Mono y Deafheaven en Guadalajara

Parece que el caprichoso clima tapatío se coludió con el anhelo de los que iríamos al concierto, pues, en los últimos días, el encapotado cielo fue el mejor recibimiento para los dos pesos completos que se presentarían en Guadalajara: Mono y Deafheaven. Mono con su celestial y particular combinación de belleza indómita e instantes turbios, en su tercera visita a la ciudad en ocho años desde aquel distante octubre del 2009 y su segunda escala en abril del 2013. Y visitándonos por primera vez, Deafheaven, con esa acometida salvaje matizada de apacibles trozos atmosféricos, sus mutaciones, sin previo aviso, en una misma canción -de lo áspero a lo terso- que han fraccionado a la prensa entre adeptos y detractores.

 

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Una hora antes de que el Foro Independencia abriera sus puertas, ya había fanáticos apartando devotamente su posición privilegiada: ser los más cercanos a los músicos, tratar de apreciar la magia pura que el ejecutante despide en su sentir. Al paso de los minutos, se alargaba la fila, se preparaba el recinto; uno se hacía a la idea del goce contrastante de esta ambiciosa amalgama en vivo, una oportunidad sin parangón para incondicionales del post-rock y, en general, para cualquiera que esté abierto a experiencias musicales tan sobrecogedoras y bellas. Con una puntualidad señalada, a partir de las ocho fueron ingresando los asistentes. George Clarke registró con su cámara el avanzar de la fila, sonriendo y saludándonos. Y creo que hubiera sido idóneo colgar un letrero en la entrada que nos dispusiera a abandonar toda esperanza una vez cruzado el umbral, una última advertencia de lo que sucedería. Justo a unos metros del ingreso, se ofrecía la mercancía oficial de ambas bandas, junto con calcomanías y volantes de eventos próximos. A la izquierda se llegaba a la terraza, donde uno podía fumar a placer, beber cómodo, dejar pasar el tiempo entretanto se daban los últimos toques técnicos a los instrumentos. Cuando un evento es impoluto incluso en el playlist que suena durante la espera –This Will Destroy You, Pretend Russian Circles como guiño a lo que vendrá en dos semanas-, ¿qué más se puede pedir? “East Hastings” de GY!BE sonando mientras el escenario deshabitado, bañado de luces azules, aceleraba los latidos de los presentes fue una las postales más perfectas de la noche.

 

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Perdí la noción del tiempo (sospecho que pasó una hora), hasta que, a las nueve y media, caminé para agarrar buen lugar; intuí que se respetarían los horarios. Para adentrarnos en el tour de force sensorial del que seríamos parte, colocaron “Moonlight Sonata” a modo de preámbulo. El humo cubría el escenario. Entonces, por fin salieron los cuatro integrantes; tímidos, agarraron sus herramientas y dieron comienzo a la magia. En verdad no existe mejor tema que represente a Mono y a aquello de lo que son capaces como “Ashes in the Snow”, con esa dulzura inicial transformándose en un majestuoso caos, envolviendo a las personas. Es imposible no soltar algunas lágrimas cuando eres testigo de la reproducción de lo sublime, aunque se trate en realidad de nuestra propia asimilación del sonido, de interiorizar el estímulo penetrante, poblarlo con los recuerdos; lloras porque tienes algo que llorar. Siguió “Death in Rebirth”, del reciente Requiem for Hell, sabiendo llevar el ánimo malherido con un redoble casi militar. Para no dejarnos caer -aún-, al final Taka se levantó absorto de su silla y alzó su guitarra, dando la primera imagen memorable de la noche. En “Dream Odyssey”, hubo un pleno extravío, nos despojaron de cualquier desasosiego; sólo había vida en ese punto del universo, en ese recinto de paredes lóbregas. Sin duda, la más esperada fue “Pure as Snow”, trascendental, inefable; el crescendo más épico hizo erguir a un Taka enloquecido para flagelar su Jazzmaster, hincarse extasiado, cabecear al son del alboroto, hurgar en su pedalera. La genética nipona de saborear el ruido no la niegan, la realzan en los momentos especiales. Al igual que un rayo de oscuridad, brotó “Recoil, Ignite” después de la tormenta, mostrando la salvaje y siniestra belleza del género, llevándose una parte de nosotros en cada resonancia. Pero aún quedaba más, mucho más. Ellos no podían irse sin detonar nuestro delirio: “Requiem for Hell” allanó el terreno para Deafheaven. Exorbitante, nebulosa, amontonando todas las emociones, fue un lapso de dieciocho minutos de puro desfogue al rojo vivo (algo habrá tenido que ver Steve Albini en eso).

