When shit hits the fan, is you still a fan?

Verses From the Abstract explora la tangibilidad social de la música, considerando a esta forma de arte no sólo como una causa, también como una consecuencia. Esta nos refleja idiosincrasias al mismo tiempo que las trasforma; si bien se expresa de la vivencia social con todo el alcance de la emoción y el pensamiento humano, también juega con las telas de la realidad.  Aquí se intenta contemplar el ojo abstracto del sonido humano.

“When shit hits the fan, is you still a fan?” – Kendrick Lamar

Al haber indagado con profundidad con respecto del significado de fama, como se ha hecho, se concedió la existencia de un ojo interno que contempla la relación entre artista y consumidor, la cual es muy significativa para los debates sobre el valor del arte. Esta relación se ha visto transformada constantemente ante la compleja esfera social. Hoy, el concepto de la fama concibe a una realidad en la cual la digitalidad ya no es un accesorio, sino parte de la entidad social. La brecha en medio del vínculo artista-consumidor se hace cada vez más pequeña en la medida en la que el segundo adquiere más posibilidades de alcance: un tweet puede llegar al bolsillo del artista sin intermediarios. Ante esta realidad de nuevas necesidades, las disciplinas de negocios y mercadotecnia han conseguido acoplarse. A través de equipos o departamentos de comunicación, construyen y difuminan lo que aparenta ser una relación personal con la audiencia, la cual observa a sus ídolos a través de una lente engañosa.

Con esta valoración, resulta interesante, pero también redundante, hablar de la separación entre artista y arte. Esta nos permite expandir los criterios con los cuales juzgamos y nos referimos a figuras creativas -que también han sido victimarios, de alguna manera-. Si nuestro criterio de consumidores es acertado, entonces podemos hablar, sin compromiso con ellos, de Michael Jackson, Varg Vikernes y GG Allin como individuos, en un nivel humano. Incluso es posible reducirnos y dejar de discutir casos trágicos en los que la sociedad se enfrenta a la realidad humana de sus íconos artísticos para dirigir nuestra mirada hacia dimensiones más simples, en las que, si bien no podemos catalogarlos como villanos, es posible identificar personalidades desagradables en nuestros ídolos. La existencia de este tipo de criterio suele otorgar la habilidad de dar su merecido mérito artístico a figuras como Axl Rose, Kanye West o a los hermanos Gallagher aunque se tengan en cuenta sus cualidades negativas como individuos.

Siguiendo esta lógica, podría ser que ahora es más acertado hablar de relevancia, de legado, de humanidad y del compromiso del consumidor con el músico moderno, no viceversa. Hoy en día está en vigor una competencia sin precedentes en la industria musical, como consecuencia de la accesibilidad. Incluso encontrar un lugar dentro de un nicho es una contienda que exige al músico crear contenido relevante y accesible (en su formato) para su audiencia. Por el otro lado, el consumidor moderno exige la captura de su inestable atención; esto es algo difícil, pero al menos es honesto. En el medio de una plétora de producción artística, el músico debe entender que el talento y la creatividad no bastan para asignar responsabilidad a su trabajo.

El ejemplo más cercano de esta dinámica, sobre todo en la enredada industria popular, es Drake. Nacido de los rangos de Cash Money a través de la fe de Lil Wayne, este artista ofrecía una voz refrescante cuando se postuló como un rapero sensible y traído de las ideas del 808’s & Heartbreaks. Fue así como Drake construyó una notoria e importante carrera. Su constante involucración con figuras como Rihanna y Nicki Minaj y el manejo meticuloso de su figura pública lo vieron llegar a una cultura del hip-hop más abierta y remunerable. Eventualmente, su estrategia alumbraría nuevos canales donde la existencia de sociedades de melting pot –como es en Los Ángeles- ofrecía mercados amplios para un rapero canadiense. Dicho esto, hoy es más comprensible que nunca el deseo de expandir la demografía consumidora -sobre todo por el surgimiento de sectores hispanos y asiáticos-. Resulta posible, entonces, pensar que “Hotline Bling” fue la conciencia de marketing que tuvo a esta necesidad bien considerada. La figura de Drake se enaltecía en Estados Unidos y aparecieron sospechosas colaboraciones con nombres como Romeo Santos. Las novedades del artista consistían en beats influenciados por ritmos latinos, trap y un fuerte sabor a pop que sonaba como una realidad cada vez más visible. La idiosincrasia del melting pot y su inclusión social está viva mientras que el nicho parece estar muerto. La juventud moderna demanda una amalgama, un tropi-pop, un eterno verano.

