Vacas Sagradas: Siamese Dream

En Vacas Sagradas, cada domingo analizamos los grandes álbumes de culto para saber qué tan sagrados son.

Durante los últimos meses, he reconsiderado mi opinión al respecto de Billy Corgan y, en particular, de su persona mediática. Desde las épocas de Gish (1991), el de Illinois se ha mostrado fervoroso al luchar contra el adoctrinamiento masivo y el zeitgeist publicitario. Ahora, consternado por la revolución tecnológica, ha adoptado una postura reservada, por no decir paranoica, ante la vigilancia sistemática y la privatización de la información, comparando la situación mundial actual a la de las obras de George Orwell (que al día de hoy ya es más un cliché que una observación informada, aunque no por ello infundada). A sus cuarenta y nueve años y pese a su rigurosa posición con respecto a dichos temas, es admirable que Corgan siga pugnando por el derecho a la información y por la libertad de expresión, lo cual está en correspondencia con el discurso que siempre ha estado presente en su arte.

Sin embargo, a pesar de presentarse como una persona generalmente imparcial, el frontman de los Smashing Pumpkins ha hecho comentarios recientes que evidencian sus tendencias nacionalistas. Aboga por el sistema estadounidense, refiriéndose a él como la opción superior, aún cuando su discurso critica a la cleptocracia en la que participan las instituciones más poderosas del mundo y mientras basa sus argumentos en un Orwell que criticaba al capitalismo y al comunismo por igual. Ha caído, incluso, en contradicción con su propia lucha por la libertad de expresión, afirmando que la nueva era tecnológica y las redes sociales han desempoderado y despojado al artista de cualquier tipo de gravitas, a través de un berrinche disfrazado de análisis fenomenológico.

Entrando en materia y después de este largo prefacio, Siamese Dream (Julio 27, 1993) es el segundo álbum de los Pumpkins. A diferencia de su predecesor, es una obra cuyo proceso de composición estuvo rodeado de instancias desafortunadas, por decir lo menos, en la vida personal de los miembros de la banda. Jimmy Chamberlain, el baterista, combatía una intensa drogadicción, ausentándose a la mayoría de las sesiones de grabación. Entretanto, D’arcy Wretzky y James Iha, que mantenían una relación, se encontraban en un momento tan áspero de la misma que pasaban días sin hablar en lo absoluto. El frontman batallaba con la obesidad y con episodios depresivos, neuróticos y suicidas además de un caso severo de bloqueo creativo -patrocinado por la presión que Virgin Records depositó en el álbum, que se esperaba que polarizara a los fans del sonido Seattle contra Nevermind como el mejor disco de la década-. En vista de esta falta de conectividad, Corgan se dio a la tarea de grabar él mismo todos los instrumentos (a excepción de la batería) en un episodio tiránico a la Kevin Shields.

El resultado final de este alongado estado de fricción fue un álbum, irónicamente, enfocado. Junto con Butch Vig, Corgan desarrolló un sonido que incorpora elementos del grunge, el dream pop, el hard rock, y el shoegaze, adoptando una reversión del riff hardcore (véase “Geek U.S.A.” y “Cherub Rock”) y dándole nueva vida al solo de guitarra en un medio poco probable. En una verdadera proeza de minuciosidad, Vig y Corgan evitaron el uso del delay y el reverb, optando por grabar decenas de guitarras para explorar profundamente el concepto de tonalidad en tracks como “Soma” y “Mayonaise”. Eventualmente, Chamberlain regresó al estudio y grabó sus partes, a la par que Gretzky y Iha hicieron las paces. Con un exceso presupuestal de $250,000, Alan Moulder (Loveless) entregó la mezcla final a Virgin.

El segundo trabajo de los Pumpkins se perpetuó, junto con Nevermind, como uno de los mejores álbumes de los noventa. Las canciones de Siamese Dream, siniestras y delicadas, retienen la angustia que su autor experimentaba al momento de ser compuestas, pero que, en un inesperado cambio de momentum, fueron el lienzo en blanco que necesitó para seguir con su vida.

Seguiré criticando a la persona mediática de Billy Corgan en tanto siga encontrando discordancia entre sus actos políticos y su retórica. Al fin y al cabo, esta no es la única dimensión de su ser y, como artista, fue capaz de crear una obra tan inspiradora que, a pesar de cualquier consideración política, seguirá siendo un hombro para quien necesite apoyarse en ella. ¿Es Siamese Dream una vaca sagrada? Definitivamente sí.

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