7 álbumes esenciales de la escena independiente tapatía

En el ocaso de los noventa, Monterrey monopolizaba la atención en sus ínclitos y variopintos grupos -la llamada Avanzada Regia, el movimiento que logró descentralizar la panorámica del rock-; no había escena más prolífica en el país, semillero del cual las disqueras podían lucrar con la novedad. Si bien en Guadalajara había bandas que tenían audiencia, era claro que cada vez ganaban mayor terreno las propuestas del norte, pues ofrecían una alternativa que trascendía las barreras, incluso las nacionales.

Algunos músicos decidieron pujar mediante la fraternidad para reverdecer el horizonte de la ciudad, como en antaño. Nace entonces la ‘Frecuencia Tequila’, que aglomera a grupos de motivaciones diversas como Pito Pérez, Becker, Plástiko y, manteniéndose indemnes a lo largo de los años, Disidente. Esa generación vio en los concursos organizados por venues y sellos discográficos la inmejorable oportunidad de cristalizar un álbum, solventar los gastos o, al menos, ganar notoriedad. No todas sobrevivieron lo suficiente, pero otras más llegaron a un público amplio. A medida que las bandas de senda comercial iban achatándose, remedando un modelo de venta, en el circuito independiente prosperaron proyectos con el ímpetu de arriesgar. Estos fueron heterogéneos y perseverantes, utilizaban las plataformas virtuales para difundirse y sacar ganancias cabales, compartían el escenario asiduamente o se reconocían los unos a los otros en los agradecimientos de sus álbumes. Además, algunos espacios dedicados a la divulgación de los ecos subterráneos como Palíndromo Café -otrora Salón Púrpura-, Laboratorio Sensorial, Casa Liceo y otros han sido vitales en los últimos tiempos. De igual manera lo fue la creación de sitios con aforos mayores que ya son indispensables: C3 Stage y Foro Independencia. Mención especial merece el célebre colectivo Nine Corners; dentro de sus muros se fraguaron algunas de las reverberaciones más embriagantes de Guadalajara, con quince años de autogestión. La pluralidad de géneros que son tocados en los bares, cafés y recintos de la ciudad, todos los días, por bandas que siguen residiendo en el área o se han afincado fuera recorren todo el espectro de entusiastas férreos, desde el emo nostálgico de guiños math de Tears & Wounds al ambient de Everything is beautiful, pasando por el noise oneroso de Par Ásito al azote gótico de Godless Procession, sin olvidar los desfogues oscuros y psicodélicos de Has A Shadow y las polimorfas composiciones repletas de minuciosas síncopas de Parazit. También hay grupos que son calidad de exportación, cosechando un séquito de seguidores a su paso con las giras, como Le Butcherettes y Lorelle Meets The Obsolete. Frescas agrupaciones que han ganado renombre por su garantía son Pumcayó, Dolphant, Baltazar y Wohl. En la vía emergente, hay proyectos que se ganan el aplauso de cada día, aspirando a desarrollarse con el gran potencial que tienen: Norwayy, Habitantes, Antena Porno, etc.

Decantados por la autonomía, por ejecutar con plenitud sus ideas, en la ciudad sobresalieron algunas bandas que consiguieron un auge inopinado, inclusive a nivel nacional. Estos siete álbumes se pueden considerar como capitales en el panorama, pues comparten el logro de haber impulsado trayectorias -y en específicos casos, consolidarlas-, avalado la ebullición artística regional, desmentido la creencia de que sin auxilio corporativo no se puede llegar lejos… A veces, hasta resistir las acometidas de la displicencia del gran público.