Drake se volvió nombre habitual. “Hotline Bling” sonaba en todo el planeta y parecía que cada decisión que el rapero tomaba fomentaba más una percepción favorable de su figura pública como hombre honesto, divertido y amable. Timberland, SNL, Toronto Raptors y Future: todo marchaba bien para Drake que, como The Fader escribiría, había llegado a su peak. Ello nos hace considerar que su llegada a la cúspide implica un descenso. Así surgió el famoso beef con Meek Mill, supuestas peleas con Nicki Minaj, su romance incómodo con Rihanna y la desesperación de los fanáticos por oír VIEWS. Cuando, en su primera entrevista después de un extendido periodo de inactividad, Drake admitió el uso de ghostwriters a raíz de acusaciones por parte de Meek Mill, la respuesta social fue desinteresada y Drake parecía impenetrable. Llegó VIEWS ganándose el mundo del streaming con números casi irreales y seriamente cuestionados. Pero la obra no cumplía ni siquiera con los requisitos mínimos para ser interesante. El diluvio se presentó y los medios internacionales de hip-hop salieron a atacar la supuesta arrogancia del artista. Sus fans, cansados, criticaron su melancolía. En la farándula, Drake fue cuestionado y sus ataques recientes al ya caído Kid Cudi generarían, esta vez, una respuesta agresiva. El mundo se hartó de Drake justo después de llevarlo a la cima; los elogios se convirtieron en insultos.

¿Esta atracción efímera por las figuras artísticas de la actualidad no es otro reflejo más de nuestra irreverente actitud de consumo? No importa en realidad si en la industria de grandes ligas los artistas son vendidos y manufacturados como productos, esto ya lo conocemos. Lo importante es que nuestros hábitos de consumo representan un cliché honesto. La opinión crítica se desvanece y es reemplazada por ideas consumidas con base en tendencias. Nos olvidamos de cuestionar nuestro interés individual y en su lugar valoramos las propensiones sociales. Un día Taylor Swift es una heroína, mañana es una mentirosa. Ayer quisimos más del Corona Capital, hoy es un festival sin sentido. Hoy el vaporwave es pasión, mañana es otro niño ahogado. Los actos de Chris Brown están en el olvido, pero estamos dedicados a hablar mal de Kanye.

¿Por qué tener actitudes tan comprometidas con lo que a veces parece tan ajeno? Se nos hace natural desarrollar relaciones íntimas con nuestros artistas favoritos, es por esto que nos sentimos traicionados cuando sus figuras públicas no corresponden con nuestra versión de ellos -a quienes creíamos conocer tan bien-. Incluso aquí, existe una diferencia entre celebridad y artista; el primero, supuestamente, debe tener un compromiso de fungir como modelo a seguir, ya que está bajo el ojo público. ¿Pero realmente entendemos que son seres humanos o preferimos considerarlos indiscutibles figuras míticas? ¿Quién le está mintiendo a quién? ¿El artista al fanático o el fanático a sí mismo? Si bien nuestro compromiso es difícil de mantener en la actualidad, el único que deberíamos cuidar es el que tenemos con nosotros mismos.

Si tuviera que elaborar un método para desarrollar este criterio, sería tratando de ser consciente todos los días, de separar de nuevo al arte de su figura pública. Debemos consumir el mensaje exhibido que trasciende la figura humana y no a la imperfecta persona que, como todas, es dinámica y fluctuante. Con este propósito, sería posible pensar que no dependeríamos más de emociones superficiales para valorar un trabajo. No discriminaríamos nuestro consumo basados en cuestiones ajenas a su intención. No nos mentiríamos a nosotros mismos acerca de qué es lo que amamos.

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