Vacas Sagradas: Geogaddi

«Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió sangre… Y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez diademas; y sobre sus cabezas, un nombre blasfemo.»

-Revelaciones 6,12 ; 13,1

Desde la aparición de los manuscritos más antiguos de las tradiciones griega y judeocristiana –que datan de hace dos mil ochocientos y dos mil quinientos años, respectivamente–, se habló del número como un referente esencial, un puente que conecta el plano natural con el sagrado. Ya sea que se tratase del relato del Génesis, del Libro de revelaciones, de las correspondencias pitagóricas, del Liber Abaci o de los Diálogos de Galileo, en el pasado, lo usual era discutir las ciencias en términos gnósticos, como manifestaciones incontrovertibles de divinidad. Sin embargo, en tanto el conocimiento se emancipó del dominio eclesiástico, se fue ensanchando la brecha entre las matemáticas y lo que llegaría a ser conocido como numerología; esta última se concierne con interpretaciones místicas y metafísicas (más que lógicas y prácticas) del funcionamiento del universo a través de sus relaciones numéricas. Muchas de estas memorias simbólicas, principal pero no exclusivamente las asociadas a la imaginería abrahámica, se preservaron hasta nuestra época gracias a la persistencia de los teísmos; hoy, continúan siendo parte de nuestra herencia cultural. Por lo anterior, no es sorpresa que sigamos teniendo respuestas psicológicas (y, a veces, hasta fisiológicas) tan intensas frente a algunas abstracciones. Incluso ahora, en la “Era de la información”, nos volvemos a encontrar ahogados por nuestras propias idealizaciones, profundamente apofénicos, preguntándonos si los eventos de nuestra vida han sido dirigidos por alguna sincronicidad; si ciertos amuletos, números o mantras significan algo más allá de lo evidente y si, provistos de la amplitud suficiente, serían capaces de cambiar nuestra realidad.

Durante los últimos treinta años del siglo XX, pocas palabras fueron tan sonadas como “masacre”, “fanatismo religioso” y “abuso infantil”; más aún cuando sonaban de manera simultánea. El Asedio de Waco, en 1993, fue uno de tales casos. Los Davidianos Adventistas del Séptimo Día eran un grupo religioso, fundado por Victor T. Houteff, a la cercanía de Waco, Texas, en la década de 1930. La organización radicada en el rancho Mount Carmel Center se caracterizaba por sostener creencias extravagantes con relación al Apocalipsis y al regreso de Cristo. A mediados de 1955, Victor Houteff murió y los Adventistas quedaron al mando de su viuda, Florence. Poco tiempo después, ella publicó una predicción en la que, aseguraba, los acontecimientos del fin del mundo –como descritos en el libro de Revelaciones– ocurrirían a partir de Noviembre de 1955 y hasta 1959. Como era de esperarse, la predicción fue equivocada; esto provocó un cisma entre los seguidores de la doctrina, pues su fe y su paciencia habían sido pobremente recompensadas. Con su confianza lastimada, un ex-aprendiz de Houteff, de nombre Benjamin Roden, creó un grupo separatista que se haría llamar La Rama Davidiana. Junto con el resto de los defectores, Roden se apoderó de Mount Carmel y expulsó a los Adventistas, logrando una nueva estabilidad en la región.

Veintiséis años después, David Koresh –nacido Vernon Howell– fue designado líder de La Rama. En 1993, comenzaron a surgir sospechas, por parte de la policía estatal de Texas, de que la secta se encontraba en posesión ilegal de armas de fuego. La división ATF del Departamento de Justicia de los Estados Unidos realizó una redada en Mount Carmel el 28 de febrero, pero fueron descubiertos prematuramente, dando tiempo a los Davidianos de organizar una defensa; en el altercado fallecieron cuatro agentes federales y seis civiles. En vista del fracaso de la ATF, el FBI inició un cerco en los contornos del rancho y, por cincuenta y un días, se enfrentaron a los feligreses. Entretanto, brotaron rumores de abuso infantil –y de muchos otros crímenes perturbadores– alrededor de la figura de Koresh; esto presionó al bureau federal a tomar una decisión definitiva. Finalmente, el 19 de abril, el FBI inició un ataque de gas lacrimógeno con la intención de ahuyentar a los creyentes de su refugio; por razones desconocidas, un incendio envolvió las instalaciones del rancho, matando, en el proceso, a setenta y seis personas, incluyendo al susodicho líder de La Rama. Quizás haya alguna ironía que valga la pena mencionar, algún sentido, en el hecho de que los Davidianos, buscando la salvación de Dios, murieran en el fuego.

Historias como esta, como la del suicidio colectivo en Jonestown y los asesinatos de John Wayne Gacy, fueron las buenas nuevas habituales durante la niñez de Michael y Marcus Eoin Sandison.

Arrastrados de su natal Escocia por la profesión de su padre, los hermanos –de ocho y siete años de edad– llegaron a Calgary, Canadá, en 1979. Uno de los pocos rituales que pudieron conservar, con motivo de aliviar su sentimiento de dislocación, fue el de sentarse juntos frente a su televisor de cinescopio. En Inverness, su ciudad de origen, solían estudiar con diligencia los documentales y las animaciones de la National Film Board of Canada. Los featurettes trataban temas tan diversos como la seguridad familiar, las ciencias, la espiritualidad y el crimen; la música, las narraciones y la fotografía utilizadas en su elaboración dotaban a los mediometrajes de un tono muy peculiar. En el caso de que, por el momento, no se estuvieran transmitiendo estos programas, Mike y Marcus optaban por algunos más estereotípicamente dirigidos a niños; Plaza Sésamo, en particular. Ahora que los hermanos Sandison se encontraban en el lugar de origen de sus shows educativos favoritos, la tradición fraternal se mantenía inobstaculizada; así harían uso de su tiempo libre en el transcurso del siguiente año. En 1980, el proyecto en el que trabajaba el señor Sandison terminó, y la familia regresó a su ubicación original en Gran Bretaña. Fue durante este periodo que Mike y Marcus, habiendo gozado de una formación musical temprana, desarrollaron un interés por las técnicas de grabación de audio y por los radios de onda corta. A la tierna edad de diez años, sus primeros experimentos musicales involucraron dos pequeñas grabadoras de cinta magnética; en un proceso algo complejo, recogían samples de alguna fuente sonora común y luego tomaban turnos para grabar el audio de la cinta contraria; después, lo acompañaban con piano, guitarra y batería; repetían el proceso hasta que las cintas se deformaran tanto que la música se convirtiera en algo ambiguo y/o irreconocible.

