Vacas Sagradas: U.F.Orb

El componente artístico de la música dicta que ésta tiene la capacidad de trascender su estado físico y emitir más que diálogo y placer corporal. Ésta tiene amplitud para ser simbólica en un plano irreal y así darle forma a una ficción cerebral.

Desde el serialismo, existe un inescapable deseo por conocer el rol de la automatización y la potencia del sonido generado electrónicamente. Estos son dos brazos que le han dado cuerpo colosal a todo sonido indefinido y libertad al músico más allá de la destreza.

Los tres fundamentos de la música digital; ficción, cuerpo y libertad.

La larga ramificación del género electrónico que hoy tenemos accesible, sigue destapando curiosas manifestaciones en cuanto se combina con otro tipo de expresiones. Desde la cualidad pop del EDM, hasta la ampliación del banger hip-hop y el macabro industrial, hay ya todo un muestrario de interacciones. Sin embargo, hoy nos enfocamos en el punto origen de una conexión que tal vez hoy parece liviana. El ambient y el house.

Por el lado del ambient, este es uno que se ha llevado de la mano con los medios electrónicos eternamente. Dentro de su terreno, fue originado por las mentes tecnológicas interesadas en la síntesis, mientras que el house fue concebido por el deseo del dance music en la comunidad afroamericana.

Para su lanzamiento, U.F.Orb parecia había mergido estos dos géneros, mostrando así muchos puntos cercanos pero también extrañas influencias. El álbum alcanzó popularidad en el Reino Unido sin causa clara. Si bien la cultura europea ya tenía raíces bien conscientes sobre la electrónica, el pensamiento de los críticos de su momento da la primera pista sobre el fenómeno tan extraño que había acontecido. El trabajo fue descrito como uno de rock progresivo.

Esta enunciación parece menos insensata cuando empezamos a pensar en el pasado de figuras como Brian Eno o de las cualidades tan cercanas de la canción épica y psicodélica que habita tanto ambient como rock progresivo. Aunque estos son mundos independientes, se alimentan constantemente uno del otro. Ambos universos trabajan con las cualidades enormes de la música y su sentimiento de regocijo fantástico pero parece que todo esto se da en un lugar oculto.

Ese lugar se dio a conocer tanto en los conceptos estilísticos del álbum como en su construcción. Nos encontramos con una fascinación bizarra por lo sobrenatural que, aunque amenaza con ser aterrador, ultimadamente se presenta como un modo liviano y hasta cómico en su romanticismo. “Blue Room” permanece en la memoria por su referente a la mitología extraterrestre y, más que poseerla como arriesgada, la presenta como una jovial experiencia sónica cuyo desarrollo cruza territorios de collage, house y techno. Todo muy consciente de que el formato digital tiene la magnitud para aprovechar el concepto de misterio con envolvente del sonido, aprovechando interestatalidad y paisajismo sonoro con algunos trucos que el rock psicodélico tomaba como meros efectos. Parecería que una banda de rock progresivo transportaba sus conceptos narrativos a medios puramente electrónicos y así se descubría a si misma en una realidad alterna.

El álbum ganó reputación como una maqueta para la electrónica de apertura. Una que presentaba oportunidades desconocidas para su audiencia de nicho. Algunas lenguas lo hablaron como chill-out, por la capacidad de su formato de composición de enormes tamaños y paciencia suprema que no terminan por ser abrumadoras. Para un mundo de dance music, lo que en otras épocas hubiera sido un excesivo diálogo de texturas y melodías, aquí se encontraba efectividad en cómo dirigir al escucha a través de la contemplación para llegar a su esperado 4/4. El concepto dogmático de la electrónica se quedaba lejos de ser imprescindible en esta nueva expresión. Sobre su mundo corporal aparecía una narrativa.

Esta idea tiene susurros en la escena de Detroit, como podemos darnos cuenta con la memoria de Stacey Pulley. En esos años de raves improvisados, uno de los éxitos más extraños fue el de “Beyond the Dance (Cult Mix)” de nadie menos que Rhythim is Rhythim en 1989. Profética en su nombre, esta canción ofrecía a los hambrientos danzantes nocturnos 4 minutos de una creciente progresión armónica sin kick drum. Dentro de términos del género, parece inconcebible mantener a una audiencia comprometida sin la fundación rítmica. A pesar de esto, la canción fue un éxito, recordada por su la expectativa generada pero también su diálogo armónico y melódico que dio a la escena de baile la capacidad de apreciar otras cosas dentro de una joven cultura digital.

Así, no parece tan extraño que fuera del canon de los grandes pioneros de la síntesis y el krautrock la electrónica proveniente del dance music (house y techno) eventualmente se conocieran y crecieran interactuando entre ellas. Justo esta presentación de house, que mide sus tiempos y aprovecha el deleite complentativo con gracia, parece fuera del contexto del rave. Pero si alguna lección se estaba aprendiendo, es que el deseo de la psicodelia y el progresivo dentro del rock tenía su épica y escala a ofrecer a los medios del ambient, y este a su vez tenía que ofrecer su dulce carácter y paisajismo a los sabores hipnóticos del house.

A diferencia de lo que pudo ser, U.F.Orb logró conjugar todo esto con su presentación de poca pretensión apoyada por sentido del humor, inocencia y perfecta fluidez en un álbum, que si bien es conceptual, no se presenta como una rebuscada opera, más bien como una experiencia somática y de congestión.

“Tower of Dub” es el ejemplo más claro de esta mutación de mundos que se ven a través de ventanas embrujados por su parecido e incapacidad para tocarse. La canción tiene bajos y percusiones descaradamente dub y una constante improvisación de armónica, la cual, dentro del mundo digital, es casi ajena. Por otro lado tenemos canciones como “Majestic” o la homónima del álbum, que traen más influencias de la tradición de Berlín a la mesa. Todo se redacta en un diálogo menos obtuso y con ganas de la oposición de género.

El transcurso de álbum corre sin topes y va desenvolviendo una extraña sensación en el escucha donde parece que cualquier momento musical puede prescindir de sus elementos estructurales y crear de lo que quede una extraña figura, un humanoide.

U.F.Orb es un punto de encuentro, demasiado electrónico para lo rock y demasiado rock para lo electrónico, pero en su simpleza, falta de arrogancia, y gracia trasciende como un necesario estudio de medios, expresiones y ambición. Cumple con el patrón de cualidades que parece compartir toda expresión trascendental. Una consciente y bien construida montura de influencias opuestas. Aquí se le dio pulso a un formato contemplativo, la retrospectiva viviéndose a sí misma.

Recuerden que pueden ver a The Orb este 22 de Noviembre como parte del festival Mutek Mx 2017.

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