Vacas Sagradas: Architecture & Morality

La década de los ochenta fue un periodo de caos y de colisión cultural. Si bien hay mucho que honorar, aquí ponemos deliberada atención a sus defectos, los cuales colorean una peculiar realidad. Esta fue una época hilada por la paranoia, la ilusión y la manipulación.

Acabando los setenta, la generación que tomaba posesión del flujo social empezaba la transición hacia la vida adulta. Se terminaba una renovación social total, que concretaría la definitiva conquista de la juventud sobre los valores del pasado. La prosperidad próxima era tangible; dejó a muchos sentados en capital ya fuera material o, en los peores casos, intelectual. Sin embargo, la coronación de esa juventud también dio como resultado una repentina necesidad por los ajustes. Los que antes no tenían qué perder ahora estaban sujetos a lo que no querían perder. Como el que toma el trono y ahora teme por su vida, entre paranoia y éxtasis, el baby boomer declaró, con una palmada en la espalda, su merecida vuelta de celebración.

Esta celebración resultó ser más bullicio que carnaval, más una orgía que una comunión. Similar a unas vacaciones a través de las cuales se busca olvidar el estrés de una jornada pesada y donde la urgencia termina por excitar más que el cansancio, lo subversivo se hizo de lado a favor de una comodidad interna. La paranoia se catalizó en una búsqueda no del valor, sino del mantenimiento de su estatus, de la absorción y apropiación de lo físico. Así, pasión se convirtió en fama, ambición se transformó en dinero, colaboración se volvió individualismo.

Este nuevo ambiente social se vio magnificado en la reaparición del imperialismo americano como un concepto distópico. Socioeconómicamente hablando, Estados Unidos era también recipiente de un nuevo flujo de prosperidad ilusoria y de corrupta avaricia. Nueva York era una mecca para los yuppies y un infierno para el blue collar. La convención social del sueño americano se enmarcaba, pero, en vez de ser un lugar de oportunidades, era una carrera de ratas. No era el trabajo un medio para el éxito, sino la habilidad de comerse al otro. Reagan denunciaba como raíz del mal al comunismo y esto sirvió como justicia poética en una sociedad donde la extinción fue para la empatía y la convivencia. Lo más preocupante era que esto se contagiaba internacionalmente. 

Esta también fue época para una íntima interlocución entre mainstream y underground que los volvía indistinguibles. De la misma tela se cortaban, vivían como vecinos y, aún así, el contraste de sus nombres era importante para sus respectivas identidades. El new wave, por ejemplo, era símbolo de crecimiento y evolución musical, pero al mismo tiempo era intrínseco a un nuevo pop. El glam o “hairmetal era la contradicción máxima: un género “enajenante” volviéndose público. Las fuertes divisiones, jerarquías y paradojas entre pop barroco y no wave, un hedonista synthpop y un crítico post-punk, sólo podían existir en una época tan peligrosa como esta. Una época fundamentada en la paranoia del otro, en el aislamiento de hermanos, del individuo.

Estos extraños mundos de expresión eran puestos en evidencia por el folclor y el nuevo kitsch de la naciente MTV: una realidad confusa, hiperactiva y descuidada, una cultura bruta en un teatro editado y agitado por las posibilidades de una gloria poco consciente, música de estadios que aludía a lo mundano pero aun así no parecía entender su propia experiencia. La más grande incoherencia del músico popular era ese pequeño cortocircuito gracias al cual huía de sí mismo para sumergirse en la desdibujada fama. Nació una serie de rockstars que no eran más que muñecos de acción, melodrama de poca emoción.

Inglaterra de los ochenta también tenía sus propios problemas. Thatcher se introducía a la política y la marginación se encaminó a la juventud, que más que melodramática era romántica. Algo quería conservar un espíritu ingenuo pero confiado ante el abrumador nuevo mundo.

Ese algo era un elemento pequeño pero bien entendido por los amigos Andy McCluskey y Paul Humphreys que, en su complicada y cómplice relación, funcionaron como recordatorio de la fortuna en un periodo de fáciles tentaciones. Sus ambiciones eran de experimentación amable y coloquial. Su persistencia por crear y una consciente declaración –not a punk band dieron cuenta a que ambos jóvenes eran recipientes de un capital intelectual. Architecture & Morality fue una necesaria declaración arrogante de jóvenes imaginativos, instruidos y osados.

No sólo el concepto textual es uno vanidoso, su origen visual que busca el aspecto literal, elemental y abstraído fue relevante también. Parece guiado por la típica práctica minimalista de Judd al remover al artista de la ecuación creativa. El arte que es así demuestra no ser ilusorio, mucho menos antropomórfico, mientras aún conserva su cualidad expresiva casi mitológica. El paralelismo con las críticas iniciales a un género que habla del romanticismo mecánico es evidente.

Tiempo después, se agregaría el nombre synthpop a este LP, que aún conserva mucho del ambient de Eno o Budd pero adiciona un dramatismo pop gloriosamente mundano. En su narrativa ostentosa y su curiosa persistencia por la experimentación sonora, parece que lo que encontraban con esta presuntuosidad sólo pudo colocarse tan cómodamente en el mainstream con apoyo de las dinámicas tan paradójicas de la década. Este fue un género de concepciones altas pero de accesibilidad garantizada.

La apertura del álbum con “The New Stone Age” es una aproximación a la melodía pop con apoyo del monolito de la electrónica -un sintetizador que ya no es escapista, sino confrontativo-. “Sealand” es paciente, dinámica y extrovertida en su desarrollo. “Joan of Arc” pretende poesía con movimiento mientras que “Maid of Orleans” es escénica. “Georgia” queda como un despliegue del infantilismo del sintetizador mientras su desenlace enfrenta el enigma del sonido. Todo el LP es curioso gracias a su concepto que decididamente aparenta profundidad, pero aun así pasa de manera liviana.

En realidad, la pretensión del dúo les dio la capacidad de negarse al mainstream de manera espiritual, entrando así en un mundo de amplia audiencia y éxito sin compromisos con la avaricia de la época. Más bien, resultó en un uso pragmático de la paradoja, un vehículo para hacer pop y experimentación sin que nadie se diera cuenta. Un crimen perfecto.

Orchestral Manoeuvres in the Dark es una buena herramienta para ver a través de la teatralidad de la década, entender la urgencia tecnológica y el sentimentalismo de la juventud. Architecture & Morality es soberbio e infantil, acercándonos así a entender la diferencia entre un bien material y uno intelectual. La demostración de ambos resulta en un encuentro más con la enseñanza del absurdo.

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