El día que el DJ lloró

Verses From the Abstract explora la tangibilidad social de la música, considerando a esta forma de arte no sólo como una causa, también como una consecuencia. Esta nos refleja idiosincrasias al mismo tiempo que las trasforma; si bien se expresa de la vivencia social con todo el alcance de la emoción y el pensamiento humano, también juega con las telas de la realidad.  Aquí se intenta contemplar el ojo abstracto del sonido humano.

“I remember the day I first heard electronic music. I knew back then that this illegal computer sound was gonna be my call. My heart got hooked on four by four beats, when house took this journey with jack, Chicago and acid house […] If you’re in the scene, being a DJ seems to be a natural path to follow; back in the days, DJ’s were weird people who liked music in a weird way! Back then you would have to be a nerd to become a DJ. Nowadays, everybody wants to be a DJ. Nowadays, everybody wants to be that nerd.” – Coone

Escuché esto alrededor de 2011 en “Words From the Gang” de Coone, figura poco significativa de una escena corrompida. Un compañero y amigo de la escuela fue mi primer y único proveedor de música electrónica y quien, en su tiempo, me introdujo esta canción. En ella se percibía una especie de manifiesto, como un anuncio de muerte de una cultura subversiva que había sido hallada, desenterrada y profanada por el gran monstruo que es la industria musical.

Antes del 2010, el mundo de la música de computadora -la de la era digital- era copiosamente diferente a lo que conocemos hoy. Mi integración a esta cultura comenzó de manera esporádica a partir del 2000, suscitada por la noción superficial del trabajo de The Chemical Brothers, Moby y otros discretos ejemplos. Pero la extraña y a veces ridícula cultura de géneros como house, trance, hardstyle y los raves europeos como Berghain llegaría a mí más tarde, a través de una embarcación extraña que acarreaba lo que aún yacía oculto al ojo popular. Si bien las décadas de los ’90 y de los años 2000 fueron fructíferas para la electrónica, la amplitud de su cultura seguía siendo un acontecimiento reciente y poco comprendido.

Mi proveedor compartía conmigo su obsesión por términos como techno, hardstyle y fruit loops. Esta música y su cultura parecían estar arraigadas en la de un rave moderno que no se daba abasto; las reversiones buscaban ampliar la capacidad de su audiencia, gozando de festivales de gran producción que presumían monumentales escenografías, shows de lásers y una audiencia sumamente dedicada. En términos musicales, todo seguía una fórmula simple: se comienza con un beat agresivo, luego se postula una melodía sencilla y a esta le sigue el desarrollo de tensión que anuncia la llegada del esperado momento, nombrado dentro de esos círculos como “clímax”. En este momento de la canción, el beat regresa con todo su ímpetu, sobrecargado con la melodía. ¿Su consecuencia?, el desencadenamiento de la presión, la tesis absoluta de música llevada a su aspecto más tribal y elogiada por la potencia digital. Hoy, este fenómeno de la pieza tiene por nombre “drop”.

En aquellos, días mi amigo no contaba con el respaldo de la escena popular. Su música era casi igual de mal vista que los géneros más recónditos del metal. Poco se comprendía acerca del proceso que estos artistas seguían para fabricar su producto y la retórica de “eso no es música” era dogma. Mientras tanto, la comunidad europea de electrónica crecía y llenaba inmensos festivales, celebrando la modernidad del género y acompañada por el profeta digital que repetía mantras como “Many of you will not be able to resist, those who can’t dance… will blame it on the music” o “Electromagnetic waves can interfere with brain activity… we’re coming for you”, entre otras cómicas evidencias de la obsesiva adicción de la audiencia a experimentar música de manera sensorial y tribal, pura y eternamente. Era un concepto nada ajeno a todo lo que es “dance music”.

En este momento de auge, los esfuerzos aislados de la compañía holandesa Q-Dance (por ejemplo, festivales apropiadamente titulados Qlimax Defqon.1) serían conceptos lo suficientemente llamativos para ser re-apropiados y explotados por uno de sus grandes competidores: Tomorrowland. Esta versión bondadosa de festival electrónico ofrecía géneros menos abrasivos, pero que también seguían la fórmula de máxima tensión y de drop. La industria de la música popular había tomado nota de géneros como el hardstyle, y destilaba su aspecto adictivo para derramarlo en un producto comercializable.

Para 2011, el mundo había fijado sus ojos en Europa y el desmedido auge del EDM tomaría rumbo hacia el continente americano, escurriendo en México y más allá. Gozando de una audiencia popular y vasta, la radio tendría su nuevo pop y las fiestas un nuevo demonio. Una subcultura había sido envuelta como regalo para la decadencia desinteresada: frat boys del mundo unidos con un nuevo veneno. En el país, nuestros coquetamente nombrados juniors y mirreyes, uniformados de pies a cabeza con Abercrombie & Fitch, se encontraban ante una inmensa bestia. Con dos tragos y un buen drop se reducían a su aspecto más animal, disfrutaban a la música de la manera más bruta. La agresividad de sus movimientos alcoholizados se hacía presente como alegoría del metal, el cual nunca entendieron y al cual nunca estuvieron expuestos. El enervante sentido de la electrónica había encontrado una casa inesperada y sumamente peligrosa.

Hoy, a unos 5 años de ese periodo, parece que la pandemia se sofocó a sí misma, como es costumbre de la máquina musical. Sin hacer más que pequeñas alusiones al pasado, con el disco y la llegada de Moroder a Donna Summer, por fin comenzamos a entender el fenómeno. La subcultura electrónica sigue viva pero carga el peso de una de sus noches más largas. El DJ nacido de la tendencia encuentra refugio en el trap y el tropi-pop, mientras que los grandes festivales caen a sus rodillas alimentando a una audiencia igual de “zombificada”.

¿Será que, en su desarrollo y más rápidamente que en cualquier otro caso, la música electrónica se enfrentó a uno de los retos más importantes que encuentra toda tendencia artística? ¿Será que la industria popular siempre está en necesidad de un escape que le permita, discretamente, perder el control? ¿O todo esto fue tan sólo un enorme accidente?

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