Vacas Sagradas

Vacas Sagradas: Vol. 4

Crash and burn.

Algunas sensaciones: Euforia. Sociabilidad. Confianza.

Algunos efectos: Reducción de atención. Hambre insaciable. Letargo. Taquicardia. Ansiedad.

En tres entregas, que apenas recorren de 1970 a 1971, Sabbath logró más de lo que cualquier banda de rock desearía o, incluso, imaginaría. No sólo habían creado un género, también desarrollaron lo que posteriormente sería un estilo dentro del mismo. No sólo habían creado una identidad única, también ahondaron en ella a costa de su propia fortaleza.

Sabbath, empezó como una fuerte declaración de un deseo por abrazar la tiniebla. Como ninguna banda antes de ella, sus deseos por postularse como amigos del terror y el ocultismo los llevaron a un viaje tanto creativo como personal, donde el ethos del metal hervía y sus consecuencias se revelaban. Cada paso hacia delante se convirtió en un camino en descenso hacia las profundidades de la música pesada, que a la vez era uno hacia lo hondo de ellos mismos. Los primeros dos álbumes habían sido inspirados por lo esotérico y lo folklórico; Master of Reality era conducido por la marihuana y, en lo que sería Vol. 4, la cocaína fue el quinto elemento de la banda. Las dinámicas de creación del grupo se llevaban mano a mano con su estado y, en esta ocasión, dicha creación no perdió el tiempo para consumir a su creador.

Lejos de Birmingham y alebrestados por su propio éxito, la banda encontraba en un supuesto paraíso californiano lo que sería un hogar temporal, en una mansión en Bel Air. Este tiempo se convertiría en un asueto enfermizo donde la música que se estaba engendrando era en realidad una consecuencia de la distracción, la adrenalina mal canalizada y un empuje agotado causado por la tensión. A la manera de Bowie, que huyó a Berlín con ganas de encontrar un ambiente más sano sólo para encontrarse con otra meca de drogas, Sabbath en Los Ángeles era dignamente caricaturesco, excesivo y peligroso. La banda oscilaba entre el ocio y la agresividad, aún cuando el trabajo era exigente gracias sus deseos de encontrar “algo más”. De esta manera, en medio de la disonancia entre el hambre por crear y un hogar peligroso, la tortura emocional se volvería duradera.

Algunas veces, las tensiones del trabajo dejaban tumbado a Bill Ward en sueños etílicos detonados por miedo de haber fracasado como integrante de la banda. Otras veces, la frustración era sacada por medio de persistentes bromas adolescentes. En algunas ocasiones la distracción misma daba pie a momentos de despreocupación, donde la creación tomaba un semblante más orgánico, como el crucifijo de Iommi rozando las cuerdas de su guitarra de curiosas maneras.

La lentitud de Master se convertía en cabalgantes canciones que encarnaban un aspecto de su hogar propiamente americano. Tomaban prestado de la presentación de gran escala teatral y sinfónica, donde Ozzy ya sonaba más a un frontman que a un predicador. Una antesala a los años glam y el rock de estadio. Tomaban del groove y la adrenalina descuidada para sus riffs que sonaban a un redneck en la cima del planeta. Su combinación: un Ozzy que al presentar el disco gritaba “We Love You” mientras los riffs sonaban agotados pero determinados, como las últimas pulsadas en el cuerpo después de finalizar un largo maraton. Taquicardia.

Apareció, con estas influencias, un álbum de Sabbath que al sonar más grande ahora traía consigo un claro universo sónico. El álbum gozó de ser concreto y circular, como llevado por una narrativa clara en la que los cortes largos elevados por su exposición contrastan con los pequeños experimentos. “Snowblind” muestra la fortuna de la pequeña incorporación orquestal, que tarde o temprano sería abusada. “Changes” hace uso de un mellotron con ganas de esas baladas que aparecen forasteras en la banda. Iommi continúa sus ganas por demostrar versatilidad y habilidad con su medieval y neoclásico “Laguna Sunrise”. “Supernaut” trae consigo, en un ágil paquete, riffs coherentes con un osado experimento rítmico.

En retrospectiva, los resultados de Vol. 4 fueron decisivos, influyentes y valientes, pero también toscos, degenerados y alarmantes. En lo que sería el principio del fin para Sabbath, este fue el punto crítico para que lo que sus integrantes alguna vez pensaron que era simplemente una idea, un símbolo, un amuleto o una droga se convirtiera en una desgarradora realidad. Realidad en la que ya no eran niños que metían la cabeza dentro de una cueva; en esta ocasión, eran cómplices de una perturbadora fuerza.

Mientras aún había fuego en la banda, el cohete que entraba tan intrépido al abismo en “Into the void”, en Vol. 4 atravesaba y se quemaba en el espacio a altas velocidades.

Crash and burn.

 

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