Garantía Lados B: Soft Sounds From Another Planet

En tiempos recientes, hemos sido testigos del encumbramiento de proyectos que surgen en lo recóndito de la alcoba, músicos noveles compartiendo sus vivencias mediante letras directas, guiadas por melodías suaves. Japanese Breakfast se halla ahí, ganando atención con su debut el año pasado. Pero Michelle Zauner lleva envuelta en la escena independiente más de una década: desde que empezó a cantar con su guitarra acústica, siendo una adolescente todavía, como Little Girl, Big Spoon; durante sus días en el Bryn Mawr College, desempeñando el rol de vocalista en Post Post, hasta su desintegración -no sin antes compartir escenario con Cymbals Eat Guitars, Real Estate y Beach House. Entonces, junto a su compañero de banda Kevin O’Halloran, funda Little Big League: un grupo de acercamiento emo e intenso sonido nostálgico, en el cual florece su rol protagónico.

Al enterarse de la noticia devastadora del cáncer que le detectaron a su madre, regresa al Oregon de su infancia. La abrumadora situación la deja al límite, urgiéndola a seguir creando música. Japanese Breakfast surge antes de ese punto de inflexión, como un ejercicio de constancia. Después de la finalización del primer LP con Little Big League, retrata cada día de junio con una canción fugaz, en donde explora sus inquietudes más personales. Retoma ese nombre exótico para dar rienda suelta a lo que trae en mente. Graba dos EP que serán el núcleo de su ópera prima: Psychopomp, al que le imprime un efecto agridulce. A pesar del sonido mesurado y tibio, quizá por instantes amigable, la lírica es llevada casi a la elegía en algunos temas. Su voz dúctil le permite conducir las melodías. La línea final del álbum, “I am someone else“, presagia lo que vendrá.

El sideral inicio de “Diving Woman” hace palpable una renovación, a medio camino entre krautrock y shoegaze. La profundidad sonora a la que va sumergiéndose, como las haenyeo de la isla surcoreana de Jeju (a las que toma como referencia), embriaga más y más. Rompe de entrada con el molde de las canciones cortas. Hay una fuerza renovada en ella, un ímpetu femenino que pugna por construir, aunque siempre enmarcando una suerte de reivindicación general. De los esbozos de su cassette rudimentario, American Sound, toma “Road Head” para formar un tema sobre relaciones forzadas y la ausencia de fe en el otro, aderezado por una bien llevada armonía. En “Machinist”, primer single,  exhibe una especie de balada fantástica. Explorando un aire sci-fi de sintetizadores, caja de ritmos y retoques técnicos, parece distanciarse un rato de la realidad para abrir paso al movimiento, dejando incluso que al final el saxofón tome las riendas. Michelle, fiel a su costumbre, coloca el primer interludio tras el derroche de energía; cósmico, casi robótico, “Planetary Ambience” reanuda la senda de la contemplación. El tema homónimo nace de June: esa cinta de treinta cortes embrionarios, en específico de “Day 30”. Aquí, ella habla sobre una relación nociva; por eso evoca sentimientos y su voz se alza liberada al cantar: “striving for goodness while the cruel men win“. También “Boyish” proviene de June; sin embargo, a diferencia de otros cortes, este fue interpretado en su etapa en Little Big League. Se le cambió el nombre de “Day 6” a “Boyish”, mucho más eléctrico aunque insípido. Ella lo salva, lo restaura a base de arreglos depurados y soberbios hasta convertirlo en un gancho que magnifica la valía de su propuesta. Esta es la canción mejor lograda de aquella cinta convertida en un single memorable, una de las cumbres del álbum.

“12 Steps” es menos intrépida que sus predecesoras; apuesta a las pinceladas de power pop, cierto sabor dulzón se desprende de la voz de una Michelle desinhibida por completo. Le sigue “Jimmy Fallon Big!”; arraigada en el período lo-fi de American Sound, funciona como interludio, con una letra somera sobre las despedidas. Con “The Body Is a Blade”, alude a la corporalidad como recurso primario para reponerse de las incidencias, para intentar continuar: “Try your best to feel and receive“. El amor, la fragilidad y el dolor se hallan en “Till Death”, expresados intensamente. Esta es una balada que detalla las cosas terribles que simplemente suceden, al mismo tiempo que se declara el afecto incondicional, superándolo todo. Después del mazazo emocional, “This House” viene con ese folk elemental a completar el círculo. Cuando levanta la voz, desahogándose -“well I’m not the one I was then, my life was folded up in half”-, parece llegar al punto deseado. “Here Come the Tubular Bells” es el colofón ambient con un patrón de campanas de fondo, colocado, tal vez, como anuncio. El mérito de producción que resplandece a lo largo de Soft Sounds from Another Planet concede a la claridad vocal de Michelle adaptarse en cada track de manera natural. Un cuidado para que cada instrumento suene impecable. Nada sobra y nada falta.

Resulta sorprendente el perfeccionamiento del trabajo de Michelle de un álbum a otro. Pocas veces pueden emerger, en el plano del pop actual, trabajos consistentes que se alejen de la frivolidad, apostando por lo íntimo. En especial, faltan trabajos que logren manejar un repertorio de texturas amplio -lo suficiente para satisfacer a toda clase de público-. Ella lo hizo, en treinta y siete minutos. Debe verse como una prueba de transición artística y personal, una forma de hacer salir el arco iris.

 

 

 

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