 

7. …y si tuviera disquera (2004) – Disidente 

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Antes de publicar un álbum, ya eran conocidos en la ciudad; entre la circulación de sus canciones en la radio y la publicidad oral de sus presentaciones, generaron una expectativa insólita para una banda local que carecía de discográfica. En ese entorno, en el haberse ganado su reputación a base de tocar en cualquier lugar donde les ofrecieran la oportunidad, con un sonido sincero despojado de florituras, carente de calificativos y excusas, oponiéndose a las restricciones que algunos les querían conminar para encajar, es que optan por titular su primer trabajo de la manera más cáustica posible. Fue grabado en una semana, con las canciones bien definidas en la mente del cuarteto, al ritmo de su frenesí juvenil, en completa libertad creativa, en el estudio del hermano del bajista y baterista (la banda la conforman dos pares de hermanos). En esta placa vienen canciones icónicas, como “Monitor”, “Gasolina”, “Basura Pop” y, por supuesto, las tres clásicas que nunca faltan en cada concierto: “Decidir”, “Soy Feliz” y “Escala de violencia”. Con una estridencia sencilla pero efectiva, letras sin complicaciones que incitan desde la euforia hasta el pesar, es como han sabido construir una carrera prolífica y alejada de las trampas del mercado. Y es en el debut donde marcan su sello. Tal vez ellos sean de lo más cercano a la epítome del rock, con una acritud acentuada por el vigor de lo esencial: ir directo al punto. Noir fatalité.   

6. Donde los ponys pastan (2005) – Porter

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Cuatro veinteañeros empiezan una banda por el placer de regocijarse tocando; luego entra el último elemento, el ingrediente que faltaba. Graban una canción para competir en un certamen de bandas; fue de unánime agrado, por lo que vuelven a Tercer Piso Records, bajo la batuta de Alex Pérez ‘Ork’, miembro de Azul Violeta, para dar forma a un EP, breve, como debe ser, aunque intenso. Así, ellos irrumpen en el circuito valiéndose de sus particulares armas: letras surrealistas, una voz embelesadora y andrógina, instrumentación pulcra, un deambular impropio para la escena nacional que sedujo a una generación entera, desde que la hipnótica “Espiral” sonó en Reactor. Mientras que en la capital despuntaron a tal grado que su acto se hizo necesario en el Vive Latino, en Guadalajara tardaron más tiempo en ganarse a los oyentes. Después de “Espiral”, sencillo y tema inicial, sigue “Girl”, con los primeros murmullos oníricos en inglés, tan distintivos de Juan Son. Con un par de interludios en el que introducen cuerdas y ritmos pegadizos pero cerebrales, ellos balancean el fondo, acomodándolos con tino para realzar el orden. “No te encuentro” aparece, su intro es una calcomanía del pulso genérico en “Idioteque” de Radiohead: de repente se quiebra la atmósfera para que suene el estribillo tan sensible y confuso, se suceden las secciones que se fortalecen mutuamente, claro ejemplo de las composiciones típicas del grupo. Con “Daphne”, la voz aterciopelada de Juan combina inocencia en inglés y emoción en español, los sintetizadores están de base, la naturalidad histriónica de su interpretación se ratifica en cada canción. En “Bipolar” se pasa de los susurros a las lamentaciones encarecidas, del piano al éxtasis de las guitarras, de la dulzura a lo siniestro. En menos de media hora, la agrupación logra capturar la presencia de sus fantasmas musicales, dando como resultado una miscelánea inesperada para la incipiente escena. Quizás véase como el equivalente mexicano del ahínco de Soda Stereo de introducir las texturas dominantes del círculo alternativo anglosajón en Dynamo; un ejercicio de apropiación que termina por ser la de una búsqueda de identidad entre un mar de lo mismo.

