Soundtracks caseros: Ex Machina

Wittgenstein enunció que “pensar es esencialmente la actividad de operar con signos”. Por lo tanto, se deduce que el lenguaje es el vehículo eficaz de la comunicación, la forma de manifestar nuestra individualidad. A lo largo de la historia, la obsesión de engendrar vida artificial ha producido leyendas en diferentes culturas, desde la mitología griega hasta el folclor judío. Sin embargo, los autómatas se remontan a, por lo menos, dos milenios, cuando su rudimentario funcionamiento se debía a palancas y cigüeñales. Entre la fascinación intrínseca que suscitan, hay algunos episodios insólitos y difusos, como el de Descartes y su hija ilegítima.

Previo a la concepción del término, acuñado en los cincuenta, Fritz Lang ya se había encargado de materializar a la primera Inteligencia Artificial en Metropolis: la ginoide fatale por excelencia, María. Dentro del terreno literario, las publicaciones de Mary Shelley, Poe y Villiers de L’Isle-Adam excitaron los nervios de muchas mentes febriles. El estrecho lazo de la imaginación y el conocimiento sirviéndose del vasto cosmos del otro para dar frutos.

El currículum de Alex Garland inicia con su primera novela, The Beach, cuyo súbito éxito orilló a una pronta adaptación cinematográfica. Pese a la popularidad indeseada que le acarreó y el descalabro que resultó el filme, ese encuentro entre autor y director sería el punto de partida para el dinámico binomio Garland-Boyle. Desde entonces centró su pulso en los guiones, confinando la incertidumbre lejos del plató, ampliando sus horizontes hasta el campo de los videojuegos y en búsqueda de nuevas trincheras, incluso teniendo una colaboración con su padre, caricaturista reputado. Descendiente de un linaje de científicos, por el lado materno; el más eminente: su abuelo, quien recibiría el Nobel de medicina en los años sesenta.

Desarrollada en un presente calcado, el sobresaliente programador Caleb gana la oportunidad de codearse por siete días con su jefe, el genio fundador de la compañía que monopoliza el flujo de búsquedas en la red. Estando en su residencia, Nathan le expone la causa de su visita: acreditar el hermético proyecto de IA al que le ha invertido los últimos meses. Esa complejidad psicológica que adquiere al curso de los eventos, a las cada vez más embrolladas intenciones que impulsan a los personajes, provocan un desconcierto que franquea la pantalla.

La pulcra estética minimalista que domina en los largos planos, conjugado con los trascendentales diálogos, sin omitir el diseño atractivo de Ava -el cual, por cierto, supera el óbice del valle inquietante-, reintegra distinción en el género a la oleada de cintas actuales. Levanta la mano por las producciones británicas, con su ritmo progresivo y la ausencia de estruendo, remarcando en un clima cogitabundo para el espectador alerta. Propiciado, en gran parte, por el empeño en la técnica de Geoff Barrow y Ben Salisbury, alimentando cada secuencia con los inquietantes sintetizadores retumbando aún después de concluir la película. Ex Machina ganó reconocimiento unánime en el circuito independiente -y comercial-, lo suficiente para alzarse en las categorías principales del prestigioso BIFA y colocar a su demiurgo, en su primer intento, muy cerca de su colega Boyle. Garland demuestra que la metamorfosis de novelista a director es favorable. Al haber rechazado el peso de su temprana gloria, decide virar hacia otra avenida, en la cual parece hallarse, finalmente, a sus anchas.

Lo ilusorio que recorre los pasillos de la guarida de Nathan, el sigilo que exuda los entornos modernistas, la tensión dosificada con destreza procuran ser representadas en cada tema. Esta lista de reproducción es el telón de fondo de un conflicto que llegará, irremediablemente, cuando las máquinas sean tan idénticas a nosotros. Y es posible que su único defecto sea el de encarnar aquello de lo que preferimos negar.

 

 

 

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