Vacas Sagradas: Songs from the Big Chair

Es curioso darse cuenta de cómo los álbumes pop de los grandes íconos del momento son cada vez más largos. Como consecuencia de la influencia que tienen los datos de streaming en Nielsen para contabilizar ventas y llegar al número uno del Billboard, se ha creado una cultura de la industria que tiene como requisito llenar los álbumes de bonus tracks y uno que otro tema de relleno, muchas veces sobrepasando la hora de duración. Pensemos en Viewde Drake, que tiene veinte canciones y dura una hora con veintiún minutos. O qué tal Purpose de Justin Bieber, cuyas diecinueve canciones suman una hora y nueve minutos. Estos ejemplos puntuales son la pauta sobre la cual se mide el éxito y las estrategias de marca en el pop. La música es una industria, por lo cual obtener ventas y alcance es un objetivo honesto, pero le ha pasado a cobrar factura al álbum como formato de entrega.

Los grandes estandartes pop de antaño respondían a la necesidad del LP como formato estándar. Tratar de cruzar la línea de los cuarenta y cinco minutos caía en el riesgo de tener que hacer un álbum doble, por lo que la selección de las canciones candidatas a formar parte del tracklist era, sin duda, mucho más pensada. Por ejemplo, Purple Rain Thriller, que con sus 44 y 42 minutos, respectivamente, logran comunicar una idea concisa, creando una situación en la cual no es necesario poner relleno para aprovechar el tiempo del álbum. La llegada del CD dio la excusa para que se incluyeran más canciones en un disco, cambiando así la cara y el estatus del álbum de música pop ante géneros que hoy son considerados más “cool“.

Los ochenta fueron la clave de la transición del pop setentero, fundamentado en las sensibilidades afroamericanas del soul y los grooves del disco, para llegar su alianza con la música electrónica y los sintetizadores, la cual continúa como el estándar hasta la fecha. Justo a mitad de la década, fue lanzado Songs from the Big Chair, el ejemplo perfecto del álbum pop que trata a su formato como se debe: como una obra de arte.

Cuarenta y dos minutos distribuidos en ocho canciones, con tres de los sencillos más exitosos y trascendentales de la historia de la música pop, balanceados con cinco canciones que presentan un enfoque diferente del sonido de Tears for Fears. El tracklist está diseñado para proveer subidas y bajadas y generar diferentes emociones a partir de ciertos temas. Está construido de la misma manera que los álbumes más precisos de rock: buscando un equilibrio que exalte de la mejor manera cada una de sus partes; no más, no menos.

Lo interesante de Songs from the Big Chair es su curioso estatus dentro de los grandes clásicos. Y es que, de cierta manera, no es considerado como uno. Sería raro ponerlo en una conversación junto con los ya mencionados ThrillerPurple Rain, ya que parece pertenecer más una liga compartida con Rio de Duran DuranKick de INXS. Pero lo cierto es que, a diferencia de esos trabajos, Big Chair está construido como un clásico absoluto. Es la medida perfecta para hacer música pop, de la cual se debería tomar pauta igual que como se observan detalladamente la producción de Quincy Jones en la discografía de Michael Jackson, la ética de trabajo de Prince y las estrategias de impacto visual de Madonna.

Hay reconsiderar la posición de la obra maestra de Tears for Fears como un modelo a seguir para evitar la actual saturación del formato pop y su entrega. Es apremiante desmitificar los grandes álbumes dogmáticos del género y rascar en lo reconocido pero no necesariamente fundamental en un intento de búsqueda por crear un canon de trabajos que logren expandir nuestra visión del pop y sus características como un género dependiente de fórmulas y por crecer el nicho que se dedica a encontrar vanguardia en sus formas. Un gran punto de partida para esto es Songs from the Big Chair, de la misma manera que podrían serlo Introspective de los Pet Shop BoysSo de Peter GabrielSpeaking in Tongues de los Talking Heads.

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