5. Paper Dolls (2007) – Descartes A Kant

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Después de algunos sudorosos años pergeñando el sonido ansiado, con una energía apabullante en los escenarios, es que finalmente materializan su concepto en un álbum. Con la producción de Gerry Rosado (padre de Intolerancia y miembro fundador del osado proyecto Consumatum Est) ayudando a canalizar la vehemencia del entonces quinteto, asaltan el panorama con su producto final grabado en dos semanas: una bestia seductora y agresiva, exótica. Media hora de un caos dosificado, que bebe del riot grrrl, del dramatismo del cabaret, como del noise rock rancio noventero, al igual que de todas esas grandes bandas con un componente femenino significativo; también de la furibunda sinrazón de Mr. Bungle y Residents. Este es un cóctel incendiario, volátil, con dulces voces al mando que se desgañitan en un verso y al siguiente lo adornan de rosas, acompañada de letras tajantes que marcan el contraste, como en “Atascatto” y “Dolce” y, de repente, hasta devaneos surf con besos incluidos en la hilarante “Hello Tarantino”, o pianos circenses sazonados de capas de distorsión en “Maniqui Bordello”. “Babossa Nova” es una travesía amigable del compás carioca al desenlace electrificado. Es hasta el tema final, “Pumpkin Pie”, que apreciamos el punto dócil de la banda, con una apertura vocal angelical que abre paso a un arpegio cristalino, mientras de base algunos efectos glitch complementan el ambiente, destellos de guitarras surgen brevemente, un piano y varios violines melancólicos acompañan la voz y después sólo un festín efímero de ruido funge como broche de oro. Acogido con interés por la prensa, provocando un aluvión de comentarios positivos y algunos detractores, las muñecas de papel personifican un giro drástico para lo que florecía en los subsuelos. Este es un rótulo de extravagancia necesario para los consumidores diestros y también para los que fueron atraídos.

4. Jazz Vinil (2007) – Troker

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Si se busca apuntalar o, dígase más claro, formalizar el compromiso de estar en un conjunto, con todo lo que ello implica (y más estando en México) y con las vicisitudes de apañárselas en el mercado independiente, es necesario hacer un álbum. Un trienio de recorridos en bares del circuito, moldeando sus límites, bastaron para que el grupo decidiera grabar su material inicial, bajo la supervisión del infatigable Gerry Rosado, en Intolerancia, por allá del 2006. Su fórmula es un híbrido singular tanto para el paisaje jazzístico como para el del rock -que va y viene-; demasiado técnico para ser un producto de escaparate y tan desmadroso para empalmar en el rigor. “Fíjate que suave” es una canción vivaz y lúdica que exalta cada elemento presente: la tornamesa, los metales, esos teclados pegajosos, una incitación al movimiento total. “Aguachile” es un despliegue potente de habilidad, sin sacrificar el goce de por medio, mutación de pulsos de un segundo al otro. “Mosquita Muerta” transita parcelas más sutiles, legitima -por si cabían dudas- los efectos digitales en el entorno. Y “El novio” es la perpetuación de su groove sabrosón, un mero pretexto para sacudir el esqueleto, con un piano vivaracho, que parece burlarse y que remata con la melodía de “El sirenito”. “Sex Trok”, con la guía en la trompeta de Steve Bernstein, líder de Sex Mob, es mera voluptuosidad meditabunda con guiños progresivos. “El atraco a la furgoneta gris” es una pícara e intrépida pieza de fuga; magnética, si bien adelgaza a la mitad su cierre, es un fluir de emoción. “Escaleras al suelo”, tan breve y a medio volumen, enigmática, tiene retazos de piano llenos de intriga, aparenta ser extraída de la banda sonora de algún thriller de los sesenta. “El juego de las sillas” abre con un swing espontáneo y movido; una vez hecha la transición, los metales retumban, pero ellos se regodean en calmar, poco a poco, el ánimo para dinamitarlo en seguida. En su jazz de vinil, Troker enseña todo el cobre. Sus títulos divertidos, su carácter desenfadado ribeteado por el folclor mexicano, es un humor a prueba y nutrido de todo.

