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El nuevo elitismo musical

Verses From the Abstract explora la tangibilidad social de la música, considerando a esta forma de arte no sólo como una causa, también como una consecuencia. Esta nos refleja idiosincrasias al mismo tiempo que las transforma; si bien se expresa de la vivencia social con todo el alcance de la emoción y el pensamiento humano, también juega con las telas de la realidad.  Aquí se intenta contemplar el ojo abstracto del sonido humano.

Nuestros tiempos son de confusión creativa, de adicción emocional, de plétora individual. No es difícil pensar en el porqué cuando nos acercamos a perfeccionar un gran y abordable entorno intelectual y cultural. Con redes de interconexión masiva, abundante contenido referencial y una completa pérdida de control sobre la información generada, todos los detalles de nuestra cultura chocan entre sí en un laberinto que transforma, crece y crea en un estado perpetuo de fragmentación. Así, hoy todas las sutilezas sociales encuentran un hogar a pesar de su peculiaridad o excesiva especificidad.

Hoy gozamos de la accesibilidad y la inmediatez suficiente como para no depender más que de unos cuantos recursos en la búsqueda del desarrollo de un conocimiento o nuestro involucramiento en una comunidad, pero este ya es un tema trillado. Con respecto a la música, el melómano es nuestro caso central. A la modernidad llegó un consumidor que, si bien no es nuevo, ha sido habilitado y ampliado. Esto a raíz de una combinación paradójica entre nostalgia y tecnología. Primeramente, existen aquellos que lamentan el pasado, celan una época en la cual las creencias son de una cultura del álbum cuando era relevante, donde la creación e interpretación musical era íntima y detallista, donde el vinilo era no sólo artesanía sino también ritual y, así, estas experiencias demandaban sensibilidad. Pero, realmente, esta glorificación del pasado se encuentra ante la de una modernidad de abundancia exponencial, donde no sólo la veneración a la música se exalta, también se admira y pone al sujeto en cuestión como curador, como profesor, como erudito de una materia de profundidad.

Dejando la nostalgia de lado, la brecha tecnológica también ha sido factor definitivo. A través de sinfín de blogs y servicios de consumo libre como Ares, Limewire, Youtube, Piratebay y Spotify, entre otros, nuestra generación fue proveída de un acervo musical intimidante en tamaño, que promete desenterrar el pasado mientras documenta el presente. Con este gran tesoro, el melómano decidió seguir su instinto natural de diseminación, catalogando y contextualizando cada esfuerzo dentro de tiempo y espacio, valorando su relevancia individual para el arte que tanto estima. Así, el amante de la música logró encontrarse, modernizarse y restablecerse dentro de una ambiente propicio para la exigencia. Hoy reconocemos estos valores en casos como Pitchfork, theneedledrop, /mu, Scaruffi, entre otros, que plantean esta nueva academia musical como una intrigante y apasionante congregación. Con el inevitable crecimiento vino la necesidad nominativa. Este grupo establecido por todo tipo de personalidades y logias del sonido que conviven para discutir, jerarquizar, comparar, relacionar, justificar y examinar el arte sonoro se bautizó con el término nerd. Aunque tal vez este no es uno totalmente reconocido, sí apunta hacia el aspecto técnico, insistente y estudioso del fanatismo que le corresponde.

El impacto de este nicho dentro de la industria musical, así como las consecuencias de su formalización, es digno de examinación. El rol del “nerd musical” ha logrado atraer relevancia a una difícil pero monetizable industria. Ha logrado recopilar y rescatar, así como exigir una nueva singularidad a los artistas contemporáneos. Se han ampliado las posibilidades para los artistas de ser apreciados por el valor de su obra y no por la causalidad de su exhibición. Hoy pueden ser queridos por un público con un cariño efusivo sin siquiera tener un respaldo económico en una industria que permanece siendo un negocio. Se procreó de la misma manera un ambiente donde la música popular sigue manteniendo su estatus como uno de los medios artísticos más consumidos, apreciados y accesibles para la sociedad. El deseo del “nerd musical” funcionó, en parte, como una fuerza generativa para la relevancia de toda la extensión del ámbito musical, donde hasta los individuos que apenas tienen contacto con esta, o pretenden tenerlo, se ven envueltos en los privilegios de este ambiente en formato de mercancía, instrumentos, equipos de sonido, tecnología musical, servicios de entretenimiento, festivales, fiestas, medios personalizados, etc.

A pesar de todo, estas consecuencias parecen ser indirectas a la triste realidad que se refleja dentro de los círculos más entusiastas. El “nerd musical” habita espacios aislados donde el acceso a la información se ha convertido en un obsesivo juego de jerarquización. En estos lugares se concibe al gusto, y no a la apreciación personal, como forma de clasicismo. La búsqueda por una sensibilidad individual es limitada por la pretensión. La accesibilidad es malgastada en un ejercicio de adoctrinamiento.

Al dar una vuelta por alguna de estas selectas comunidades, encontramos términos como “normie” o “plebeyo” para referirse a aquellos cuyo gusto musical es considerado inferior, soez y vulgar. Todo esto es implementado bajo un criterio de valor ambiguo. Quizás este delirio del “patricio” musical sería más carismático de no ser porque exhibe completa incongruencia al postular su dominio musical. Tomando como referencia a los medios musicales más críticos, se ha curado una pequeñísima selección de música de culto como guía y esta se ha visto desgastada al convertirse en la normalización de un gusto que descaradamente ignora su pasado. El gusto del melómano se ha vuelto tan terco que ha pervertido la verdadera exploración artística, llevando, en su necesidad por el alarde, al completo desconocimiento de áreas de estudio. Toda la estructura de su criterio está acotada en unas cuantas fuentes de información, que son siempre las mismas. Los participantes de esta comunidad se ven temerosos de ser juzgados al exponer sus verdaderos gustos y opiniones; así, toda posibilidad de variedad se ve sofocada. Se presenta una falsa retórica de erudición personal que únicamente demuestra redundancia y es así que estos grupos parecen ser sátiras de sí mismos. La fingida experiencia en el tema se cae ante el mínimo cuestionamiento o la necesidad de profundización y aún así gozan de la ilusión al derecho de juicio.

Así, hoy vive un nicho en el oscurantismo, en el delirio y total fanatismo donde, a paso lento y con mucha ayuda, se ha formalizado una comunidad moderna de elitismo musical que ha acorralado su propia visión. La opinión crítica se ha desvanecido y la experiencia de la verdadera riqueza cultural ha cerrado sus puertas a la fantasía intelectual. Es tan sólo natural hacer una llamada de atención a aquellos que dicen gozar del arte y exigirles que, en su búsqueda por la experiencia y el conocimiento, jamás olviden la importancia de la diversidad, de la opinión, de la subjetividad.

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