Columnas en defensa de

En defensa del hip-hop de los ’00

Todo es susceptible al tiempo y, por ende, al cambio; cambio que a veces desarrolla y a veces limita, en ocasiones de manera simultánea. Estas son relaciones fáciles de percibir en cualquier ámbito pero lo complejo es esclarecer sus dinámicas y contemplar a dónde nos llevan. La década de los dos mil, a poca distancia de su conclusión, sigue siendo una que falta terminar de comprender. Hoy, este periodo a veces nos abruma con pena ajena y nos divierte por su ingenuidad, pero también nos lleva a darnos cada vez más cuenta de que fue una época de grandes logros. Nos percatamos de la importancia de una década en la cual la cultura se volvió apropiadamente descuidada y auto-indulgente. Hidratada por la tecnología de los medios masivos, creó gigantes en nuevas industrias. Amplió la brecha entre artistas y, de manera irónica, propició la creatividad individual.

Después de los noventa, el hip-hop ya había forjado una personalidad definitiva para presentarse como género íntegro ante el mundo. El periodo llamado golden age lanzó la creatividad, ingenio y talento a la mitad de una fuerte competencia, donde los frutos fueron álbumes que hasta el día de hoy se consideran los mejores del género. El hip-hop dejó de sonar a una novedad, dejó de sonar infantil y se convirtió en un fuerza independiente de la influencia; formó un nicho, una pequeña institución con todo lo que este tipo de establecimiento implica, como los estereotipos, las jerarquías y las tradiciones. Adentrándose a una nueva década, la identidad de MC parecía llegar a un mercado saturado, altamente condicionado y codiciado. En este, el protocolo era apuntar hacia un nuevo estrato como figura pop o hundirse.

Así, el hip-hop de los dos mil, en la cima de su relevancia cultural, se hizo responsable de tomar el rol de popstar y elevarse hacia una nueva formalidad. El género debía adaptarse a su nuevo rol social como estilo popular; de esta manera, surgió una generación de artistas que diluyeron lo urbano en lo mediático. La figura del gangsta debía ser igual de provocadora pero menos cruda. Pensemos en Jay-Z, el gángster americano elegante que, si bien provenía de la violencia, se exhibía con carisma como un Michael Corleone: temido pero respetado. Pensemos en Kanye que celebra la opulencia del rap con el glamour de superestrella Hollywoodense. Para todos había una línea de trabajo. Llegaron los G-Unit, Lil Wayne y Eminem como provocadores y algunos otros más enfocados en la vida nocturna como Nelly, Lil’ Jon o incluso Ludacris. Un ejército de caricaturas parecía haber tomado las riendas del género sin sentir cariño por el camino recorrido. Así es recordado el contexto y por esto es que el hip-hop de esta década es tan criticado: por su semblante superficial en el cual, aparentemente, lo urbano se había vuelto elitista; donde las letras de N.W.A. pasaron de ser protestas sociales a ser parodias de un estereotipo callejero. Sin embargo, esta crítica no considera la responsabilidad del artista ante el éxito ni el desarrollo del underground, el cual analizaremos posteriormente.

Gracias a la visión de artistas como Nelly o Lil Wayne, el hip-hop fue capaz de mantenerse relevante ante la demandante elite musical que no sólo exige éxitos, también un nivel de accesibilidad que requiere de un grado considerable de síntesis. El hip-hop, al corresponder a las altas ligas de esta industria, también demostró su capacidad para ser un género maduro, flexible y persistente, lo cual dio cabida a una nueva música afroamericana. El R&B y soul se colaron así a la fiesta: con la misma necesidad de corresponder a un nuevo pop. Y figuras como Ashanti, Destiny’s Child, R Kelly y Mary J Blige reinarían con un seguimiento a géneros que, a causa del tiempo, enfrentaban su posible olvido.

Mientras esto pasaba en la cima, algunos artistas se quedaron sin hogar y la contra-cultura se dio de manera orgánica. Nació el nuevo underground y este ya no estaba consternado por la autenticidad urbana que era celebrada como estereotipo por los reyes televisivos, ya no estaba preocupado por enaltecerse regionalmente ni mucho menos por crecer con riquezas. En realidad, daba prioridad a desarrollar un hip-hop individual para cada artista; uno donde la expresión dependía de la personalidad de cada intérprete. El panorama se abrió para MC y productores por igual para que pudieran expresarse sin miedo a perderse de una industria que ya los había excluido. Jay Dee intentaba revitalizar el jazz-rap con un indescifrable estilo psicodélico, EL-P dio su revisión de los Beastie con un sonido futurista y crudo, Madlib y Doom destrozaban cualquier idea convencional del beat-making y la interpretación y Aesop Rock y Lupe Fiasco refrescaban el hip-hop cerebral para el backpacker urbano.

De manera simultánea, el hip-hop creó áreas de crecimiento para el glamour y para la experimentación; la creatividad creció de manera exponencial al corresponder a diferentes contextos mientras que los estándares, las necesidades y los sonidos de los noventa se difuminaban para darle un nuevo valor al género en un momento crítico. Mientras el rock se desenvolvió con paciencia, el hip-hop aseguró su supervivencia de manera acelerada pero sumamente ambiciosa.

Así podemos analizar el porqué de algunos de los artistas más polarizantes de la década, a través de los cuales encontramos una coexistencia entre lo futurista de Dilla y el carisma criminal de Jay-Z. Si queremos encontrar el verdadero significado del hip-hop para los dos mil, olvidemos a The Game y Lupe Fiasco, olvidemos a Eminem y Atmosphere, dejemos los extremos atrás y observemos a Outkast. Andre 3000 y Big Boi encontraron la frontera y establecieron su hogar ahí. Entre el radio play de “Ms. Jackson” o “Hey Ya” y la tradición backpacker -a la que habían estado cortejando desde finales de los noventa con Aquemini-, el grupo encontró agradecimiento entre dos mundos. A diferencia de sus contemporáneos, Outkast resplandece porque, de igual manera, evita reducirse a un culto y pervertir sus deseos en el nombre de una cultura confusa. Con elegancia, talento y ambición, Outkast conquistó ambos mundos.

Los años dos mil permitieron al hip-hop romper barreras que yacían ocultas hasta para los mismos pioneros, al tiempo que permitió formalizar su importancia como una expresión musical que estaba aquí para quedarse. En los dos mil, el hip-hop cimentó su existencia en la historia musical con un degradado expresivo que va desde lo absurdo hasta lo más profundo. Los MC demostraron unidad a través de su flexibilidad, demostraron progreso a través del desacuerdo; una verdadera relación dialéctica.

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1 comment on “En defensa del hip-hop de los ’00

  1. Erick López

    “Pensemos en Jay-Z, el gángster americano elegante que, si bien provenía de la violencia, se exhibía con carisma como un Michael Corleone: temido pero respetado.”
    Buenísimo.

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