3. L’Intent (2009) – Radaid

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En una década de vida, amparados por dos producciones en la que auscultaban los ritmos asiáticos con atavíos más contemporáneos, armonías de África, tonalidades balcánicas y voces excelsas, todo en un orgánico envoltorio, deciden entonces dar un paso más allá. Curtidos por nuevas vivencias, abiertos a introducir arreglos más accesibles en sus poliédricas composiciones, nace su Intento, grabado en Tercer Piso con la dirección del ‘Ork’. El primer sencillo, “Shine”, inaugura con matices atmosféricos en la guitarra, las percusiones orientales acompañando la transparente voz de Sofía; la versatilidad de cada integrante es palpable y no sólo porque cada uno sea multi instrumentista -ella, con su voz, interpreta texturas distintas de un idioma a otro, del inglés del verso al dialecto creado en el coro-. “Nada que no sea real” tiene una línea rítmica etérea como base, una palpitación afín al trip-hop; se hace notar la soprano Maricarmen y, por vez primera, se llegan a superponer ambas voces en el punto álgido, generando una  impresión acogedora. “Mireya” es una exploración de guitarras minimalistas colmadas de reverb, que se sienten casi incorpóreas, sacras; en determinado punto del octeto brota una pujanza de grupo de rock, ejemplificando una de las direcciones de su nuevo sonido. Con “China Warrior D” hacen acto de aparición los milenarios instrumentos guzheng y khaen, entendiéndose con el violín y los sintetizadores, esbozando un ambiente bucólico pero quebradizo, que agarra color después de las primeras palabras en español de Sofía. La asociación más satisfactoria y escrupulosa entre integrantes, estilos y ejecución la ofrecen en el álbum. Y el clímax se alcanza en la mastodóntica “The Cravings of the Dead”: la emotividad del primer tercio llega a sumergir y extraviar a cualquiera. Maricarmen y Sofía saben que la maniobra sonora está a su disposición, hasta que un arrebato de reciedumbre embarga a los ocho en un paroxismo fugaz pero intenso que el órgano, como beatífico anuncio, concluye brillantemente. “Butterfly” es una balada arrebatadora y prístina en catalán con los coros en inglés. El epílogo idóneo de un álbum que le fue dedicado a uno de sus mentores, Jorge Reyes, figura detrás de Chac Mool, fallecido solo unos días antes del lanzamiento. Esta entrega es una hora de mixturas que valió una calificación perfecta en la Rolling Stone, unanimidad benévola de los medios, el cobijo de un público más amplio y la iluminación anhelada por estos vástagos del sol.

2. Follow me to the forest (2010) – The Polar Dream

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Este fue concebido como un álbum conceptual, evocador de campiñas vetustas y escenarios nemorosos, grabado acertadamente durante el otoño en una semana extenuante. En 2007, lanzaron un homónimo de siete cortes, que no terminó por convencer a los mismos integrantes; hubo cambios en la formación y jamás se editó en físico. Fueron dos años de persistencia y un proceso de pulir lo que se sabía valioso. Sin embargo, ese EP prematuro y hogareño, que no daba el ancho para sus creadores, se propagó en la red. De un blog a otro llovían los elogios: una combinación amena de melodías austeras que acabó por entusiasmar a más de uno, sin esperarlo, ya tenían una base de seguidores que aguardaban por el debut, por saber si ese sonido manso y prometedor no era una quimera. De inmediato, con “The Mountain” se comprueba la validez de sus ensoñaciones, de la dulzura inquietante de algún suceso que se creía enterrado, archivado en la memoria. “La Aldea” -primer sencillo-, te envuelve en su aire rústico, festivo, atemporal; como una brisa cautivadora, la melódica marcha jovial, las trompetas, anuncian el asombro, la conmoción que da pie a la desdicha. “The Singing Trees” enlaza un piano expresivo y un glockenspiel amigable, dialogando, atrayendo al oyente a su arboleda bulliciosa. “Endless Tales” tiñe de melancolía el camino, con las íntimas notas del piano que se remontan años atrás. La inclusión del arco en la guitarra certifica el influjo ártico de Sigur Rós, la canción más añeja del álbum que hasta las sesiones de grabación, se obtuvo la versión deseada. “The Aurora At My Window” desata el momento más entrañable, beneficiándose del cándido timbre de la celesta y un acordeón de juguete. Quizás así sonaría el post-rock si hubiera existido en el siglo diecinueve: plácido, emocional y folclórico, verdadera música del pueblo. En “Wooden Ship” ocurre un paréntesis en la travesía: se omite la instrumentación clásica para enfocarse en elementos ligeros. Los diez minutos finales le pertenecen a la ambigua “Seven Moons Around the Piano”, pieza encantadora que se torna agresiva con el punzante crescendo; que las campanitas de colores y los instrumentos infantiles no engañen. La fantasía propuesta por el grupo en su debut hechizó dentro y fuera del país, con ventas y críticas positivas en Europa y Asia. Ellos levantaron la mano, empezaron a narrar aventuras a través de la resonancia, para que se supiera que también por acá se sabía soñar despierto.

