El estado de las cosas: la industria musical

El club de preservación del power chord es un lugar para aquellos que ven en el rock algo trascendental.

La industria musical como la conocemos ahora, ese monstruo avorazado destinado a quedarse con todo sin pedir permiso, comenzó por allá de principios de los ‘60. El formato físico era alfa y omega, el sencillo de 7” el medio. Con la llegada de cambios de perspectiva en ciertos artistas, la predilección por el disco de 7” dio paso al LP, de 12”. La industria se fortaleció con esto, el arte también. Tomar un formato al que le caben aproximadamente 45 minutos expandió infinitamente las posibilidades de creación de los músicos, de conceptualización de tiempos, del uso de esta diégesis que tiraba por la borda casi todo lo aprendido con las 7 pulgadas del sencillo. Resultó tan efectivo el nuevo formato, al que se le comenzó a llamar álbum, que sigue siendo el modo predilecto de entregar un esfuerzo artístico en la música popular, cincuenta años después. Pero, el LP dio paso al CD y a su vez este dio paso al mundo digital, y para ser coherentes con los cambios, paulatinamente y ganándose el desprecio de varios (yo incluido), la era del álbum dio paso a la del playlist.

Como nunca antes en la historia de la música popular, tenemos la oportunidad de ser selectivos. No está el esfuerzo físico de cambiar el lado del vinilo, de remitirse a las canciones quemadas en un CD. Todo está a un click de distancia. Esta revolución de “movilidad” para escoger una canción maximizó aquello que inició con el surgimiento de los cassettes y los mixtapes. Tenemos a la mano y sin ningún tipo de percance (a menos que no se tenga una cuenta pagada en algún servicio de streaming) la capacidad de hacer nuestros propios tracklists, de mandar al diablo el formato del álbum y la diégesis que representa, en favor de lo que satisfaga al ego y acomode al gusto. Ya no es decisión del artista escoger el orden en el que escucharemos sus canciones, pero no se puede decir lo mismo de la industria.

Por mucho que se diga que la industria de la música está muriendo, hay que deducir que no cualquier tonto se vuelve director de un sello. Hay una clara tendencia en el Pop para construir los álbumes de manera que cumplan los requisitos que los harán tener más streams, y por tanto, ser valorizados por Nielsen para llegar al primer lugar de las listas. El monstruo avorazado está haciendo una regresión a esos primeros años del LP, en los que los sencillos eran el atractivo principal y el álbum era mero relleno que fungía de vehículo para tres o cuatro canciones. Se nota en la longitud de los álbumes, cada vez más largos y con más canciones para que esos streams apliquen para darle peso en las listas de Billboard. En lo irregular del tracklist, lleno de experimentos pop mediocres. En el hecho de que en el medio principal de consumo de música para la juventud, el streaming, nos venden la idea del playlist por sobre todas las cosas. Muy de la mano con la incapacidad de nuestra generación para prestar atención por más de una hora a algo. La industria nunca va a morir, porque ellos inventaron el juego. Al final, los que terminamos jodidos, somos nosotros y el arte.

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