culturas, tiempos y tanteos.

Cats and Dogs – Royal Trux (1993)

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Es un tanto reduccionista hablar de Royal Trux con sólo esta referencia, pero sí es importante  mencionarla como un punto esencial en la línea de tiempo de la disquera y banda. De ninguna manera se puede menospreciar la osadía por parte de Drag City al considerar el talento tan singular de un dúo cuya música parece jamás concretarse a pesar de dar destellos de sonidos tan reconocibles. El abrazo a la creatividad por parte de la disquera se exhibe en el joven material de Cats and Dogs, que no parece tener limitante alguna al deambular a través de estructura, sonido y desarollo en un periodo necesario para que el dúo encontrara la expansión de su sonido.

American Water – Silver Jews (1998)

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Bajo el ala de relación a Pavement, el proyecto liderado por David Berman tiene hoy que ser considerado como un ente independiente. Este trae a la mesa cualidades satíricas, joviales, misteriosas y poéticas sin dejar de ser un álbum sencillo con cotidianidad. La música se muestra a sí misma como una interrogación de qué es lo que nace entre la creatividad sin un estilo. La simpleza se ofrece, a veces, a pequeños bloques de investigación instrumental y, otras veces, a clichés musicales que enfrentan el impacto de no hacerlos. Berman dibuja, sobre estos diálogos, su propia estructura y así el álbum toma un semblante de indie de cantautor. Sin duda, esta es una entrega definitiva para resolver dudas sobre los sacrificios que se tienen que hacer o no al momento de crear lo que hoy entendemos por “indie”.

I See Darkness – Bonnie ‘Prince’ Billy (1999)

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I See Darkness simboliza un tajante antes y después en la carrera de Will Oldham; con la publicación de su sexto trabajo discográfico, el originario de Louisville, Kentucky dejó los palacios en el cajón del recuerdo y su nombre natal detrás de los telones para adoptar el seudónimo de Bonnie ‘Prince’ Billy. Este primer proyecto, en sus renovados horizontes apalaches, es una refinación de todo lo que había traído antes; es un alt-country altamente refinado y, aunque cálido, aterrador. Darkness es una de esas creaciones artísticas que demandan una atención indivisa, una interiorización -aunque provisional- absoluta y, por mucho, es también una de las obras maestras dentro de su categoría.

Knock Knock – Smog (1999)

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Después de haberse dedicado, en el transcurso de poco más de cinco años, a domar la fluidez del folk en sus formas más tenues, Knock Knock fue la forma de Bill Callahan –también conocido como Smog– de volver a acceder a sus poderes experimentales. En el sentido musical, incorporó loops de batería, guitarras densamente distorsionadas y coros, entre otros matices. Del lado de lo lírico, el marilandés optó por abordar sus canciones desde la distancia de la ficción. Mientras que, en peldaños discográficos anteriores, sus letras eran como entradas en un diario personal, pues trataban explícitamente con su vida, Knock Knock se lee como una antología de cuentos cortos. Este álbum, en el que también el ya mencionado Jim O’Rourke participó como productor y músico de apoyo, es uno más de los laureles que Drag City ha hecho posibles.

Coconut Hotel – Red Krayola (1995) 

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El séptimo disco de estudio de la agrupación tejana es un caso particular dentro del catálogo de Drag City. Grabado en 1967, Coconut Hotel fue rechazado por International Artists –la firma que publicó The Parable of Arable Land, el primer lanzamiento de Red Krayola– por alejarse completamente de las convencionalidades y estructuras del rock psicodélico, haciendo virtualmente imposible su éxito comercial. No fue sino hasta veintiocho años después que una disquera independiente de Illinois se decidió a desempolvarlo y por fin otorgarle una merecida primera edición. Aunque la crítica también lo juzgó ásperamente por su carácter experimental oblicuo e inaccesible, Coconut Hotel permanece como un testamento del extenso rango de posibilidades y propuestas que existe sobre los estantes de Drag City.

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