Columnas Vacas Sagradas

Vacas Sagradas: The Black Saint and the Sinner Lady

Una suite de seis partes, parcialmente escrita como ballet, dividida en cuatro pedazos y exhibida como una única y continua composición.

Mingus no estuvo ausente en la contienda racial de muchos de sus contemporáneos. Además de esto, nació con una mente irascible y compleja en su fibra inventiva. La peligrosa combinación de aquello con su estatus de víctima natural del ambiente cultural lo vio en una constante lucha comunicativa: algunas veces, no había oídos para escucharlo; otras veces, su lengua no era lo suficientemente directa para evidenciar lo que quería expresar.

Su juventud lo vio enajenado al ser un jazzista sin ambiciones de instrumentista y mucho menos de uno improvisacional. Su educación por mano de Parker y Gillespie fue el último gran pulso antes de su exilio como un prodigio tradicional. Ahuyentaba a los mentores auxiliado de una cualidad que parecía querer crear para los muchos, pero sin siquiera tener con quién tocar. Su vigor creativo yacía en lo composicional y así su ideal de estructurar lo colectivo desde lo particular se convirtió su responsabilidad.  

Con una necedad que cobró con desgaste mental, salió adelante con exótica destreza de contrabajista y compositor. Los días en soledad habían permitido a su estilo tomar del estado anímico y físico, volverse algo más allá de la academia, una creación personal. Mingus veía a la improvisación como un ejercicio insistente y redundante ante lo logrado por Armstrong. Más bien, daba importancia al sentido físico del tempo, la frecuencia de motivos, el obligado encapsulado, los microscópicos monólogos, la elongación y economía armónicas, el ensamblaje instrumental y el entendimiento de la expresividad. Lo formulado aquí rayaba tan cerca de lo irreverente que se podría comparar con Coleman, pero era a la vez tan orgánico que su alejamiento de Ellington tampoco era mucho.

En esta transición, el músico se volvió fuerza gravitacional de toda la discrepancia de aspectos tanto del mundo musical como del cultural. La figura de Mingus se levantó, caricaturesca y violenta, capaz de liderar con ambiciones para algo “más allá”; un activista sin filtro y un difícil colaborador musical. Por su mal temperamento y su confusa palabra, para trabajar en el emocionante mundo del músico, se requería una tarea de interpretación que exigía entendimiento y voluntad.

Para 1963, la tarea de Mingus revelaba ser exitosa no por tener una clara retórica o misión para algo como el jazz, sino porque su integridad personal era simplemente relevante.

The Black Saint and the Sinner Lady es un álbum clave que Mingus definiría como ethic folk dance music y, la verdad, es que no vale la pena etiquetar si viene de su boca o de la mía. Este es tan sólo el resultado de la experiencia de un músico integral ante el contexto de un género maduro que ya no quería ser sólo “jazz”, quería ser “música”; un resultado que, más que vocalizar, pensaba ya en expresar y narrar. 

El regaño de Mingus se dio a través de sus liner notes, donde habla, en gran medida, acerca de los críticos y académicos y de su tarea obsesiva de rastrear lo bello, dibujando un mapa y obligando a otros a amar. El jazzista más bien creía en la espontaneidad del sentimiento -postulación acelerada por su originalidad-. De nuevo, parece que el artista quedó corto en sus palabras y necesitó de un vehículo ajeno para la interpretación de su inventiva. Así, su psicólogo relata, en las mismas notas, su trabajo como traductor de las ideas de Mingus al ensamble -el estilo de composición espontánea-, como notas gritadas sobre líneas de bajo y peleas contra melódicas.

Así es que empieza el álbum que se siente como una conversación entre extraños buscando conocerse. La música crece y la empatía colectiva es la que permite la expresión individual. La etiqueta del género le permite ser tomado como sencillo o como embrollado. Lo turbulento de su mundo ofrece lo glamuroso, lo caótico y lo tierno. La singularidad del trabajo no da para el alto mando del jazz, pero sí tal vez para un bailarín solitario buscando una comunidad, como se describe en formato. El agridulce ballet se transforma en algo cercano al free jazz, con referencias a lo lejano pero también a lo cercano. Los instrumentos se separan pero confirman su reconocimiento mutuo en secciones de dicho popular.

Casi con 55 años de antigüedad, tomado y retomado, todavía nos queda algo a nosotros para rescatar.

Sobre todas las cosas, Mingus ilustra la complejidad emocional de la persona. Esta música ha sido etiquetada, pero termina por ser nada: ni danzón, ni sufrimiento, ni destreza intelectual. No es temática, ni unilateral. No es un #mood pre-programado, ni un arquetipo musical. Lo que se intenta expresar aquí es un absoluto emocional, una persona real.

Más aún, Mingus vivió su creatividad expresiva y su incapacidad de comunicar, demuestra la necesidad absoluta de la creatividad que, si bien existe en un genio individual, necesita muchos vehículo para la verdadera grandiosidad. “Colaboración” queda corta ante “empatía”; no hay opiniones discutidas, hay diálogo de verdad. Tampoco existe el control creativo sobre anarquías a nivel particular.

The Black Saint and the Sinner Lady no es lo planeado en la cabeza del talento, es lo que tomó el mundo de eso.

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