 

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Y acabó. Tan pronto que nos dejó a todos con ganas de más, a pesar de que fue un set entero. Probablemente fue el ritual catártico más adecuado en estos tiempos, donde el caudal de palabras nos arrastra. Reflexión y arrebato. Mono se negó a ofrecer una tregua: en cada pieza golpeaba inmisericorde el espíritu de la concurrencia. Lo único seguro es que nadie salió ileso, pero algunos no soportaron más y huyeron del foro así, pasmados. Creo que hubiera sido peligroso habernos dejado salir en esa condición, de regreso al mundo. Necesitábamos algo que incendiara por completo el ambiente, la antítesis, gritar, estallar, lo dionisíaco perfectamente encarnado en Deafheaven.

 

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En la columna del centro de la pista, fui a recargarme para terminar mi cerveza, para acercarme al escenario, pero no tanto. Sabía que se armaría un mosh pit cabrón tarde o temprano; ese es el efecto Clarke. A las 11:15 se asomaron. Un estruendo les dio la bienvenida; George Clarke, con el cabello suelto y húmedo, agradeció a Mono, se presentó y anunció que la primera sería “Brought to the Water”. Tétrica, enérgica, de inmediato impulsó a todos al headbanging, a chocar unos contra otros. Pero con ellos todo es alterable, va de cero a cien o viceversa, por eso la presencia de George Clarke se hace tan indispensable. Agradeció a todos por asistir. Antes de que comenzara “Baby Blue”, prometió regresar a la ciudad. Así es él: necesita moverse, hablar, conducir la energía del sonido, gesticular siempre, pedir al público que se acerque. Cuando la guitarra puede destacarse sobre los otros instrumentos, la figura de Kerry McCoy se agranda, quien se encuentra ataviado con una playera de Master of Puppets. El metal dinámico que practican es llevado a los extremos en “Come Back”, una de las canciones que más disfruta tocar Shiv Mehra. La ferocidad transmitida en los primero cinco minutos, que se empieza a difuminar, complementa el idílico segmento etéreo de los cuatro minutos finales, pletórico en texturas. Uno empieza a digerir, como se debe, el espectáculo implacable de Deafheaven después de la segunda canción -sobre todo por lo que se presenció apenas minutos atrás-, ya que se ha entrado en calor. Se acabaron los temas de New Bermuda y le dieron paso a uno de su debut“Language Games”, prototipo de su modelo de composición. Venía lo mejor: un George Clarke empapado invitaba a morirnos jóvenes, con su bestial versión del clásico de Mogwai, “Cody”, interpretada de manera magnífica, en la recta final, por Daniel Tracy. Entonces, tras eufóricos choques, interludios, caídas en el mosh y personas elevadas al éxtasis colectivo, estábamos listos para los proyectiles de Sunbather, iniciando por el homónimo. La silueta de Clarke cobró más fuerza que nunca al arrimarse al público, incitarlo, encabezando el furor de unos pocos pero locos. Entró a la vorágine, se lanzó a la multitud para percibir el júbilo de los tapatíos. Habíamos pasado la prueba. Aún faltaba una, la célebre “Dream House”; ahí sí, todo se fue al carajo. Era imposible distanciarse de las colisiones. Lo mejor era ser parte de esa masa colérica, golpear y ser golpeado -qué importaba-. En ese ínfimo lugar se compartía el sudor y la agitación, un retorno al origen de estos géneros, los pequeños lugares donde los músicos y seguidores se sintetizaban en el paroxismo.

 

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Rebasada la medianoche, ningún presente albergaba duda: éste era el concierto del año y por mucho -de esos que marcan época-, algo tan increíble que describirlo es inútil. Nos mirábamos a la salida disimuladamente y en cada rostro había un regocijo incrédulo, del que será difícil recuperarnos. Ojalá que más oportunidades como ésta lleguen a la ciudad; no pedimos mucho tampoco, con una vez al año nos basta. Las únicas palabras que se ajustan a lo presenciado, en toda su gloria, son: brutalmente hermoso.

 

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