7 álbumes esenciales de Editions Mego

Pocos esfuerzos de experimentación sonora han sido tan agresivos y tan determinados como los logrados por Mego. Un completo desapego al concepto de “género” y un fundador que dice odiar a los “músicos” hace de esta disquera una orgullosa de su demencia. Ejecuciones que van desde el performance art hasta el folk de esquizofrénicos encuentran lugar en una disquera donde sólo tales trabajos podrían tener florecer.

Nacidos de la escena techno de Viena y con Kraftwerk y Einstürzende Neubaten como influencias, salieron Peter Rehberg y Ramon Bauer con la misión de crear espacios de experimentación pura -no enajenante, pero definitivamente divergente-. Sus trabajos iniciales, como FridgeTrax, demostraban una determinación por manipular lo mundano hasta el punto de máxima abstracción y, así, novedad. Deconstrucción y collage sonoro se convirtieron en los métodos básicos para encontrar las singularidades sonoras y la libertad de dos ambiciosos artistas.

Poco a poco, esto cultivó un magnético ambiente para todos aquellos esfuerzos musicales que no tenían dónde caer. Tecnólogos y audiólogos crearon espacios para la convivencia creativa. Mego, a pesar de nutrir a artistas de diferentes disciplinas, era etiquetada, en un principio, como disquera de noise.

Con los años, el cambiante consumo de música, su naturaleza de culto y un terrible modelo de negocios dejaron a Mego al borde de un colapso. Hoy existe de nuevo como Editions Mego, buscando continuar su legado con nombres como Stephen O’ Malley y encargándose de que la curación de talento sea adecuada. En su nueva edición, Daniel Lopatin y Emeralds han dado cara por su metodología. Sin embargo, la presencia de Mego sigue siendo discreta mientras continúa empujando los planos del arte sonoro.

Aquí, siete álbumes esenciales en su historia:

I’m Happy and I’m Singing and a 1, 2, 3, 4 – Jim O’Rourke (2001)

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La crítica más frecuente para la música electrónica siempre ha sido cómo su fuente robótica es una antítesis de la expresividad. Quizá este ejercicio de Jim O’ Rourke sea uno de los ejemplos más obvios de la intrascendencia de tal crítica, que hoy en día no queda más que desmoronada de formas muy simplonas. Como antecedente, O’Rourke ha tenido una larga currícula, tanto como productor así como de compositor de álbumes que abarcan hasta el jazz, el folk, el noise, el glitch y el rock, entre otros. Fue íntimo participante de escenas como la de no wave y alternativa, siendo miembro temporal de Sonic Youth. Su talento también está presente en una mezcla de álbumes seminales, como Ys de Joanna Newsom o Yankee Foxtrot Hotel de Wilco. Este álbum colecciona interpretaciones en vivo que circulan entre composición e improvisación. Estas detallan el esqueleto del ambient en particulares observaciones del timbre, la hipnosis y la textura en una espontaneidad que termina por ser tan carnal que la misma síntesis toma cara y personalidad. O’Rourke ha sido clave para el esfuerzo de trascender las diferencias de expresividad entre algo tan rústico como el folk y algo tan cibernético como el glitch. Aquí, demuestra su habilidad para tal trascendencia.

Sheer Hellish Miasma – Kevin Drumm (2002)

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Siempre que hay previo de “guitarras preparadas” en la carrera de un músico, parece que sus prioridades se vuelven obvias: la estructura del sonido y la interacción de sus sutilezas. El proyecto de Drumm evolucionó lentamente, pasando de guitarras a sintetizadores y hasta llegar a la computadora. En Sheer Hellish Miasma, se acercó más que nunca a su lado elemental de noise, cuya densidad es inmensurable. En este ejercicio concreto, yace el sonido de un noise contemporáneo con gran conciencia de trabajo. Algo juguetón y sumamente creativo, Drumm logró sintetizar la relevancia y la puntualización del género sin dejar de lado la abrasividad. Este álbum se siente como estar en las profundidades de una mina, donde las paredes parecen hablar con cada reacción de la tierra, sus voces reproduciéndose en interminables ecos.

