Íntimo e inconmensurable: Russian Circles en el Salón Los Ángeles

A las 8:10 P.M., la calle de Lerdo se teñía de negro con una fila imponente, mientras que el letrero del Salón Los Ángeles brillaba cada vez más conforme caía la noche. Después de arreglar nuestra entrada, nos introdujimos en un lugar engañoso, ya que la fachada del salón en Tlatelolco oculta un espacio vasto en el cual el tiempo ha dejado una marca profunda. Los candelabros y las luces de neón confabularon junto con cientos de anuncios de eventos pasados para perpetuar el legado del foro. No obstante, ahora, a sus 80 años, era visitado por una nueva clase de público. Trajes y vestidos iban a ser reemplazados momentáneamente por la playera negra y el jean, a la vez que sus paredes y el viejo piso de madera dejaban a un lado los bailes de salón para abrirle paso a la distorsión de un género ajeno a sus memorias. Si bien no era el primer evento de rock o metal que recibía el foro, ciertamente era el primero de tal magnitud.

Para la mayoría, la entrada fue lenta. Dadas las 9:00 P.M., solamente se podían apreciar a unos cuantos buscando algo de cerveza o curioseando en el stand de mercancía, donde las playeras de las bandas de la noche hacían gala junto a pósters, álbumes y cassettes.

La noche avanzaba y nosotros platicábamos acerca del foro, invocando algunos recuerdos mientras que el lugar comenzaba a adquirir un poco más de vida. A las 9:40 P.M., Vyctoria subió al escenario. Campanas y notas de pedal construyeron la atmósfera; las percusiones agregaron un poco de tensión a la ecuación. La violinista se hizo presente con detalles que dieron un toque infrahumano mientras que el resto de las cuerdas acompañaron el sentimiento con el uso de feedback con un fuerte panorama establecido.

 

La emoción incrementó, el clímax era inminente, imparable y definitivo hasta que un redoble dio paso a la primera canción, guiada fuertemente por una batería que movió con gran fuerza su composición. De forma un poco predecible pero muy bien ejecutada, Vyctoria aprovechaba los contrastes para favorecer la atmósfera que estos mismos creaban. Su uso del violín, en momentos, fue grandioso: un aullido espectral que se paseaba en el recinto. Sin embargo, en algunas partes se vio desaprovechado. Su música, heredera de la escuela de Mono, Boris y con tintes de Pelican, fue en partes iguales solemne, bella y un poco desconcertante. A manera de movimientos, el set no se detuvo, sino que fue hilándose como una pieza continua. Los integrantes, silenciosos, ejecutaban con seguridad, en un trance íntimo. Por su lado, el baterista dominaba en su presencia. Conocen su arte. La audiencia, aunque respondió de forma tímida, se dejó llevar por el paisaje que creaba la banda.

 

Por desgracia, un excelente aperitivo se vio detenido de forma abrupta. Víctima del retraso en los horarios, la banda es forzada a salir del escenario antes de presentar su última canción. Salen frustrados, mientras que el público aplaude confundido. El trabajo de la banda es bien reconocido; sin embargo, su pronta salida es desconcertante.

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Vyctoria en el Salón los Ángeles(C) Rodrigo Mondragón para lados B



Tras una pausa rápida, durante la cual aprovechamos para arreglar algunas cuestiones de prensa y tomar una cerveza, a las 10:35 P.M., Apocalipsis comenzaba con toda su fuerza. Dignos de su nombre, la banda desataba riffs potentes llenos de frenesí. Si bien pudiesen recordar ligeramente a Mastodon o a Baroness con un poco de crust-doom, la banda varía lo suficiente para ser una bestia nueva y, ahora, mucho más experimentada. La agrupación agrega una capa nueva a la experiencia de la noche, ya que, mientras que Vyctoria llevó a cabo sus movimientos en un contraste balanceado, Apocalipsis aprovechaba los pasajes melódicos y los silencios para aumentar el impacto de la disonancia: un recurso usado para un asalto implacable.

