Vacas Sagradas: The Wall

“Tan sólo somos un grupo pop”, fueron las palabras de Roger Waters en 1967, al ser cuestionado sobre el origen de “Candy and a Currant Bun”, uno de los primeros sencillos de Pink Floyd, el cual parecía ser una apología al consumo de drogas y sus efectos. Parece ser que, años después, esa percepción de agrupación pop cambiaría con la llegada de la fama y de los demonios que atormentarían lo suficiente a Waters para hacerlo ingresar a un exilio mental auto impuesto que expiaría con The Wall.

La concepción de The Wall comienza en 1977, durante la gira In The Flesh. Water, envuelto por una nube de frustración y desprecio a su propio éxito, arremetió contra su audiencia. Nada valía la pena y todo era una burla; vivía bajo la percepción sorprendentemente astuta de que el negocio de la música es un microcosmos de opresión institucional.

El álbum, al ser un trabajo conceptual, narra una historia de la cual Pink es el protagonista. Este personaje fue creado por Waters con la intención de representarse a sí mismo y a Syd Barrett, líder original de Pink Floyd, en él. Marcado por la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, Pink se enfrenta a una vida repleta de abusos y dificultades; es maltratado por sus maestros, sofocado por la protección aprehensiva de su madre y, más tarde, agobiado por el dolor de su matrimonio fallido. Habiendo aguantado estos terribles acontecimientos, Pink encuentra temporal refugio en su auto alienación social, la cual es representada, de manera metafórica, por una pared. Esta crece en la medida en la que varias partes de su vida giran fuera de control y él se vuelve incapaz de lidiar con la realidad que ha construido. Su respuesta natural es un estado de neurosis inminente.

El recorrido lírico, musical y visual que Waters construyó con The Wall es impresionante. Por un lado, ofrece una concepción lírica implacable que termina siendo aterradora por la manera en la que la historia es narrada, pues no es sino hasta que se escucha el álbum completo que caemos en cuenta de que no hay salida. “Outside The Wall” cierra con “Isn’t this where…” para volver a comenzar con “In The Flesh”, cuya primera línea es “ we came in?”. Es entonces que el espectador, a pesar de haberse encontrado solo y de haber derribado cada ladrillo, se encontrará inmerso una vez más bajo los cuestionamientos que tienen como base el desprecio a los placeres banales y la superficialidad humana a causa de su propia mortalidad. Todo el recorrido ocurre a la par de un acompañamiento musical impecable; tan impecable que resulta poético y es una obra de arte por sí mismo.

La importancia de este disco yace en su atemporalidad. Su alcance es tal que no sólo se quedó en un álbum conceptual, sino que generó un discurso visual que habla tanto de la música como de las sensaciones que busca transmitir a sus escuchas. Es tal su relevancia que se transformó en una película que se convirtió en un éxito de taquilla. Además del salto a la pantalla grande, The Wall también hizo lo propio en los conciertos, coronando a Pink Floyd como una banda de estadios. La infraestructura que se generó para el primer The Wall Tour era incomparable con cualquier otra de sus tiempos; consistía en construir una pared para luego tirarla y repetirlo la noche siguiente, en otra ciudad. Esto sucedió en 1980 y una vez más en 2010.

The Wall puede imprimirse a casi cualquier contexto que nos rodea, ya sea personal, político o social y, al ser un disco que habla de vivencias, se ha colocado en el consciente colectivo, que se alimenta día a día de los acontecimientos de un mundo malevolentemente inclinado a absorber a quien lo permita.

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