Palimpsest – Yasunao Tone / Florian Hecker (2004)

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Este álbum está condenado al exilio en un terreno de culto que se encuentra entre el arte sonoro y la música. Yasunao Tone no es ajeno a la generación musical poco ortodoxa: su método siempre ha estado enfocado al empleo de la degradación y la manipulación, de tirar de las fibras del sonido hasta que lo que queda yace irreconocible. En Palimpsest, nos enfrentamos al ejercicio de Yasunao de tomar antiguos poemas japoneses escaneados y reproducirlos de manera audible para que cada una de esas representaciones gráficas puedan ser traducidas por una máquina. El resultado es una fábrica compleja de sonidos que aparenta tener una dicción única. La responsabilidad de Hecker en el álbum consiste en tomar información para darles un poco de espacio a las caóticas obras y así, al menos, darles un sentido linear. Sin duda, este trabajo es representativo de la extensión de Mego.

Endless Summer – Fennesz (2001)

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Esta es, quizá, la entrega más conocida y celebrada por parte de Mego. No sólo es considerada ya un clásico de ambient moderno, también ofreció una visión de la electrónica experimental que resultó novedosa y ambiciosa. De la misma manera que Aphex Twin trató el furor del rave y la obsesión tecnológica, Fennesz preparó estos medios para una nueva vuelta. Esta vez, la dedicatoria fue al romance entre el amorfismo y el arquetipo. Endless Summer tiene la textura del noise y la armonía envolvente del ambient. Su trabajo de guitarra le otorga una energía natural que convive y contrasta con la notable digitalización. Esta obra ofrece un desafío, sin enajenar.

Get Out – Pita (1999)

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De la mano de Rehberg viene algo que parece fundamentalmente autocrítico. En algún lugar debajo de la descomposición, hay una sincera apreciación por el techno rústico y la melodía larga. Pero esta última se sabotea a sí misma con intermitentes y minuciosas pausas de noise que parecen dar pistas al oyente sobre la absurdez de las piezas. Así, se descubre un álbum que tiene las inconsistencias armónicas de un sueño y la frialdad de una máquina. Esta es una obra de constantes cambios; parece improvisional y aprovecha todas las tangentes del camino paras minar datos específicos. Rehberg encuentra paz en dejar que su música encuentre su propio camino con el uso de recursos insignificantes. Existe algo mitológico en la robótica y abstracta visión de Rehberg.

Live Salvage 1997>2000 – Russell Haswell (2001)

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Haswell es pieza angular de los logros de Mego. Como casi todos los integrantes de esta lista, el artista es multidisciplinario y ha exhibido su obra más como parte de un ejercicio de artes digitales (que incorpora escultura y video) que de música. Sus interpretaciones en vivo frecuentemente toman lugar en galerías y simposios de tecnología donde el artista ofrece presentaciones multicanal, electroacústicas e interactivas de alta aspiración. Esta obra no miente acerca de lo que es: una recopilación de ejercicios de difusión sonora gracias a un simple deseo de traducir su trabajo a formato de álbum.

La entrega fue recipiente de un premio Prix Ars Electronica gracias a su inventiva y dio paso a Haswell hacia su involucramiento como colaborador y curador de la cultura digital. En este álbum, se escuchan piezas improvisadas que usan equipo prestado de otras personas. Usualmente, Haswell tenía que persistir ante las fallas de laptops que, en ese entonces, no tenían la capacidad para soportar su excesivo trabajo.

La amplitud del trabajo de Haswell va desde lo abrasivo hasta lo meditativo, de lo puramente contemplativo a lo egoista. Es bueno tener en mente que parte esencial de estos trabajos es la interacción con audiencias alrededor del mundo.

Shojo Toshi – Tujiko Noriko (2001)

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Noriko resultó ser una incorporación crucial para Mego. Hoy, la disquera involucra experimentación en todas sus formas, pero, en momentos clave, su rango quedaba resumido al formato de glitch y noise. Noriko trajo a los valores de Mego sus observaciones pop, que resultan en composiciones increíblemente delicadas de manipulación sonora, composiciones que no temen intimar con la talentosa voz de la cantante y compositora japonesa. Ella busca la elongación de motivos y la composición aditiva con márgenes bien establecidos. La riqueza sonora del álbum yace en su exhibicionista mezcla de instrumentación digital de baja calidad con las más cuidadosas interpretaciones analógicas. Así, la música de este trabajo resulta, quizás, más excéntrica, inventiva y atrevida que los ejercicios de noise más extremos.

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