Vacas Sagradas: Daydream Nation

-Según la teoría generacional de Strauss y Howe, existen macro-tendencias socio-culturales recurrentes que pueden identificarse con base en los eventos históricos que definen a cada generación. El flujo de creencias y conductas compartidas es comprendido como un ciclo auto-depurador de tensión y distensión. Por ejemplo, el modelo anatómico de una revolución (de cualquier tipo) consiste en la destitución de un paradigma obsoleto y en su reemplazo por uno que resulte útil para la disposición de nuevos valores, que a su vez manifestarán inconsistencias y serán eventualmente suplantados (como lo sostienen el Ciclo de Kuhn y el Ciclo de cambio revolucionario). Diversos documentos históricos respaldan la noción de que “las ideas radicales del presente son las condiciones naturales del futuro”. Un estado de subversión generacional es, entonces, un síntoma de progreso.-

Los baby boomers crecieron escuchando historias de activistas martirizados, masacres lejanas y carreras espaciales; millones de personas se sentaron frente a sus televisores para seguir la transmisión de los asesinatos de Martin Luther King Jr. y John F. Kennedy, la inmolación de Norman Morrison al protestar en contra de la ocupación estadounidense de Vietnam, y el alunizaje del Apollo 11. Los años comprendidos entre 1960 y 1975 fueron un punto de inflexión extendido, una década y media de reconciliación obligada, cuyas imágenes quedaron impresas en el inconsciente de quienes, en aquel entonces, aún eran niñas y niños.

A finales de los setenta, reapareció un equilibrio social (relativo) en los Estados Unidos, pero el carácter prosaico-superficial de este nuevo conformismo alimentó la apatía de algunos boomers (ahora adultos jóvenes) que se rehusaban a ser alineados por la normatividad. El No wave de Nueva York fue uno de los movimientos artísticos más representativos de este fenómeno conductual, rechazando la estética tradicional del rock, favoreciendo la atonalidad y la estructura libre y buscando la deconstrucción de la música hasta sus instancias indivisibles. Algunos de los primeros exponentes de esta contra-cultura fueron Teenage Jesus and the Jerks, Mars, y Theoretical Girls, con la participación de Brian Eno (como en casi cualquier otra vanguardia). Más adelante se unirían al movimiento The Lounge Lizards, Swans, y Sonic Youth.

En sus dos primeros lanzamientos discográficos, Kim Gordon, Thurston Moore, y Lee Ranaldo adoptarían un enfoque casi exclusivamente experimental para construir la identidad sonora de Sonic Youth. Confusion Is Sex/Kill Yr. Idols (1983) y Bad Moon Rising (1985) fueron el resultado de un ethos no ortodoxo: verbalizar una inconformidad general y amorfa dirigida a nadie y a todos. En contraste, Evol (1986) y Sister (1987) verían a la banda holgarse hacia sus inquietudes pop (gracias, en parte, a la introducción de Steve Shelley como baterista), explorando líricas íntimas y de carácter anecdótico, con tintes ocasionales de surrealismo.

Sin embargo, Daydream Nation (1988) es el álbum que le ganaría su estatus legendario a la agrupación neoyorquina. En él conciliaron por primera vez la inestabilidad armónica y la rabia de sus primeros trabajos, las melodías de power pop y la improvisación extendida de sus interpretaciones en vivo (admirada por músicos de la talla de Kim Deal y Henry Rollins). Pero la resonancia de esta pieza de arte se vale de su concepto y de los elementos iconográficos del mismo. La portada de la obra es una pintura del artista plástico Gerhard Richter, estacionada a manera de memento mori (un recordatorio de nuestra mortalidad) pero yuxtapuesta con una vela, símbolo de vigilia, de verdad, y de la vida después de la muerte.

Nation ha sido descrito como “la declaración de art-punk más grande de todos los tiempos” y no es para menos. Pocos discos de la tradición rock/pop han logrado plasmar con tanta puntualidad no sólo las particularidades de la época de la que son producto, sino también las consecuencias ideológicas y culturales de las décadas que le preceden. La belleza, el cólera y el nihilismo de estas catorce canciones nos remontan, de primera mano, a las sublevaciones del 64, en las que los jóvenes, acechados por un epidemia emocional, suspiran displicentes por sus infancias perdidas (“You’re it. -No, you’re it“). La importancia de este texto como documento histórico se extiende, igualmente, hacia años posteriores, pues los dilemas que consiente han resurgido repetidas veces. Se habla de una depresión fundamental (“It takes a teenage riot to take me out of bed right now/Let the black day glow and roll over… I need three years to clear these thoughts“), malestar que también es representativo de nuestra época; una disociación con la realidad, una nación que prefiere soñar despierta. Asimismo, se trata la monomanía religiosa que demoniza al ejercicio de la libertad -entre otros prejuicios conservadores- (“Let’s go walking on the water/Now you think I’m Satans daugther“) y la futilidad del acto (“It feels like years and all I’ve done is fought”). Aún se intenta descifrar y revocar estas condiciones vigentes. Quizás en un par de revoluciones más.

Daydream Nation no es una rabieta pubescente, sino un aviso contemplado e introspectivo de los deseos del espíritu. Como componente transgresor de la consciencia colectiva, el art-punk no es más que un recurso evolutivo para asegurar el progreso.

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