Vacas Sagradas: Elastica

Poco más de una década bajo un gobierno conservador dejó a Inglaterra con una postura firme pero desorientada. Durante ese tiempo, la cultura no se doblegó, pero sí se tornó trágica, pesimista y violenta: todas características familiares para el arte. Sin embargo, cuando parecía llegar el final de una era, la generación que estaba por tomar el volante vio ese nuevo despertar como una posibilidad de cambio, una ventana para otro summer of love con un reconocimiento de las problemáticas de su momento, pero un cambio de porte lejano de todo lo morrisiano. La glorificación de la víctima ya no era más que revolverse en el lamento patético cuando hoy podían buscar calor en el sol. Marihuana y éxtasis en el parque, mientras los Stone Roses sonaban dulces y humanos, daban el inicio de la independencia de la nueva juventud británica.

Mientras tanto, Estados Unidos y el grunge amenazaba con una invasión y los medios de comunicación sólo provocaban con ganas de materializarla. Ante esto, el vigor de los nuevos artistas británicos, habiendo crecido bajo un dominio cultural americano, buscaban un nacionalismo al menos artístico: música inglesa para los ingleses. Bristol y Manchester eran las cunas de pequeñas comunidades de mutua colaboración. La vivencia local sería máquina de referencias y la historia del rock británico terreno fértil para cultivar. Lo que crecía domésticamente al tiempo que identificaba las realidades de su propia esfera social fue lo único relevante. No más usar la lengua ajena buscándose a uno mismo.

Un nuevo rockstar estaba en construcción; lo etéreo era reemplazado por el pragmatismo, los lamentos sobrepasados por el hedonismo. Al menos la riña Oasis y Blur eran un drama familiar y no una pérdida de identidad contra la cultura ajena. Así nació y creció el britpop: poniendo en marcha el optimismo contra la norma. A buen trote llegó el 95 y este fue año para un crecimiento acelerado, interacciones íntimas y la adecuada celebración de algo que se hacía tangible. La arrogancia se volvió parte esencial de la defensa, así como el sentido del humor fue propio de la ofensa.

Con el tiempo revolviendo y la escena creciendo, de la rebaba de Suede saldría Justine Frischmann y Justin Welch, sin pausas para crearse a sí mismas, y de ahí Elastica. Esta banda sería muchas cosas: un filo punk, un talento pop, un estilo post-punk... La conglomeración suprema de influencias consistía en las declaraciones innovadoras de Wire, el glamour new wave de Blondie, la oratoria de The Clash y la intrepidez de The Stranglers. El guisado terminaría por crear un britpop que transforma memoria en relevancia, que era igual de presuntuoso que divertido, una respuesta desvergonzada al grunge y que suspiraba en la nuca de la nueva Inglaterra.

En este debut, las conjunciones fueron ásperas y modernas, groseras y deliciosas, inteligentes y atrevidas. Se apunta hacia la experiencia de la juventud sexual y la transformante cultura del rock. Líricamente, “Line Up” es una bala dirigida a la figura del groupie, presentando al fanatismo como una enfermedad grotesca donde la persona se convierte en un recipiente. “Car Song” habla de forma sincera y con una perspectiva nueva sobre lo común pero singular del coito motorista. “Stutter” es crucial, al denunciar el terrible sexo de una relación disfrazada. Todos estos fungen como ejemplos de la identificación de lo mundano como algo crucial, algo importante. Todos lo saben, pocos lo dicen.

Al mismo tiempo, el debut ofrecía cambio musical y mejora para la estructura del britpop. Si bien el género nunca escondió su emoción por lo kitsch, lo simple y descuidado, Elastica hizo un esfuerzo de justificar este sonido con una agresión bien medida, una melodía persistente, inclusiones de recursos externos con una idea clara y una producción única y representativa. Todo esto permanece y resuena en la actualidad porque los valores presumidos dentro del britpop y concretados por la corta pero esencial carrera de Elastica nos muestran otro camino más de la contracultura, de la expresión que se adapta y que realmente comunica.  

La década de los noventa admitió, ya fuera bajo la tutela de Oasis o Nirvana, una clara necesidad por desprenderse de lo desdichado y entumecido para traer de nuevo la urgencia a la música, una que no tiene nada que ver con desaparecer el sentimentalismo, pero sí con qué ganas y con qué medios se manifiesta. Hoy nos parece adolescente la ansiedad de mucha de esa música, pero no deja de ser un rejuvenecimiento necesario para un rockstar que se avejentó a sí mismo dentro de su propia lástima. En los casos más nihilistas y violentos, que se desarrollaron como reflejos de una cultura popular grotesca, se dejó a sus integrantes lejos de sentir una vida. Lo peor que pudo haber hecho la contracultura en ese momento crucial habría sido volverse más cínica y deprimente que su predecesores. Así, al menos, esta angustia adolescente probaba ser igual de exigente con la norma, pero capaz de reírse de su propia desgracia.

Este nuevo sentido hacia la expresión vio en el melodrama una forma de entretenimiento. La ironía se volvió estandarte y la indiferencia, peligrosa. Los artistas dieron cuenta, una vez más, de la tragicomedia. Quizá por eso mismo y en esencia su integración al pop fue tan perfecta.

Estos valores estuvieron entendidos bajo ese mismo enfoque en la concepción de la vivencia en su cotidianidad. Se demostró, en este ejercicio de común denominador, que ese sentido trágico no era un mundo externo de supuestos intelectuales, sino una peste ordinaria en el humano. Las tristezas son igual de habituales y comprendidas colectivamente que las felicidades. De esta manera queda inadmisible degenerar o excluir cualquiera de los dos sentidos de una expresión honesta. El nuevo sentido del rock inglés era lejano al de glam; era uno más bien familiar. Era uno que veía experiencia en su colonia, en sus amigos y en su familia, donde la desgracia y el placer tienen lugares inéditos y no necesitan de la cámara voyerista para ser entendidos por un testigo. 

De esta manera, Elastica jamás partió diferencia entre su inteligencia musical y su capacidad mundana al casar esto con certeza. Queda como herencia no una mofa juvenil de aquellos que se ahogan en su intelecto, ni tampoco un funeral disfrazado de fiesta. Lo que el acto logró en su debut fue un simple retrato del ciclo cultural, que debe adaptarse y jamás dogmatizarse si busca seguir siendo relevante.

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