Vacas Sagradas: The Doors

The Doors es un motivo, es un canal, es un llamarada en la historia musical. Hoy, es importante una debida re-contextualización de quiénes fueron y por qué importan a la vez que olvidamos las distorsionadas visiones que nos ha dejado el tiempo. Su música no es un tema desconocido pero sí es víctima de un malgasto y de una falta de percepción causada por un contexto atemporal ante la congestión informática. De esta manera, su significado -para el 2017 y similar a lo que le ocurre a mucho del rock de la época- acaba tornándose extraño, como cuando se encara con conceptos como el dad rock. Este es un término colocado por nuestra generación en un posible intento de aliviar una exasperación profunda hacia la convención y el dogma musical de nuestros padres. Aquí intentamos entender la relación que existe entre nuestra crianza, su música y la actual retrospectiva.

En el caso de su servidor, los primeros encuentros musicales de verdad conscientes se resumen en un interés somero por Michael Jackson y The Beatles -grupos que, al final del día, dentro de sus convenciones estilísticas, no dejaban de ser pop-. Por esta razón, esta música era grande al mismo tiempo se prestaba a los oídos más verdes. Eventualmente, durante el proceso de descubrimiento musical, algo cambia cuando nos acercamos a comprender qué es lo que nos atrae y por qué nos atrae. Así se comienza a caminar un sendero que, poco a poco, se hace más estrecho y nos lleva a apreciaciones más definidas y complejas. Ese punto crítico, para el autor, fue alcanzado a través de The Doors. Es necesario recalcar que esta experiencia varía dependiendo de cada persona, pero el ejercicio se mantiene al constituir una descripción de cómo lo que escuchaban nuestros padres fue definitivo en nuestra experiencia consciente frente a la música y que por lo mismo permanece. Es un caso común en nuestra generación, que el rock de los sesentas y setentas haya tomado este rol de tutela y que sea por esto por lo que ahondamos en ello.

Continuando de manera anecdótica, con música y estéreo a la mano, las sesiones musicales eran para explorar lo disponible en casa -mucho de eso era el catálogo de los Beatles-. Aburrido después de tanto uso, revitalicé mis sesiones a través de una curiosa parada, por mandato de mi padre, en la cual “Break on Through (To the Other Side)” llegaría a transformar mi experiencia musical. Un hipnotizante groove en platillos, la extraña convivencia de guitarra y órgano y el anuncio “You know the day destroys the night, night divides the day” llegaron como algo incomprensible pero seductor, místico y hasta abrumante. La voz sería la primera por descifrar, la cara de la abstracción musical. No era el delicado estilo de Michael, ni los grandes corales de Lennon y McCartney; esto tenía un poder físico, una energía inesperada y tangible. La instrumentación era confrontativa, comunicativa y, sobre todo, artística al tener un  dominio expresivo e integral.

Todo esto nos remite a fijarnos en una misma situación, donde los factores decisivos son la disponibilidad y sentido. Esta música tendría en nuestra generación un especie de rol transitorio; es decir, estaba accesible dentro de nuestras casas. Y es así que una joven edad se convertiría en parte de nuestras vidas. Con el paso del tiempo, cambiamos y buscamos nuevas experiencias en la búsqueda de una identidad propia. Esta puede ser la razón detrás de nuestra actual perspectiva: no escuchamos a The Doors y a sus contemporáneos centrándonos en un juicio musical, más bien llegamos a proyectar nuestra infancia; no escuchamos su música, sino un momento de nuestras vidas.

Las descalificaciones vienen de aquellos que, al nacer con toda una historia musical por detrás, piensan que ya no tiene caso ni valor hablar de música que a veces percibimos como “choteada”, “primitiva” e incluso “austera”. Y así es inevitable pensar, ¿no es verdad que gran parte del rock moderno que atrae a los jóvenes sigue girando alrededor de ideas propuestas hace tantas décadas, de la elocuencia y pasión de Manzarek, de la crudeza y sinceridad de Krieger, del diálogo de Densmore y la presencia demoníaca y carismática de Morrison? Estos elementos han sido reconfigurados y modernizados, pero no dejan de tener una influencia clave. Es así que también nos vemos obligamos a dar cuenta del valor de esto en el sesenta y siete: un mundo ajeno a todas nuestras convenciones actuales. Por otro lado, parece que aquellos que aún celebran esta música han hecho de esto un mito, una colección de imágenes -como la lengua de los Rolling Stones, Abbey Road, el Rey Lagarto, el prisma de Pink Floyd-; todo como un especie de breviario cultural que se ocupa más de los signos que de su significado.

¿Entonces qué debemos escuchar de The Doors? ¿Qué debemos de admirar? The Doors logra englobar complejidad y atractivo. ¿Por qué son universalmente reconocidos? Siendo honestos, la respuesta es muy simple: grandes compositores. Su música es responsable de crear un sonido inexistente sin perder un rostro sencillo. Al trascender su superficie, nos percatamos de que, de las más simples estructuras, llegan grandes sorpresas sonoras, melódicas, rítmicas, armónicas y líricas. La mano del debut de The Doors tomo soul, jazz, blues y una clara visión de rock para hacer una combinación bizarra entre lo rítmico, lo pesado, lo psicodélico. El órgano tapizando con diferentes roles le daría una modernidad y lengua a la música, mientras que la guitarra mantiene el ojo en un punto específico. Al centro se levanta Morrison -a quien reducimos a una descripción de un profeta, un poeta con un porte endemoniado que revolucionaría el concepto de frontman, pues la historia ya ha hablado lo suficiente acerca de él-.

Como los hijos de una antiquísima generación de rock, que hoy yace muerta y, por ende, santificada en muerte, no podemos darle la espalda a esta música pensando que ya la conocemos. Como una mapa, la música de The Doors se expande esclareciendo así nuestra apreciación por los artistas que les siguieron, muestran los valores del lenguaje, la preocupación por un sentido, la honestidad del artista.

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