1. Ludo (2011) – Marlento 

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A veces, la mejor forma de sobrevivir a las inclemencias de la industria es replegarse, lamer las heridas; eso lo sabe bien Marlento. En 2006, publicaron su primer trabajo, plagado de tonos plomizos y efectos desolados, guitarras acústicas con arreglos de cuerdas, acompañados de una sobria voz, cantando de manera límpida en inglés. Esto daba como resultado una placa de índole ceremoniosa, distinguida, producto poco negociable en el mercado nacional que, sin embargo, fue muy bien visto por medios y colegas. Dos años después, adelantan tres canciones del sucesor, con varias modificaciones en la alineación, un preámbulo que se alargaría hasta inicios del 2011, cuando se anuncia Ludo. Fue producido por el ubicuo Gerry Rosado, en Intolerancia, con algunas colaboraciones de músicos destacados de la escena, como Saúl Ledesma y Emmanuel Macías, esencia fundadora de Radaid y Hugo Robota. Respaldado por la ardua faena de grabación, “As the world turns” es, desde el primer segundo, de otra materia. El bajo es imperturbable -ritmo tan familiar-, guitarras implacables y gélidas, casi puntiagudas; incluso la voz se adapta al ritmo con sobrada naturalidad. El detalle atinado del sintetizador es la cereza del pastel. Para el lanzamiento se rodó un vídeo en locaciones céntricas de la ciudad. Hay una marcada intención en Ludo de abandonar los parajes desérticos: si el homónimo remitía a zonas del ethos rural americano durante una tarde nublada, en este álbum la calígine ha engullido el firmamento, en una imprecisa área metropolitana, quizás británica. Aunque predominen texturas distintas, en “Six Hundred Butterflies Postcard” vuelve la guitarra acústica a primera línea, el desarrollo es un equilibrio entre los dos semblantes, con una conclusión propicia. Otro factor que alentó el gradual desapego de los acompañamientos que ornamentaron su primer disco era lo complicado de transmitir la fidelidad a cada concierto, por lo que tuvieron que bruñir su técnica y ser más concisos. Se puede apreciar eso en “Police Car”, la pista más agitada, que se desliga un poco de la tónica general con la letra lacerante. En “Strangers After All”, se magnifica el aciago sentir de la distancia, encarnado en un diálogo que Dafne Carballo, de Descartes A Kant, complementa atinadamente. Para “Ludo”, tema que da nombre al álbum, se revela la acerba raíz que la inspiró: un chico desamparado, víctima de las circunstancias, tatuado de las sienes en Denver, que el vocalista conoció durante su larga estadía. Marlento entiende a la música como una simbiosis que se cocina a fuego lento, seleccionando lo mejor de cada opción, siendo prolijos, anteponiendo la calidad al desbordamiento, soportando las embestidas con dicha, para seguir con esto, porque crear, a fin de cuentas, es un modo de vida.

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