Columnas El club de preservación del power chord

El disco en vivo: la expresión máxima del rock de los setenta

Es fácil notar, viendo cualquier lista de “los mejores álbumes en vivo”, que el formato tuvo su pico en los setenta. Grandes clásicos como At Budokan de Cheap Trick, Alive! de Kiss o Frampton Comes Alive! de Peter Frampton son muestra de esto y, en el caso particular de estos tres, junto con otros más, sirvieron como la puerta de apertura a las grandes ligas de sus autores -algo que hoy parece impensable-. ¿Un álbum en vivo como catalizador de una carrera musical? Sin duda, esas nociones y posibilidades de éxito parecen muy ajenas al siglo XXI.

Resulta un ejercicio difícil para la memoria nombrar ejemplos, culturalmente relevantes, de discos en vivo lanzados en este siglo. Y para definir algo como “culturalmente relevante”, podemos tomar como punto de partida los tres trabajos mencionados anteriormente; es decir, discos que son canon en la historia del rock. De primera instancia, pensé en The Long Goodbye de LCD Soundystem: el documento de su falsa despedida en el Madison Square Garden. No obstante, nadie habla de ese material con el mismo entusiasmo que se le da a cualquiera de sus trabajos de estudio y es evidente que no tiene el mismo peso cultural que discos como Sound of Silver o This is Happening. Entre mis conocidos, de repente salta Where the Light Is de John Mayer, cuya inteligente combinación de material original, covers y jams lo hacen un referente para muchos millennials. Hay muchos ejemplos más y seguro todos tienen su consentido; sin embargo, hay que ser exhaustivo para encontrar estas anomalías en el rock del nuevo milenio, donde no existe tanto espacio para la improvisación ni la energía macho que el género tenía en los setenta -uno de los principales atractivos del formato en la década-.

En lo personal, mi disco en vivo favorito de memoria reciente -y ya no es tan reciente- es Okonokos de My Morning Jacket; primordialmente, porque me recuerda a Europe ‘72 de Grateful Dead. Es decir, porque tiene las nociones de un clásico de los setenta. El cliché de los lineamientos de una grabación en vivo, su fondo y forma, fue establecido de manera definitiva en la época, por lo que lo más conveniente es analizar sus convenciones desde esa perspectiva. No obstante, resulta curioso que, a pesar de que el jazz es en esencia el género en vivo por excelencia, sus grabaciones han tenido que luchar por conseguir un estatus de culto similar al de sus contemporáneos de rock.

La energía de un concierto de jazz puede ser equivalente o mayor a la de un concierto de rock, pero pareciera que la falta de “espectáculo”, de un frontman o de interacción al más puro estilo pop con el público terminó por convertir al concierto de jazz en un templo de respeto y admiración, muy diferente a la cultura de un concierto de rock. Incluso Miles Davis era consciente de esto y trató de acercar al jazz y al rock, pero, siendo el experimentador que fue, su música nunca logró hacer click con las audiencias de la misma manera que lo hicieron el inmenso carisma de líderes como Robert Plant o David Bowie, cuya energía sexual era una parte tan importante del show como los solos de guitarra o las luces. La ausencia del jazz como un jugador dominante en los clásicos populares de música en vivo no fue por falta de intento, ya que en los setenta se grabaron obras maestras como Agartha de Miles Davis, o The Köln Concert de Keith Jarrett. No obstante, los clásicos del género en el formato quedaron remitidos esencialmente a la década de los cincuenta y principios de los sesenta, atesorados en las colecciones de entusiastas del género -a diferencia, por ejemplo, de Alive!, que se encontraba en los estantes de las casas de todo Estados Unidos-.

Volviendo al rock, es fácil ver un patrón de las grabaciones más relevantes de los setenta. Extensas improvisaciones, un sonido más crudo y agresivo, despliegues de carisma por parte del frontman, canciones inéditas o covers: todos estos elementos son parte de la mitología que conforma a los grandes referentes de la era. El género, aún profundamente basado en el blues y colgado de los jams remanentes de la psicodelia, encontró el lienzo perfecto para el desarrollo del guitar hero: esta figura cuasi-mitológica sobre la cual se centró el rock en la década, comenzando por los últimos meses de vida de Jimi Hendrix y terminando con los primeros guitarrazos de Eddie Van Halen. La guitarra se convirtió en el nuevo saxofón, el instrumento melódico por excelencia, y el álbum en vivo se convirtió en su testamento. A partir de esto, surgieron grabaciones celebradas como la versión de 20 minutos de “Space Truckin’”, hecha por Deep Purple para Made in Japan; o qué tal la icónica versión de media hora de “Dazed and Confused” que realizaba Led Zeppelin en sus conciertos, plasmada en The Song Remains the Same. En este tipo de interpretaciones, la guitarra era protagonista, a veces cediendo los reflectores a la batería.

Si bien muchas de las bandas de la época abrazaban el jam como un estandarte de sus shows, otras respetaban las estructuras de sus composiciones originales, dando como plus una energía que era imposible de plasmar en sus trabajos de estudio. Por ejemplo, discos como It’s Alive de los Ramones o If You Want Blood, You’ve Got It de AC/DC respetan, en general, las versiones originales de sus canciones, pero son interpretadas de tal manera que resultan totalmente diferentes. El carisma de macho de Bon Scott y el desenfreno escénico de Angus Young generan el mismo efecto que el frenesí imparable con el que los Ramones tocan 28 canciones en 54 minutos. Lo mismo sucede con At Budokan, un álbum que inexplicablemente se convirtió en un éxito a base de carisma y energía musical.

Para entender la cultura de conciertos que prevalece al día de hoy, las enormes producciones escénicas, todos los trucos que tiene un frontman para prender al público y hacerlo interactuar basta con estudiar el rock de los setenta y su extensión más genuina: el álbum en vivo. Con la llegada del post-punk y las revoluciones que desató, los shows y grabaciones en directo comenzaron a buscar nuevos lineamientos, más de la mano con textura y repetición que con jams y velocidad. La explosión de Nevermind dio nueva vida al rock simplón e intenso en los noventa, pero, lamentablemente, el disco en directo ya no era parte de la cultura de la industria como alguna vez lo fue. Hay clásicos por aquí y por allá de los ochenta a a fecha, pero nada se compara con lo directo, exagerado y grandilocuente de agregarle 10 minutos a una canción que originalmente dura cinco: algo que, en los setenta, era el pan de cada día.

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