 

Por un momento, la banda tomó un ligero descanso para saludar y comentar su regreso a casa. Pero la pausa es ínfima; este es un show donde las palabras son adornos innecesarios. Se escuchan dos canciones más antes de que una pequeña falla en el PA permitiera al público tomarse un instante para su recuperación, ya que, rápidamente, la banda regresó llena de agresión y sin piedad. Apocalipsis mantuvo su fuerza hasta el final, ofreciendo una última pausa en la que aprovecharon para despedirse y para agradecer al público, quienes despiden a los citadinos con aplausos, antes de un cierre desgarrador de una canción de duración.

 

Al terminar el set de Apocalipsis, gran parte del público se acercó a la malla, listos para recibir a Russian Circles, mientras que otros optaron por tomarse un momento para platicar o para acercarse a la barra. Todos tienen algo de brillo en los ojos; la expectativa es palpable.

A las 11:40 P.M, los backing tracks permiten afinar detalles en el escenario. Un piano ominoso aunado con el humo del hielo seco previene al público de lo que llegará a continuación. Y cuarenta y siete minutos después de lo pactado en el cartel, Russian Circles emerge ante un rápido pero efectivo vitoreo. Al primer golpe de la batería, los fanáticos comienzan su movimiento. El trío de Chicago nos muestra su poderío con “309”; no permiten que exista duda alguna de por qué son los estelares de esta noche. El público los recibe como a la mejor recompensa después de una extensa jornada. El panorama se dibuja en un lienzo tan envolvente como la niebla. El viejo piso de madera del salón Ángeles recibe una nueva clase de ritmo a manos de la imparable percusión. Entretanto, bajo y guitarra liberan el trazo con riffs afines a las pinceladas que trazarían mentes como las de Caravaggio o Goya.

 

Vorel convoca al movimiento frenético de los asistentes. Su encarnizado riff principal hace vibrar al recinto con un impacto inmensurable, viajando a través de este con un porte quimérico. La pieza perteneciente a Guidance sirve para unir la velada, mediando una relación entre los sonidos de las primeras bandas y el sonido propio de los estadounidenses. Directo de Memorial, “Déficit” trae consigo una tensión devastadora. El ruido y la disonancia, de la mano de las melodías de Mike Sullivan, agregan una nueva textura al ambiente. Este se unifica con la base rítmica en el break, suscitando un empuje primitivo con un efecto vandálico al cual se le junta el formidable sonido del bajo de Brian Cook, el cual gobierna como rugido de la tierra.

 

Similar al universo, íntimo e inconmensurable en partes iguales, la interacción entre fanáticos y artistas es guiada por el momento. “Harper Lewis”, “Geneva” y “Youngblood” levantan nuevas emociones. Las piezas mejor reconocidas por el público provocan gritos exaltados y los aplausos se intercalan con su desbordante brutalidad. Las cabelleras se mueven sin cesar, los cuerpos chocan como átomos excitados por cada mínima y nueva variación. Dave Turncrantz brilla en su trabajo con la batería, intensa, severa y con una precisión quirúrgica.

 

Para culminar la velada, el trío completó el viaje por su discografía al interpretar, para el goce de muchos, “Death Rides a Horse”, dando una última muestra del gran despliegue técnico de la banda. Una hora y 10 minutos después del primer golpe de batería, el concierto terminó. Para todos, pareció que el tiempo había dejado de ser relevante frente a una presentación trascendental. Conforme los efectos de la música se disipaban, las personas despejaban su cabeza y regresaban a la realidad; el foro se fue desalojando. El evento, aún con unos cuantos fallos encima, dejó a muchos, incluyéndome, con la satisfacción de haber presenciado un viaje onírico hecho realidad.

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Russian Circles en el Salón Los Ángeles (C) Rodrigo Mondragón para Lados B

Todas las fotos por Rodrigo Mondragón.

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