Columnas

Vaporwave: Curva de aprendizaje y vanguardia

Las más profundas preocupaciones en torno a cualquier arte versan sobre la evolución de este. La manera en que se ve transformado orgánicamente y las conquistas que pretende sobre nuevos territorios siempre dan pie, no sólo a una representación relevante, sino a la discusión de la apertura de sus posibilidades. La cultura es juez y el tiempo verdugo. Estos elementos tienen a encontrar lugar dentro de la perspectiva generacional, pues, evidentemente, las generaciones contemporáneas son las grandes responsables de darle lenguaje y sentido a su propia realidad para poder expresarla de manera relevante al presente. Aquí nos oponemos a la postura errónea y romántica que sólo valora con competencia a lo pasado y despecha lo presente.

La personalidad de la presente generación, en gran parte, ya ha sido encontrada y sus aspectos más fascinantes parecen ser la expansión máxima de la ironía, el cinismo, el valor del anonimato y un cada vez más tangible mundo digital. Este último inició su protagonismo, no de ser sorpresa, cuando el espacio digital al fin consiguió una población nativa y no simplemente inmigrante, una capaz de darle locución.

El vaporwave empezaria a tomar forma con una simple broma por parte de artistas como Daniel Lopatin que, sin embargo, parecía estar apelando profundamente a la enervante alma del mundo digital. Definitivamente, Lopatin, como otros de sus contemporáneos, no sabía que muchos estaban pensando lo mismo. Una expresión estaba siendo formada por la obsesión a las subculturas de los ochentas y noventas, la cultura del consumismo, la pesadilla del diseño gráfico primitivo y la cultura asiática.

En este momento fue que, con una raíz metodológica en el sample mutilado y la creciente cultura del meme, se permitieron brotar diversos subgéneros de complicadas influencias que evocaban lo que parecía ser la memoria difusa de la infancia de una generación volviéndose adulta, la creciente representación sonora y visual de una plétora social. Erosionadas memorias de las canciones escuchadas por tus padres al puro estilo chopped and screwed en forma de hits de los ochenta y la novedad del new age, una resignificación del muzak, fragmentos visuales de una cultura de consumo representada por supermercados y centros comerciales, un sentido escapista de fantasía reconstruido entre videojuegos japoneses, caricaturas y comerciales. Todo por medio de esa extraña habitación que le dio la computadora a la imaginación.

En ese camino, aparecieron las referencias a la escultura clásica, Windows 95 y el trópico. No obstante, sin aviso alguno, todo esto floreció como un chiste que rápidamente se tornó excesivo y una parodia de sí mismo. El vaporwave se vio en necesidad repentina de darle sentido a las vigorizantes escenas de su específica estética. Apareció su supuesta profundidad en forma de crítica al capitalismo moderno, una expresión adulta de los hijos del cómputo ante la decadencia global. En tiempo, la propuesta dentro de la pequeña pero dedicada comunidad se fue enfocando a la creación de una narrativa audiovisual y a la perfección de la recontextualización musical tratando así de no anclarse en una fachada intelectual. Hoy, la comunidad vaporwave no sólo se ha mantenido de pie, ha convertido su nombre en una semilla que ya ha sacado todo tipo de raíces. Toma en serio su concepción y valor sin negarse a ponerlo constantemente en tela de juicio y, así, todo parece indicar algo que no se puede describir de otra manera más que como un verdadero movimiento de arte de vanguardia contemporáneo.

Su incepción desde el 2011 encontró, hasta cuatro años después, un destello en el reino de la crítica musical formal. Llegó 新しい日の誕生 de 2814 como un álbum ambiguo cuando parecía habitar más el reino del ambient que el de vaporwave. En realidad, había sido un esfuerzo bien medido por darle cara a esta escena de vanguardia en un formato más concreto. Este logró convertirse en el poster-boy para un género que parecía desaparecido fuera de su íntima comunidad.

Lo cierto es que dentro de los genuinamente interesados seguidores, los artistas ya habían desarrollado cada aspecto de su lenguaje en una línea de subgéneros en los que se concentraron de manera más profesional –future funk y mallsoft, incluso cortejando al trap-. El vaporwave logró darles un extremo tanto somático como psíquico correspondiente a cualquier expresión musical.

No lejana a sus ambiciones, la evolución del aspecto visual encontró su casa erudita en el glitch art y una mucho más folklórica en la persistencia del meme como mecanismo de comunicación mundana. México no estuvo exento, con su tropicalización visual e incorporación al mundo de la moda y vida nocturna en una situación donde quizá la música no tenía relevancia, pero definitivamente sí la visualidad.

