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Todos somos Riot Grrrl

“BECAUSE I believe with my wholeheartmindbody that girls constitute a revolutionary soul force that can, and will change the world for real”
-Riot Grrl Manifesto, BIKINI KILL ZINE 2.

El movimiento Riot Grrrl nació a finales de los años ’80, en D.C. y Olympia, Washington, donde un grupo de chicas encabezadas por Kathleen Hanna decidió que estaban hartas del sexismo que caracterizaba a la escena punk, la cual, desde mediados de los ’70, había sido liderada por hombres. Pero más allá del sexismo, se buscaba poner un alto a la forma en la cual las mujeres eran percibidas y consideradas dentro de un espacio; no sólo en el punk, sino también en el mainstream.

Antes de hablar del sonido y el género, hablemos del movimiento y la diversidad de las mujeres que integraron la primera ola del movimiento Riot Grrl. Por un lado, está Kathleen Hanna (Bikini Kill, Julie Ruin, Le Tigre), quien no sólo ha llevado el estandarte del movimiento desde sus inicios, también se ha encargado de mantenerse en acción y establecer la distinción entre una girl band y una Riot Grrrl. Otra figura importante es la banda Bratmobile, cuyas integrantes Allison Wolfe, Erin Smith y Molly Neuman se hicieron cargo de plasmar sus ideas de política radical y sus potentes reflexiones sobre la sexualidad en letras fáciles de recordar. Estas mujeres, aunque tenían un discurso, una visión y una voz diferente, encontraron la manera de hacerse escuchar fuerte y claro.

Al relacionar Riot Grrrl con un género, se hace a un lado lo que integra al movimiento, el cual no es sólo un grupo de chicas tocando música fuerte y en directo. Ni siquiera se trata de un estilo o categoría musical, sino de la idea de un grupo de chicas apoyándose las unas a las otras para crear arte; un grupo que no estaba simplemente conformado por “músicos” o “mujeres”, sino por promotoras, escritoras, profesionistas, madres y una lista larga de etcéteras. Las Riot Grrrls, además, encontraron la mejor forma de hacerse escuchar sin tener que usar la voz: publicaron zines, redactaron un manifiesto, comenzaron grupos de protesta y crearon una forma de expresión con sus manos.

La verdad es que la variedad de mujeres empoderadas y dirigidas hacia un fin trasciende al género. No es sólo ser percibido como un “sonido de chicas” lo que provoca ponerle atención, lo que hay detrás también genera interés: las suposiciones, las conversaciones, los puntos de referencia y un lenguaje que hace eco. Si bien la música fue el formato más visible de este movimiento, logró colocar la pasión, la honestidad, y la experiencia personal dentro del dominio técnico. No era necesario tener talento, pero sí era necesario dejar de tenerle miedo al volumen, a la mala educación y a los perseguidores de las buenas costumbres. Era necesario preguntarse por qué un movimiento que busca ser diverso e incluyente se enfrenta a la barrera del sexismo. Era necesario transmitir un mensaje.

El movimiento dejó de ser lo que fue a mediados de los años ’90, pero perdura el sentimiento de ser una Riot Grrrl y, hoy más que nunca, ser una significa empoderarse, reaccionar ante una cultura que hace oídos sordos a lo que las chicas tienen que decir; significa oponerse al marco político que claramente utiliza formas de opresión a través de las cuales se invalidan las libertades individuales. Es, también, aplicar la metodología DIY, a través de la cual, si algo no te gusta, puedes meter las manos y cambiar la narrativa; es decir, hacer ruido.

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