Vacas Sagradas: Nevermind

Nevermind de Nirvana cumplió veinticinco años en el 2016. Esta afirmación tiene alrededor suyo un aire extranjero y, más que una nostalgia, un sentido casi futurista. Es extraño ver a una generación que, con la misma edad que tiene este álbum, lo guarda en sus recuerdos como una vivencia contemporánea. Los hijos de Nirvana, Pixies y Sonic Youth, deambulan por la tierra en búsqueda de una figura paterna; el bebé de la portada ya es un adulto y tal vez una alegoría a los huérfanos de Kurt Cobain. Nosotros no fuimos testigos de Cobain, no lo vimos ni interpretar ni morir, sólo recogimos las noticias en cuanto fuimos de edad suficiente para hacer consciencia. El impacto de Nirvana no sólo ocurrió en la década de los noventa, también en las idiosincrasias de gran parte de la generación moderna.

Antes de entender esto, es necesario un poco de redundancia. Al momento de explicar el sincero misterio que constituye el éxito de Cobain, llegamos a una conclusión cada vez más puntual: la verdadera importancia del artista fue popularizar sus influencias. Olvidémonos de las obviedades como Stooges y Bowie, cuyo alcance permea eternamente en la música actual. Es necesario observar la importancia que Cobain puso sobre actos como Swans, Rites of Spring, Butthole Surfers, Public Image Ltd, Beat Happening y Daniel Johnston, entre otros. Todos estos fueron esfuerzos concentrados en la vitalidad del aspecto físico de la música, actos que con diferentes enfoques transformaron a sus obras en monstruos vivos que inspiran miedo, no en refritos culturales.

Si bien Cobain gozó de tener un ojo que destapó alcantarillas, filtrando luz hacia sus profundidades, tampoco podemos olvidar su amplia capacidad melódica reflejada en su talento para el pop. Mientras Bleach fue una celebración de lo grotesco, Nevermind expuso a Nirvana como el éxito paradójico de una banda que trascendió lo comercial y lo experimental por igual. Es así como comenzamos a comprender a Nevermind, no como una obra improvisada, sino como una de naturaleza meticulosa y arduamente trabajada.

El álbum expuso y confrontó a sus músicos que, a pesar de tener una energía suficientemente carismática como para improvisar, se vieron en la necesidad de detenerse a meditar. Fue en este entonces que vivieron el miedo a las sutilezas de la producción de grandes ligas, que está llena de trucos de estudio y posibilidades orquestales. A paso incómodo, la banda fue testigo de cómo sus características más extrañas se transformaban al estar bajo la luz del escenario pop.

Hoy, a veinticinco años de esto, el reflejo de la industria musical es uno donde artistas underground buscan expresión comercial para huir de los clichés que abundan en sus círculos, y la esfera pop amplía su mente para colaborar y recibir influencia de artistas pequeños con el fin mantenerse relevante. En algunos casos, contemplamos cómo la accesibilidad de la música convierte a la mediocridad en una falsa actitud o rebelión adolescente. En otros, nos damos cuenta de cómo los distribuidores tergiversan expresiones novedosas en tendencias sin objeto alguno. Esto no es una buena escala de valor: en ambos extremos, la pura motivación de ir contra la norma se convierte en una mofa de sí misma.

Tal vez la paradójica esencia de Cobain funge como lente que mira hacia una posible honestidad cultural. No hacen falta los conceptos de “único” o “diferente” para etiquetar a quien navega a través de una experimentación no genuina o una incorporación de falsas ideas. ¿Para qué grabar lo-fi si se tienen los recursos para evitarlo? ¿Para qué comercializar con un sueño de éxito si realmente se necesita expresar? ¿Cómo es que hemos distorsionado la lección de Cobain?

Este artista le hizo daño al músico mediocre cuando le dio justificación a su incompetencia, mientras que ayudó al músico perfeccionista cuando demostró el potencial de la expresión visceral. La intención es la que corresponde a la acción; así, el artista puede crear una obra honesta. Cobain vivió en la incertidumbre de no saber cuál era su lugar en la industria, pues se encontraba en medio de dos extremos. Hoy sabemos que esto no es una razón para temer, sino una meta a la cual aspirar.

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