Esto fue algo postulado por artistas como The Darkest Future, con su carta abierta describiendo el significado del post-music, donde el vaporwave más tiene valor en su redonda presentación estética (especificada aquí por el mundo de los símbolos millenial) que un valor experimental o musical. Es decir, el vaporwave es relevante como vanguardia de arte y pensamiento más que como estilo musical. El género ofrece una recontextualización rica de recursos que se vuelven accesorios para el fin del estado anímico y la construcción de un escapismo y lenguaje cultural.

Conversamos con John Zobele de la pionera disquera Business Casual que, desde el 2013, ha dado una formalidad a la extraña escena que hoy amenaza con ser el futuro de la expresión de una generación completa. Para él, su sonido se estableció rápidamente como una continuación a los plunderphonics que logró evocar la nostalgia de todas las vívidas imágenes de un pasado no tan alejado y su capacidad para crear un estado emocional. Vaporwave is half nostalgia, a quarter percent music, quarter percent the visual.” Es claro que aquí nunca hubo una suposición errónea de qué hacía de todo esto algo especial y qué es lo que lograba resonar. A pesar de que la anteriormente mencionada fachada de profundidad existe, para Zobele lo primordial siempre ha sido su cualidad emocional.

Sobre el trabajo y desarrollo que ha logrado mantener vivo al género y darle, de esta manera, una cierta validación como algo con potencial, Zobele habla del estado actual del género:

“I think it’s still very informal, I think It’s still much in its infancy. It’s been less than ten years around, you know, other genres couldn’t found their footing until decades after they were first originated […] It hasn’t changed, it branched off.”

Y sobre la percepción del género fuera de su comunidad:

“Vaporwave has this sort of stigma to it, these days, actually probably since it came out, as a meme, with you know, Macintosh Plus’ Floral Shoppe. It’s very much on a lot of people’s radar, but it’s not on a lot of people’s radars as a music genre more so than as a meme.”

Lo que parece más extraño es la existencia de un género que, a diferencia de todos los anteriores, no tiene lugar de origen, pues ha nacido a nivel global. Sus cualidades artísticas anónimas y su incierto futuro hacen difícil para todos tratar de pronosticar. Zobele nos comenta que, desde un principio, no sabía cuánto iba a durar y hoy día sigue sin saber cuándo todo podría acabar.

“I keep thinking every day, today is the day the vaporwave bubble is gonna pop, or the cassette bubble is gonna pop and i’m gonna be stuck with all these tapes back here or I’m gonna be stuck with a label debts, basically in a ghost town.”

Por el momento, parece que el género ha demostrado su capacidad, no sólo para traducir una compleja red cultural a una declaración de la modernidad sobresaliente, sino de que sus mismos artistas estén conscientes de la capacidad de su ingenio así como del peligro de volverse una tendencia más, obligándolos así a tomar una responsabilidad crítica para su crecimiento.

El acercamiento inicial de Daniel Lopatin a su música nos da una base para entender este valor que llega de la capacidad de la actualidad de traducir una cultura mutante a arte. Al ver el documental Burden of Dreams de Werner Herzog, Lopatin se obsesionaría con la importancia de la relación entre un “buen” artista y su habilidad de tener un punto de vista. Esto se transforma en sus intentos de poder utilizar las cualidades estilísticas de géneros pobres, como lo fue el new age, para describir cosas más allá de un cliché. Él mismo hace usa de analogía la manera en que Rousseau parecía describir la cualidad exótica de la naturaleza sin necesariamente representarla; su música era capaz de crear simulaciones que, insinuando new age, se presentaban más bien siniestras y forasteras. El vaporwave parece ser uno de los vehículos más capaces de insinuar influencias de una interminable red cultural y presentarla con una unidad exclusiva.

Si la excesiva información, música o cualquier arte parecen difuminar las líneas entre cualquier aspecto social, si hoy vemos cómo el rock se convierte en un sagrado pasado, el hip-hop en el rey musical y la electrónica en una ventana hacia la posibilidad, no podemos negarnos a ver el sumamente joven desarrollo de una de las expresiones más completas, relevantes e ingeniosas para nuestra actualidad. Hoy, ya con un bagaje, el vaporwave prueba ser más que un simple chiste para una irónica generación.

Agradecimientos especiales a John Zobele.

 

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