Music Has the Right to Context

Verses From the Abstract explora la tangibilidad social de la música, considerando a esta forma de arte no sólo como una causa, también como una consecuencia. Esta nos refleja idiosincrasias al mismo tiempo que las trasforma; si bien se expresa de la vivencia social con todo el alcance de la emoción y el pensamiento humano, también juega con las telas de la realidad.  Aquí se intenta contemplar el ojo abstracto del sonido humano.

Tomar un objeto y cambiar su espacio: base fundamental del contexto y su función. Es algo inevitable que este cambie, no necesita siquiera ser solicitado y, por eso mismo, a veces no está sujeto a la voluntad del objeto. Así, el contexto somete al caos, al absurdo y a todo aquello que es inexplicable e inesperado.

La música no es ajena a ninguno de los conceptos aledaños al del contexto. Sabemos que el entorno mismo es ilustrado por la cultura, la función y el formato. Entonces resulta relevante observar cómo todos estos son fácilmente superados por ese contexto que va más allá de los otros valores acumulados. Este es el que difumina y tergiversa el espacio con su diálogo con el objeto y así crea un nuevo significado para el mismo. No se trata tampoco de un transmisor, sino más bien de un vínculo que crea con el objeto; cuando este es lo suficientemente fuerte, puede cambiar la función, la intención y mensaje mismo de la obra de acuerdo a sus propias necesidades.

Quizá el ejemplo absoluto sea el mediático; este funciona para el bien de algunos y la calumnia de otros. La fuerza mediática puede llevar la obra a lugares donde la percepción es creada por fuerzas ajenas a las de su naturaleza. La comunicación de la misma es reemplazada por una nueva comprensión y aquí hasta la identidad del artista es perdida. La suposición deja las creaciones a la merced de un impacto breve e incompleto.

A veces, esos canales de distribución son tan fuertes que se convierten en rasgos definitivos. Pensemos en la esfera popular: fuera del círculo del obsesivo, es difícil mantener objetivos a estos accesos a la cultura. Hoy, las realidades de “Creep” para Radiohead, “Hotel California” para Eagles y una playera para The Ramones son vagas y parciales representaciones de obras cuya pluralidad ya es definida por esa insoluble carta de presentación. Estas castigan al artista y el mismo no se queda más que con las opciones de conformidad o de desafecto por su creación.  

Separado del tema de la suposición, queda hablar de la apropiación del mensaje. Como punto de partida, la idea del cover es una acertada. Esta reimaginación y recreación a veces se evidencia a sí misma como degeneración, otras como apropiación y, en lo que parecerían pocas ocasiones, como una celebración. Nadie es responsable de estos resultados más que el que toma la materia prima con perspectiva ajena. Un ejemplo de la función del contexto en la toma del mensaje aparece claramente en la penosa recreación del cliché que es hoy “Imagine” de John Lennon por parte del grupo de rock alternativo A Perfect Circle. En teoría, la misión probaba ser atractiva al recontextualizar la expresión optimista de Lennon dentro del sarcasmo, el cinismo y la lobreguez, pero su resultado fue una prolongación de la parodia de un sentimiento y el capricho sin gracia que dañó más aún la obra. En los casos más exitosos como lo son “The Man Who Sold The World”, “Knocking On Heavens Doors” o “Hey Joe”, vemos la apropiación (sin ninguna otra connotación) que da al tributo una vida independiente y así difunde su semilla a nuevos territorios. De glam a grunge, de folk a glam, de country a psicodelia.