Posteriormente, en 1985, la familia se trasladaría a Edinburgh. Mientras que Inverness era un lugar tranquilo, y -a consideración de los Sandison- hasta aburrido, la capital había sido confiscada por la paranoia, entre conversaciones de abducciones infantiles, drogas y asesinatos seriales; incluso, el satanic panic estadounidense había llegado al otro lado del mar. Los padres preocupados les insistían a sus hijas e hijos que no hablaran con extraños, que no fueran al bosque y que no salieran de casa después de ciertas horas de la noche. Fue alrededor de esta época, cuando los hermanos Sandison se acercaban a la edad de dieciséis, que Boards of Canada nació –en la forma de una banda de preparatoria con numerosos integrantes.

“Beware! Young and Old – People in All Walks of Life!… the friendly stranger.”

Inaugurado el nuevo milenio, Mike y Marcus se habían convertido –desde hacía una década– en los únicos miembros de Boards of Canada, que tenía ya en su haber un primer material discográfico bajo el sello de Warp Records, Music Has The Right to Children (1998). Las opiniones ampliamente positivas del álbum, tanto por parte de la crítica como de los fanáticos de la electrónica experimental, resultaron abrumadoras para los Sandison. En parte por esto, decidieron esconder su parentesco para evitar comparaciones que los aproximaran a otros dúos de electrónica fundados por hermanos, como era el caso de Orbital. Pasados cuatro años de la publicación de su debut, los escoceses se confrontaron a las expectativas que los acechaban y lanzaron su sophomore en el 2002; estrenándolo simultáneamente en seis iglesias distintas alrededor del mundo.

Geogaddi fue inicialmente mal recibido, pues se argumentaba que, en comparación con Children, la producción era menos rica y, en general, interesante. Sin embargo, en tanto los escuchas convivieron más con el álbum y le concedieron tiempo, los matices comenzaron a revelarse; Geogaddi había resultado ser un laberinto repleto de complejidades, tanto temáticas como sonoras –y hasta de formato. Los easter eggs eran tantos que ni escuchar diez veces el álbum de principio a fin o examinar el empaque de adentro hacia afuera garantizaba encontrarlo todo. Desde la ominosa portada hexagonal, las canciones infantiles y los susurros escondidos a lo largo y ancho de la mezcla (algunos de ellos en reversa) hasta las numerosas referencias –al satanismo, a las matemáticas y a crímenes, muertes y desapariciones famosas de la cultura fringe estadounidense– el segundo álbum de Boards of Canada estaba excitando la imaginación de hasta los fanáticos musicales más sardónicos. Geogaddi, más allá de su sonido granulado, sus percusiones rotativas y sus ambientes espectrales, fue elevado a un estado de culto; foros en internet facilitaron el diálogo y el álbum comenzó a ser desglosado y deconstruido hasta las últimas conescuencias. Pronto se encontró que la duración total del álbum era de 66:06, que “1969” contenía mención de David Koresh y la masacre de Waco y “Julie and Candy” de la tragedia de Candace Newmaker; que, en más de una ocasión, se aludía a la figura de un “Dios con cuernos”; que “Gyroscope” citaba al Conet Project y “Dawn Chorus” a Sesame Street; que la proporción aurea era un motivo recurrente en el disco y que “Beware The Friendly Stranger” incluye las voces de niños pequeños pidiendo ayuda. El título del álbum mismo proviene de la raíz griega geo (“tierra”) y la raíz hebrea gad (“invadir, flagelar, cortar, desenterrar, destino”). Se cree que la intensión original del nombre era un comentario al respecto del fin de los tiempos; la invasión o destrucción de la tierra, el destino de la humanidad por fin descubierto.

Las teorías de conspiración fueron extrapoladas cada vez más y, finalmente, se convirtieron en algo que ni siquiera Michael y Marcus Sandison habían previsto. Hasta mediados de la década pasada, el público seguía preguntándose si los miembros de Boards of Canada pertenecían a algún auténtico culto satánico. En una entrevista con Pitchfork, los Sandison rompieron el silencio, con Michael declarando:

“Todo el misterio y la magia y todo este sinsentido que creció alrededor de nuestro último álbum llegó a un punto en el que sólo era tonto. La gente estaba entendiendo cosas de nuestra música que nosotros no habíamos puesto ahí, y diciendo que había una maldad subyacente al respecto. Y nosotros no somos para nada así. Era un tema que queríamos perseguir para ese álbum, pero la gente lo ha entendido como si siempre pusiéramos cosas secretas, oscuras, siniestras y satánicas en nuestra música; y eso se volvió más importante que la música misma.”

Haya sido por obra del discordianismo, de la apofenia abisal, o sólo un intento desesperado por articular los sentimientos de la época –o ambas– algo queda claro: desde el 2002, pocos álbumes han sido tan capaces de alimentar la imaginación de sus oyentes tan efectivamente como Geogaddi.

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