El Muzak millennial

El club de preservación del power chord es un lugar para aquellos que ven en el rock algo trascendental.

Todos estamos familiarizados con el concepto de “música de elevador”: versiones rebajadas de canciones famosas o composiciones realizadas con la misión de fungir como música de fondo ya sea en elevadores, centros comerciales o lobbys de hoteles. Este tipo de música es catalogada bajo el nombre de “Muzak” -debido a que así se llamaba la compañía que comenzó con esta tendencia- y se volvió tan global que ahora su nombre es utilizado de la misma manera en la que se le llama Kleenex a todos los pañuelos desechables.

El Muzak dio paso a traducciones modernas, por lo que muchas veces el mismo concepto es entendido, por nuestra generación, como música lounge e incluso como bossa nova –un género sumamente importante y original que se ha visto reducido, en la cultura popular, a covers de Guns N’ RosesBob Marley y a tocar en repeat “La Chica de Ipanema”-. Asimismo y a través de mis experiencias en diversas fiestas de chavos modernos, pude notar el advenimiento de una tercera era del Muzak, disfrazada de buenas intenciones y cultura alternativa.

¿Cuándo no hemos ido a una fiesta y no hemos visto a la persona que se maneja los playlists en Spotify decir “yo tengo el playlist perfecto”? Algunas veces, estas listas son de su autoría, pero en muchas otras ocasiones se tratan de esos playlists generados por el personal de Spotify o por los algoritmos de la plataforma. Cuando se trata de lo segundo, sobre todo en playlists asignados a situaciones específicas, estamos tratando a la música como si fuera un necesario ruido de fondo para sentirnos cómodos con nuestro ambiente. Por ejemplo, entrando a Spotify, dentro de los primeros playlists que la plataforma me ofrece están “Electro Chill”, que suena como para una reunión tranquila con la banda, “Miami Beach”, que parece ideal para una fiesta de mirreyes o, por qué no, un playlist para leer y tomar café, adecuadamente llamado “Café, Libros”, que, desde su justificación, propone que la música sea mera ambientación para algo más protagónico.

Entramos a una nueva era de Muzak, en la que nosotros podemos elegir el fondo de nuestra conversación o de nuestra peda de manera sumamente vaga, con la ayuda de un algoritmo o algún tastemaker sueco. Antes del advenimiento de las plataformas de streaming, crear nuestro Muzak era una tarea más delicada, lo cual desproveía a nuestros playlists de la cualidad que las harían Muzak en primer lugar. Hacer el playlist para una fiesta o para una situación específica requería conocer las canciones, tenerlas almacenadas y tener una idea de su funcionamiento con respecto a un contexto social particular y en conjunto con otras canciones de cierta manera similares. La verdad es que era una tarea delicada, dedicada y, de cierta manera, íntima. Hoy, basta con encontrar un título llamativo en cualquier plataforma de streaming o incluso buscar una situación particular en su herramienta de búsqueda: “estudiar”, “carne asada”, “after”.

La facilidad del descubrimiento musical y la nimiedad del mismo hacen que muchas de las cosas que escuchamos se vuelvan mero ruido de fondo. La facilidad de tener tanta música contextualizada reduce la posibilidad de verdadero descubrimiento musical, ese que viene de uno mismo o de recomendaciones de amigos y que genera una conexión más íntima con la música descubierta. Antes leíamos algo que nos parecía interesante en internet y una cosa llevaba a la otra, pasando de The Verve a descubrir a My Bloody Valentine en cuestión de unos cuantos clicks y un ataque de curiosidad. Hoy, cada lunes, tenemos todo lo que al parecer hay por descubrir esa semana, con lo cual muchas personas quedan satisfechas.

La era del playlist es el Muzak millenial, la música -para no escuchar- que escogemos en fiestas o situaciones sociales, cuyo orden y contenido fue decidido por alguien que no conocemos o cuyos gustos pueden no coincidir con los nuestros. Este Muzak es responsable de la cada vez más cercana muerte del álbum, de nuestra búsqueda por sonidos placenteros, de creer que el único motivo de la música es ser una herramienta situacional o un conducto social, de que existan playlists eternos de tropical house y de que, de la nada, todo mundo se convirtiera en doctor en deep house, géneros que este Muzak ha ayudado a matar. Es culpable de que, para muchos, la realidad musical y las posibilidades de descubrimiento se limiten a lo que sus hábitos de escucha le comunican a un algoritmo.

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