Añadido a esto, a veces ni siquiera el contexto viene a cambiar como protagonista sino hace esa descontextualización trabajando al objeto como accesorio. Cerca está la convivencia del arte, sobre todo en el exclusivo mundo del cine donde texto, visual y sonido conviven en una búsqueda por el complemento maravilloso. Existen instancias en las que no nacen las expresiones sonoras por voluntad propia; más bien llegan como parche y auxiliar, siendo algo ya existente. Cuando estas premeditaciones son bien conocidas, la percepción no puede hacer más que chocar. Así aparece el recurso antitético de Beethoven y “Singing in the Rain” en La Naranja Mecánica, el comentario surreal y alucinante de “Hip To Be Square” en American Psycho, el “Hallelujah” de Leonard Cohen en sus múltiples deformaciones (de lo apropiado a lo perezoso). En este último caso, se hace evidente que el contexto puede llegar a drenar la expresión y someterla a una simple viñeta, a un comentario al margen que busca más economizar una narrativa que elongar y complementar una idea. ¿Qué ha hecho Scorsese de los Rolling Stones? ¿”Gimme Shelter” no es ya tan sólo una forma de anunciar el estereotipo cultural, un atajo en la construcción descriptiva, un hábito en la firma del cineasta? Parece que estos atajos arquetípicos son accesibles por el malgasto. El mundo ya tiene un wilhelm scream para llamar la idea del badass en “Bad to the Bone” y una referencia de carismático chico malo en “Gangster of Love”. Ya existe un hábito para forzar la alegría con “What a Wonderful World” o “Happy Together”. Más que canciones, más que muestras de una obra, ya son meros modelos, simplificaciones y protocolos. La esfera social lo ha usurpado y han cesado de existir como parte del repertorio musical del artista.

Hay un exceso de ejemplos en donde la cultura se vuelve un recurso arquetípico y una herramienta de diseño. Hay ejemplos suficientes de su apropiación que reduce hasta lo supuestamente invulnerable a lo insustancial. Ahí, para todo los presuntuosos musicales, está la franquicia de Shrek para encontrar a Neil Diamond imaginado por Smash Mouth, para disfrutar de Tom Waits y Nick Cave en el mundo de la comedia. Nos acercamos tal vez a la amargura de un problema superficial, pero lo que parece saltar a la vista es esta completa despreocupación por la contradicción, dentro de un modelo contextual que debe servir como halago entre objetos. ¿Qué pasa con el exceso de CSI y la austeridad The Who? ¿Con el glamour de Chanel y la protesta de Nina Simone? ¿Con la comercialización de FIFA y una supuesta escena indie?

En estos cambios de contexto tan inexplicables ni siquiera vale la pena hacer un ejercicio de evaluación musical. En un medio donde The Chemical Brothers se vuelven anónimos bajo la campaña de Paco Rabanne y Rooney se vuelve una figura significativa para el indie con “I’m a terrible person” gracias a Carolina Herrera, no hay reglas para la definición musical. Elvis electrónico se vuelve relevante en la cultura del fútbol con “A Little Less Conversation”. Feist vive por el iPod Nano. Tom Cruise corre desesperado con “Everything in the Right Place” o mira hacia la lejanía con “I Disappear”. ¿Me gusta Rage Against the Machine o me gusta The Matrix? Estos son mundos donde el rol de la obra musical pierde sentido como tal y así no vale la pena evaluar.

Quizá sea válido decir que estos son ejemplos muestrales y particulares, que hay artistas que saben valerse por su totalidad y por ende no dependen de una variable. Quizá también sea obvio que el ejercicio de valor se lleva a cabo por aquellos adentrados a conciencia en una cultura. Pero al final, este problema de suposición y descontextualización también revela una falta de objetividad que es controlada por la definición de un inconsciente colectivo y es relevada a una masa despreocupada.

Al final no le podemos exigir un acercamiento profundo a todos los susceptibles a la obra de un artista. No podemos esperar decodificar cada uno de los mensajes de la vida cultural. Pero sí podemos exigir dedicación, detalle y conciencia a aquellos que piden para construir dentro del mundo del entretenimiento y diseño. La abreviación y la nomenclatura hoy definen el acceso y la percepción de la sociedad ante un mundo cultural que no cesará de crecer y complicarse paralelamente. Si hay tanto de dónde tomar, ¿por qué seguimos dependiendo de arquetipos tan obsoletos? Quien busque rescatar de esto una intención pura se frustrará ante el caos de la interacción. Quien quiera ser negligente ante lo retrógrada también perderá al darse cuenta de lo insípido. El contexto es inevitable pero la percepción es construible.

 

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